09
Feb
10

(re)proUd y (re)prOud marY

Era el año 1969 cuando John Fogerty, el alma de los Creedence, componía Proud Mary y era el año 1971 cuando Ike & Tina Turner la dieron a conocer al mundo en una nueva versión más rockera. Esta, sin duda, es la que más se escucha, versiona y reversiona hoy en día.

04
Feb
10

proHibido voLta

por Guatuncle

04
Feb
10

4ª lectura 7de7+iBeroamericana: iLdefonso rodRíguez

4ª lectura de 7de7: Ildefonso Rodríguez (10.02.10)

El próximo miércoles, 10 de febrero, 2010, a las 19:45 en la librería Iberoamericana de Madrid (c/ Huertas, 40), se celebrará la cuarta lectura del ciclo 7de7::Iberoamericana. En esta ocasión el poeta invitado será Ildefonso Rodríguez. El acto estará presentado por Antonio Ortega. Ojalá podamos veros por allí.
Un saludo,
José-Ignacio Padilla y Marcos Canteli

Más información en:http://7de7iberoamericana.blogspot.com/

31
Ene
10

oJo, quE aqUí se jueGa (I)

EL TOC: ARTESANÍA FINA

Unos dicen que procede de Nueva Caledonia y otros que de Quebec, pero la mayoría coinciden en que en España no lo conoce casi nadie. Dicen que es como el parchís pero mejor; que si allí el ochenta por ciento es suerte y el veinte que falta es eso tan difuso a lo que denominamos ‘saber jugar’, aquí en el Toc (nada que ver, dicen, con el Trastorno Obsesivo-Compulsivo) los porcentajes se invierten. Dicen que también se llama planteux, término (¿)francés(?) que podría traducirse como ‘el que se clava’ y que aquí designa a las bolas —se juega con bolas o canicas— que acaban de salir al ruedo y no pueden ser tocadas ni franqueadas por los demás jugadores.

Dicen —pero vete tú a saber— que de momento no se comercializa; que si quieres un tablero, te lo tienes que hacer tú. Así que ya sabes lo que te toca:

Primero vas a la calle de la Madera (pongamos que hablo de Madrid) y compras un trozo de ídem de cincuenta por cincuenta. Tampoco muy grueso; con medio centímetro te vale. Si te llevas cuatro, te costará diez euros y harás feliz a otras tres personas. Después de este primer triunfo y si el peso es soportable, pregunta por un Sabeco —hay uno no muy lejos— y compra allí una (o cuatro) baraja(s) francesa(s) de las pequeñitas.

No es tan fácil encontrar canicas de diferentes colores. En la Plaza de Chamberí hay una tienda donde te las venden en mallas; vienen veinte y un bolón. Pídelas de cuatro colores distintos (son buenas; no se pican) y tienes para cinco tableros. Y por último, si pasas por una ferretería y no tienes una broca del doce para metal, llévate una. De metal, sí: las de madera suelen ser más puntiagudas y te agujerearán el tablero. Te lo digo yo, que lo compré de medio centímetro de grosor, cf. supra.

En casa, sobre la tabla, dibuja una cruz griega. Coge una regla y centra el dibujo un poco, anda. Cada brazo tendrá veinte centímetros de ancho y diez de largo a lo largo de los cuales habrá, respectivamente, once y seis agujeros (uno cada dos centímetros) que tú ejecutarás, sin miedo ni esperanza, con el taladro que te prestó tu cuñado y que a ver cuándo le devuelves. Márcalo todo antes con un lápiz y, por si las moscas, no se te ocurra taladrar a lo loco en el suelo o sobre la mesa del salón; mejor pon debajo una manta vieja, unos cuantos cartones y, si quieres, para mayor seguridad, los otros tres tableros que vayas a hacer después. Eso supone —compruébalo— ochenta agujeros. Te quedan otros treinta y dos: cuatro en cada una de las cuatro esquinas, donde reposan las canicas que no juegan, y cuatro entradas-a-casa de cuatro agujeros en cada brazo, desde el vértice inferior izquierdo y hacia el centro. En total son, pues, ciento doce orificios (cuatrocientos cuarenta y ocho, si haces cuatro tableros) a la salud de tus vecinos, lo cual implica que este juego no se debería construir ni muy temprano, ni muy tarde, ni a la hora de la siesta.

Supongo que a estas alturas de vida tendrás en casa pinturas, pinceles y barniz. Si no, baja al bazar o a una tienda de decoración y no hagas mucho caso de lo que te digan: ni las témperas quedan tan mal sobre madera ni el barniz estropea nada; lo que quieren es venderte lo más caro. Allá tú, de todas formas. Lo que seguro no te dirán es que, después de barnizar, tienes que meter la brocha en aguarrás para que no se endurezca. Compra aguarrás, por favor, si no quieres tener que comprar después otras tres brochas.

Sube. Decora un poco los alrededores de las esquinas —por ejemplo con siluetas o formas geométricas— y haz un dibujo bonito en el centro. Antes y después de pasar el pincel, perfila los trazos con un rotulador indeleble (si no lo tienes, baja otra vez al bazar, que aún está abierto). Deja que se seque la pintura, cena y vete a dormir. Mañana por la mañana lo barnizarás todo, suave y lentamente pero sin racanear. Lo sacarás a la terraza o lo dejarás en una habitación abierta: que le dé el aire pero que no se moje ni se estropee.

Deja pasar otras veinticuatro horas después de barnizar. No hay prisa; las reglas te las explico pasado mañana.

IRENE CUERVO

28
Ene
10

poEmas de eSteparia, por reYnaldo jiMénez

kanna

recorro el mundo de un solo vestigio alargo el rostro
de la implume materia que me contiene hasta el eco
brutamente suelto hasta volverse espejo en punta

para entonces cuando la hoguera reliquia del día
de un lengüetazo atrapa su ensimismada causa
su lugar en el mundo sosías a punto de principio

a fin del día digo el escrutinio adúcar de la mente
vuelta sobre sí en la espira de una reminiscencia
llamada hasta la médula del acto que va siendo

(   )

salgo al patio de los principios disminuido
líquen de gratísimo susto hasta que pierdo
un solo pensamiento un paso ya ni mío

ni tuyo entre la huida verdadera
eras a la luz que vibra párpado interno
del capullo vuelto la sensación se mezcla es ella

(   )

entre ellas el precario tiempo temblar
iluminado por lo pronto doble fuego
de la sombra deseosa de ser blanco-

fijeza el hastío cuando ladra vastas
promesas a la orden del día la mirada
sin el destino desmadra al desnacer

(   )

la fortaleza líquida del ojo jamás agota el tiempo
que la guarda queda a su otra espera cardumen
de música tejida con el revés de un pensamiento
dibuja el numen su secuestro superpuesto adon-
de pasto

(   )

rasga su dársena el oído
escorpión al dilatarse
en el roer desprevenir

hasta el ocio que repite
no hay otro que no sea
aquesto que ya no está

(   )

se asoma
hasta su
envés

asombrado
se vuelve
antigüo

***
***
***

rosalía

¿Veías las plantaciones de difuntos en el rumor del río?
¿Sacudías el árbol de los frutos amargos para su contraluz?
Centinela de tu cara, aguja de tu flama, amargura de raya
a punto de ser cruzada, como en soslayo la ficta espesura

que hace las veces de promesa igual sobre tu mesa de palo,
recalcitra la prosa aguamarina de esa lágrima, melodiosa
tal el odio seminal de aquel dios de vocecilla que continúa
a su retorno retorcido entre las lamias, guardas semovientes.

Bajo una laja del umbral de tus mayores la agonía escondiste,
restos sin más sudario del suicidario general: estalla el girasol,
dada su hoguera. Se han detenido los puentes. Confunden risas
en diamantexhumar, primera muerte y no la última

que sigue a la hoja que persiste, esfuminada contra la exacta
orquesta de la respuesta. Se han detenido los que cruzaban
el puente, el puente frío, ayayay: excéntrica caída, remolino
en el fruto eco del futuro, ¿veías desde tu pequeña ventana

cómo trenzaban del día las luces finitas, rayando el hambre
de la inocencia más oscura? Inocente oscuridad. ¿Revolvían
los frutos el encanto del padre suspendido en inacabables tareas,
la tos insomne de la madre, sus pares de ojos de otro celar,

redes en viaje hacia la anfibia orilla? ¿Se confundían, efecto lejos,
melodías agudas contigo, lenguas continuas tras aguadas de pronto
conversas antiguas, con vencimiento fijo a lo perdido? Y tu espera
a la redonda, pieza suelta que redunda en abundancia aún exangüe:

la cajita de música guarda el gesto de quien su mano niña apura,
como un vaso al brillar tras la madrépora bruma de una fragancia
que sólo a lo descorazonado lleva, y más aun en primavera,
petrifica cóncava de una resonancia coagulada, resina del son,

constancia ausente del resol. Nadie te visita y te has perdido viva
aún en tu fantasma. El plasma del silencio afila este sentido línea
de la duración. Le otorga cualidad de especia, luminaria en la fiesta
del residuo. Te trae la quemazón y en ella las propiedades activas

del silencio, del que tanto habían hablado las historias del histrión.
Porque los apetitos del ciervo que no difieren, en verdad, del bostezo
ciego de un niño en guerra, en la guerra de los grandes, sin margen
para la vuelta que fijar con tachadura donde el trabajo infatigable

marea, reojo pánico a la desprevenida fiereza por fin alcanzada
si no en el día en la cadencia de una ínfima danza. Allí te encuentro,
sentada a la vera de un esqueleto inverso. Tu calavera en negativo
muestra dentadura de fosfenos a medida que el viento

trasdibuja en su trance la sola idea en la fisura del hueso,
juntura justa dando apego a tal paciencia inasible. Ánima
al sol, amada entre los trapos recién lavados por la fuerza (camisas
de fuerza) colores recién llevados cuando levanta sed la polvareda.

***
***
***

lo declara el anfibio

Algo del cosquilleo genital inquieta la estepa rociada,
la premura de la mañana asimilada al rocío que el suspenso dejó.
A la salida de la niebla, el sol boquea puros instintos de bicho.
Es nítido su riel de relumbre a pintas rajadas del aborigen solar,
como en todo desfondo una intermitencia desprotege.

¿De qué nos guarda esa fugaz aparición en su linaje de fibras?
No puedo evitar esta hermandad de nervaduras.
Suspender no quiero el hábito de hacer aliento.
Sino dispuesto estoy a dejarme penetrar por la escarpada
luz de una escafandra, emerger desde la ola inmóvil
hasta la casa de guaguas adonde reverbera lo que se fue
en su tizne con lo que habrá de volver, aunque nadie se entere.

No es el cuidado del jardín lo que hace palpable al parpadeo.
Ni el parpadeo un aplauso. Detrás del corazón hay un ausente.
Los que persiguen su propio pecho se desvanecen con la hora,
mastican el muérdago ras de su aventura, cómitres de arena
en el castigo paralinear de esa convidada lumbre al aguzarse.

Las otras sombras continúan anubadas. Es la bobera del ser,
la parálisis chinesca de lo que observa su nido autómata,
mientras la propia continuidad estalla en cada nudo o yema,
cada pálpito espejea al instante de un insomnio feroz adonde
una pregunta por el sol equivale a un revoloteo abichado.
Pero en ese cauce del rumor no se ha perdido la trasluz.
En esa hoja que mirabas no se podía discernir.

Alga de remanencias, oscuro semen que exige, simple
como una raíz de mantra, despedazado el ágora al rocío
da vueltas alrededor de su desvío del ahora. Son infames
imágenes dictándose a sí mismas. Alga del sucedáneo,
no hallas adónde anidar, sin fibrilar ni ser amada.

Pero en ese roce del temblor hay otro que teme.
Hay momentos destinados a la cima del susurro,
caen desde la piedra angular del despeñadero en
un vértigo de honduras en el cáliz jugoso de la flor.

Nadie suficientemente humano aquí. Ninguno alcanza
la vertiente desflorada en su margen que se recupera,
el sentimiento está en las formas y un pestañeo las pierde.

La mañana se está yendo. O el girar de antiguo planeta.
La brisa fluvial entre las plantas. La risueña ensoñación
ya sin mañana. Ya sin mirarte. Ya sin arte.
Nadie es suficiente. Ni uno alcanza.

***
***
***

sendavestas

¡Envíanos a las sendas!
¡Evítanos la húmeda señal
de multípara celda!
¡Estrella no de la especie,
a su lado resiste una sola!

La vez es la causa en efecto
y así la máscara déjase
caer. Y así la rosa sucede,
pasada rosca en la moda
rocío anterior.

Vieras la facha…
Disperso es el gemido
del geronte en la sala
de los reciénacidos.
Salas y alas y calas

de niños tan viejos,
de dulces reflejos
que piden consejo
a la umbra de lejos
reina de los conejos

en la galera
tan prisionera
de aquel que era
mientras perdiera
en la umbra primera,

en la escalera que suba
hacia la casa nuda
como un nuba desnudo
suda mirando a los ojos
de su primer ciervo.

¡Evítanos el envío! ¡Dispénsanos!
¡Sana lo sólito! ¡Sorda
es tu caricia pero insemina!
Yo te prometo cambios,
te contesto desde mi cráneo, ¡en

víanos esa húmeda señal! ¡a
las sendas Envíanos!
¡Estrella no da la especie, a su Hola
resiste una sola! ¡No nos evites oh
la húmeda de multípara!


***
***


Estos poemas pertenecen al libro inédito Esteparia, de Reynaldo Jiménez. Pueden leer en el blog del autor entrevistas recientes, pueden encontrar en un post antiguo otra entrevista antigua y pueden ver aquí las partes anteriores del video, que también están en youtube.

25
Ene
10

maD meN y poR qué voLver a los 60s

Those people in Manhattan… They are better than us!
Cause they want things they haven´t seen…
Peggy Olsen, personaje de Mad Men

Ya resulta claro hace algunos años que, al menos en términos de guión, lo más interesante ya no sucede en Hollywood. Los grandes relatos que con éxito Hollywood supo vender en su época dorada, e incluso en los algo cutres 90s, se trasladaron hace tiempo a la TV. Y si uno hace un repaso de las series más exitosas, podría decirse que empezaron casi sin guión, como Seinfeld y Friends (claro que era algo más difícil hacer estas comedias… claro que había guión) y que la fabula fue ganando terreno. Y así uno puede mencionar grandes sagas, en las que el punto fuerte está en el relato, allí donde parecía que las historias ya estaban todas contadas. Pero la necesidad de relatos parece ser cíclica… como las crisis financieras, y uno va adaptándose y el gran público se vuelve adicto a esa necesidad de ciertos relatos que ordenen un poco más el tiempo libre. Y creo que de ahí salen las series a la Soprano, dando una vuelta más al género más desgastado y parodiado en Hollywood. Pero los gringos, una vez más en su reinvención del relato (durante el siglo XX podría decirse que han conseguido construir el relato con menos grietas…), contaron de nuevo la misma historia.

Pero claro, tampoco puede narrarse siempre de la misma manera. Y el ejército de guionistas se volcó a otros experimentos. Y entonces surgió otra tendencia, que desde X-Files había quedado algo más relegada. El sub-género fantástico dio una vuelta de tuerca más con uno de los productos más adictivos: Lost. Ya todos conocemos la serie, y en parte el secreto de su éxito: qué pasa si empezamos de nuevo en una isla, donde encima, todo parece tener otra lógica, donde la vida tiene otro sentido? Lost modificó para siempre la idea del verosímil, generando un espacio en el que todo, absolutamente todo es posible. Porque pasado, presente y futuro pueden modificarse en esa isla. En algún sentido, ese verosímil novedoso es eso: estado de excepción extremo. Y donde todo es posible, nada es realmente excepcional.

Sin embargo, revisar estas series, más que una buena diversión nos da algo más. De algún modo estas series toman el pulso de los imaginarios del presente. Porque el lugar que parecía estar destinado al cine, ya no lo es más, porque además han cambiado los modos de consumo. Ya no alcanza con ir al cine y volver, sino que parece necesario seguir las vicisitudes de estos nuevos héroes del presente. ¿Por qué imaginar una isla desierta donde todo es posible? ¿Por qué el éxito de un medico-detective de celebrado cinismo que se pasa el día tomando Vicodin? ¿Cómo entender la admiración de un asesino serial como Dexter? ¿Qué debemos rescatar de una serie que, como Six feet under, narra la vida cotidiana de una familia de funebreros? Y más recientemente, ¿qué implica volver en clave realista a los conservadores 60s, antes de la explosión del hippismo, o mejor, desde la perspectiva de aquellos que no pudieron cambiar sus vidas en una sociedad que parecía a punto de explotar?

Mad men recupera ese lugar distópico de los sesentas, justo antes de la muerte de Kennedy, y cuando antes de su elección, era visto por las clases medias y conservadora como un figura demasiado provocadora. Una visión republicana de los 60s. Pero más que eso, Mad Men propone un realismo situado en los roces entre la vida “pública” de los hombres, sus trabajos, y la vida privada con sus familias y amantes. Y es un realismo extraño porque no es una vuelta celebratoria a los 60s, como nos acostumbra Hollywood, sino más bien una indagación sobre aquellos aspectos que impulsaron cambios fundamentales en la sociedad: divorcios, atisbos de igualdad de género y nuevas formas aún solapadas de la sexualidad, cambios en la vida cotidiana, etc. Para los que a esta altura no la vieron (más allá de los simpatizantes, es una serie muuuy bien hecha), Mad Men transcurre en una Manhattan en la que todo es posible (hasta el fin del mundo, ya que los rusos y la crisis de los misiles está ahí a la vuelta). Pero no es la Manhattan de West Side Story, ni la de los relatos del American Dream ni de la inmigración. Mad men está centrada en la vida de los publicitarios que llevaron a Estados Unidos a lo que es, un relato que de tan bien construido, ha conseguido la felicidad de sus consumidores. Y la tensión de la serie está allí, en la perspectiva de su protagonista, Donald Draper (Jon Hamm), que como gran creativo, no es en realidad quien dice ser, y sufre por ello. Su vida entera, sutilmente, es una farsa. Y la serie nos propone ver otros 60s, menos utópicos (porque si los 60s cambiaron tantas cosas: ¿cómo es que se siguen discutiendo las reformas de salud pública en Estados Unidos?) pero combinándolos con algo que los americanos saben explotar: aunque el relato clásico parezca no funcionar, y acaso no haya final feliz, siempre regresa. No es casual entonces que el héroe de la serie, Donald Draper, se la pase bebiendo Old-fashioned, uno de los grandes cocktails de la historia.

EDGARDO DIELEKE

22
Ene
10

luNa de loboS. auLlido atRoz

En otoño de 1937, derrumbado el frente republicano de Asturias y con el mar negando ya toda posibilidad de retroceso, cientos de huidos se refugian en las frondosas y escarpadas soledades de la Cordillera Cantábrica con el único objetivo de escapar a la represión del ejército vencedor y esperar el momento propicio para reagruparse y reemprender la lucha o para escapar a alguna de las zonas del país que aún permanecían bajo control gubernamental.
Muchos de ellos quedarían para siempre, abatidos por las balas, en cualquier lugar de aquellas en otro tiempo pacíficas montañas. Otros, los menos, conseguirían tras múltiples penalidades alcanzar la frontera y el exilio. Pero todos, sin excepción, dejaron en el empeño los mejores años de sus vidas y una estela imborrable y legendaria en la memoria popular.

 ***

Cuando entro en la habitación, ella me espera ya senta­da al borde de la cama.
La mujer me recibe con un dulce gemido. Se encoge sobre sí misma, como si hubiera sido atravesada por un cuchillo, al primer contacto. Lentamente, sin hablarnos, desabrocho su vestido. Ella me deja hacer, sentada to­davía, con las manos desmayadas a ambos lados de las piernas entreabiertas y los ojos clavados en los míos. De rodillas, le beso con rabia los hombros y los pechos, los labios encendidos como una flor de sangre, mientras mis manos buscan, avanzando torpemente bajo el misterio de la falda, la plenitud de fuego y leche de sus muslos.
No ha aguantado ya más. Se ha doblado de pronto, como una rama rota, sobre sí misma y me ha arrastrado hacia el suelo llenándome los ojos de luz negra. Es la noche total. El vértigo infinito. La bóveda del tiempo que comienza a caer sobre nosotros con un bramido sor­do de ríos que se encuentran. De ríos que se encuentran y se funden. De ríos que se encuentran y se funden, y se funden.

Se ha quedado tendida un instante a mi lado, desnuda, temblando. Luego, se ha vestido en silencio y ha salido del cuarto dejándome solo.
Cuando regreso a la cocina, la mujer está otra vez sentada junto al fuego, peinada y con el pelo recogido, batiendo nuevamente la leche del caldero.
Ni siquiera levanta los ojos para mirarme cuando entro.

***

No me ha dado tiempo a decir más. La puerta se abre por completo y la estampida me arrastra fuera de la cuadra. Casi al tiempo, un violento resplandor ilumina el cobertizo. El caballo surge frente a mí, alzándose de bruces, relinchando. Me aplasta contra una de las va­cas. El suelo está empapado, frío. Y una pezuña viene a clavarse en el centro de mi espalda. Pero ya estoy de pie otra vez. Sin saber cómo. Y corro. Corro en medio de la noche, en medio de las ráfagas. Una vaca se derrumba a mi derecha, acribillada. Tropiezo con ella. Me revuelvo en el suelo. Me revuelvo disparando. Hacia la noche. Ha­cia el vacío que ahora rasga un segundo resplandor. Ra­miro. ¿Dónde está? Las metralletas han callado. Hay que correr. Correr desesperadamente hacia la noche abierta entre las últimas vacas ya desperdigadas. Entre la lluvia y los aullidos de las balas. Entre esas hayas sal­vadoras que no pueden ya estar lejos. Que no pueden es­tar lejos y que, al fin, cierran sus negras copas a mi espalda.

La luz de la mañana me sorprende tumbado boca abajo entre unas zarzas, en medio del hayedo, con el corazón apretado contra el suelo para que no puedan oírse sus golpes rojos y desacompasados. No sé siquiera cuánto tiempo llevo así. Ni la distancia que ahora me separa del caserío y de las botas de los guardias.
Ni, por supuesto —y es lo que me sostiene embosca­do como un animal ciego entre estas zarzas—, la suerte que Ramiro habrá corrido.
Deben de ser casi las doce. Lo sé porque ha dejado de llover y un débil sol, mojado y lejanísimo, se filtra entre las hayas derramando una luz verde y vertical sobre mi espalda.
No aguanto más aquí. Son ocho o nueve horas las que llevo tumbado en el zarzal, con la cara aplastada contra el suelo y sin poder cambiar prácticamente de postura. No puedo aguantar más. Voy a salir. En toda la mañana no he escuchado un solo ruido sospechoso en el hayedo y, además, aun en el caso de que los guardias hubieran rastreado mis huellas por el monte, a esta hora deben ya haberse dado por vencidos. O quizá no. Quizá cazaron a Ramiro y se han ido, satisfechos, renunciando a mi captura. No sé. Solo sé que he de salir de aquí, abandonar este zarzal y buscar algún lugar seguro desde el que pueda ver el caserío y comprobar lo que ha ocu­rrido.
Lentamente, con la respiración contenida y todos los músculos en tensión para no hacer el menor ruido, co­mienzo a arrastrarme entre las zarzas. La hierba nueva está empapada y fría. Y el espino se agarra con rabia a mi ropa arañándome los brazos y la cara. Pero ya puedo ver, contemplar con claridad el paisaje exterior: los troncos de las hayas que descienden monte abajo como un fantasmagórico ejército de sombras. Sombras verdes, profundas, misteriosas, que pueden esconder en sus es­pacios otras sombras menos quietas, más nerviosas y acechantes. Durante largo rato, las escruto una por una atento a cualquier cambio, a cualquier brillo, al mínimo temblor de las gotas de agua que se escurren de las ra­mas. Todo parece estar tranquilo. Despacio, muy despa­cio, con la metralleta dispuesta a secundar mis órdenes, continúo arrastrándome sobre los codos y las piernas hasta salir por fin de entre las zarzas. Inmóvil y en si­lencio, vuelvo a observar las sombras brevemente para, después, deslizarme hasta el tronco más cercano y aplastarme contra él como si fuera musgo.
La luz es más intensa, más verde y vertical aquí.

***

Toda la noche la danza milenaria de la hierba y el hie­rro, el zigzag verdinegro de la muerte ante mis pies y el resplandor solitario de la luna de Illarga. Toda la no­che inclinado sobre el prado, con la guadaña en las ma­nos y la metralleta a la espalda, para que, al amanecer, mi familia le encuentre ya segado.
Es mi manera anónima y humilde de devolverles al­guna de las muchas noches que, en estos años, les he robado.

De regreso a la cueva, rayando casi el alba, el silencio me sale a recibir hasta la entrada. Ha llenado por com­pleto el pasadizo e invade ya como una niebla sucia las grietas de la peña y las profundidades del piornal.
Antes, cuando Ramiro aún vivía, era fácil ahuyentar su presencia con solo una mirada o una palabra. Pero, ahora, adueñado otra vez, quizá definitivamente, de este húmedo agujero donde solo él habitó desde la noche de los tiempos, ni siquiera la voz puede ya quebrar su equi­librio, el gemido profundo que anida en el fondo del monte y de mi corazón.
Tardé mucho tiempo, sin embargo, en acostumbrar­me a él. Me revolvía al principio bajo las mantas incapaz de soportar con mis únicas fuerzas todo el peso de su soledad. Me despertaba de noche sobresaltado por su aliento cercano de animal al acecho. Y muchas veces abandoné la cueva y vagué durante horas por el monte sin rumbo y sin sentido tratando de olvidar la locura de su perfección. Hasta que, poco a poco, hube de ad­mitir que nada podría hacer por evitar su presencia y su compañía. Hasta que, poco a poco, hube de reconocer que él, el silencio, era el único amigo que me quedaba ya.
Hoy es mi mejor aliado en esta larga lucha contra la muerte. Y, como un perro, me sale a recibir, cuando re­greso, hasta la entrada de la cueva.

 

                                                                                                             Julio Llamazares, 1985

19
Ene
10

jueGo de caFé ‘roDchenko y poPova’

El constructivismo ruso arranca en 1917 con la Revolución de octubre y se difumina con el estalinismo. Es arte y política, es un manifiesto, una declaración de intenciones, un discurso. El constructivismo mira a un lado y al otro: en 1913 ya tenemos el manifiesto de Lirionov, una síntesis de futurismo, cubismo y orfismo. Observa detenidamente el suprematismo de Malevich (sus figuras planas que flotan en el espacio), convive y se apoya en él. Y emerge finalmente entre los tempranos trabajos de Rodchenko  y Tatlin donde las figuras pierden todo referente objetual y ya no hay formas, sino la voluntad de construir a partir de la nada (el no-objetivismo).

CONSTRUIR. Una revolución precisa construir un sistema nuevo: político, social, filosófico y, cómo no, artístico. Ahora bien, ¿construir el qué? Lo que sea, con tal de construirlo bien. Puede resultar paradójico construir en dos dimensiones, pero las reglas son las mismas. Es como hacer un plano de arquitectura: los brochazos se sustituyen por líneas y superficies, los pinceles por compases y plomadas. El contenido del cuadro pasa a ser la traza geométrica subyacente; prima la composición, el ritmo, la distribución de los pesos (masas de color)… El paso a la tercera dimensión es casi instantáneo: hecho el plano, es fácil la maqueta. No es de extrañar que la pieza insigne del movimiento sea una obra de arquitectura: la III Internacional de Tatlin, que si bien no se construyó (también muy significativo), pesa en la memoria como una quimera: la máquina, el tropel de vigas y montantes en espiral ascendente, un alarde de la técnica, un propósito de fuerza y potencia, como la revolución que representaba…

¡El arte ha muerto! reza el manifiesto realista que lo acompaña; el arte no es cobijo, ni disfrute para los sentidos, es un servicio más para la sociedad, un bien público, un derecho, debe inundar la vida diaria, los uniformes, los platitos del café, las sillas, los libros… y quizá sea en este punto donde dan en el clavo, quizá era necesario creer que una nueva sociedad nacía para volver la mirada de los lienzos, enmarcados con rivetes dorados, a los objetos cotidianos. Nunca antes un libro de primaria había despertado el interés de la más avanzada línea de diseño de vanguardia. Y se nota. Los collages, las tipografías, los formatos (¡los formatos!, con lo que hoy nos gustan) se descubren y despliegan todo un festival como el que se ha podido observar hasta hace unos días en el museo Reina Sofia (en colaboración con la Tate de Londres). Una amplísima muestra de obras de Rodchenko y Popova donde se ofrece gran parte de la trayectoria de estos artistas que tan bien resumen el movimiento que representan.

La exposición empieza con cuadros de la primera época (1917-1921): líneas, circunferencias, ángulos, realidades abstractas y espacios autistas, algunos estáticos y otros no tanto, donde ponen en práctica todo el vocabulario arquitectónico adquirido, pasando por maquetas cuyas sombras podrían ser un cuadro más. Dibujos y pinturas pertenecientes a la exposición 5×5=25 muestran gráficamente lo que Naum Gabo y Antoine Pevsner defendían por escrito en 1920, al afirmar que el futurismo y el cubismo ya estaban obsoletos, que la pintura estaba en un callejón sin salida y en definitiva, que la pintura había muerto:

“…Espacio y tiempo han renacido hoy para nosotros.
Espacio y tiempo son las únicas formas sobre las cuales la vida se construye, y sobre ellos se debe edificar el Arte…
No medimos nuestro trabajo con el metro de la belleza y no lo pesamos con el peso de la ternura y de los sentimientos.
Con la plomada en la mano, con los ojos infalibles como dominadores, con un espíritu exacto como un compás, edificamos nuestra obra del mismo modo que el universo conforma la suya, del mismo modo que el ingeniero construye los puentes y el matemático elabora las formulas de las órbitas.”

Muerta la pintura, Rodchenko acabará su trayectoria artística dedicado casi en exclusiva al cine y la fotografía. Se recogen en la exposición instantáneas que retratan la arquitectura soviética de la época y se termina con la proyección de la película Moscú en Octubre (1927), de Boris Barnet, en la que Rodchenko llevó toda la producción artística.

Si el arte se entiende como una técnica, los artistas dejan de ser ese gremio bohemio y autodidacta que crea desde la intimidad de su estudio y su ego. Clases, disciplina, rigor, conocimiento de los materiales, manejo de la técnica. Por decreto de Lenin en 1920 la escuela Industrial de Stroganov y la escuela de pintura, escultura y arquitectura se funden en una y dan lugar a la VJUTEMAS, que junto con la Bauhaus conformarán los dos grandes iconos de escuelas de diseño del siglo XX, sobre las que todavía hoy se asientan nuestras escuelas de arquitectura y diseño. El elenco de profesores es insuperable: Tatlin, Rodchenko, Popova, Malevich, Lissitzky, Mélnikov, Klutsis, Stepanova… pasaron por sus aulas impartiendo clases de metalurgia, textiles, teoría del color, geometría descriptiva… En la exposición del Reina Sofía se podían observar numerosos collages, carteles, bocetos, patrones de telas, mobiliario y juegos de café que tanto Rodchenko como Popova realizaron en estos años de fiebre productivista (así se llamará la vertiente que apostó por la utilidad del arte frente a la rama más teórica capitaneada por Gabo y Pevsner con su “núcleo spiritual”).

Lo cierto es que las aulas estaban bastante lejos de la realidad de las fábricas, las primorosas tazas puzzle de Malevich no eran rentables a la hora de llevarlas a la industria… ¿Entonces? La realidad es que las bases del diseño de hoy en día siguen bebiendo de estos artistas visionarios, que elevaron el arte a la condición de necesidad básica para la vida cotidiana. Que aún hoy esta batalla siga estando perdida no quiere decir que el debate haya quedado resuelto. El arte no es, o no debiera ser, un artículo de lujo. Los posters que hoy admiramos en los museos un día estaban pegados en paradas de autobús. Quizá las exposiciones de mañana estén plagadas de anuncios de Benetton y Dior. Pero ¿habrá tazas? No puedo evitar pensar que sí, del Ikea; las imagino colocadas en un expositor con un cartel que diga S. XXI. Juego de café “Rodchenko”. ¿Entonces?, ¿habrán ganado la partida?

JULIA GENAU

16
Ene
10

aU reVoir, lHasa de seLa

Lhasa de Sela (1972-2010).

Hija de un mexicano profesor de español y de una estadounidense actriz y fotógrafa, Lhasa vivió los primeros años de su vida entre los Estados Unidos y México. Los recorridos incesantes fueron siempre en familia y a bordo de un autobús escolar. A los 13 años cantaba en un café griego de San Francisco temas popularizados por Billie Holliday y a los 19 ya estaba establecida en Montreal, cantando en bares. Allí grabó su primer disco, La llorona (1997). El éxito de este álbum la convirtió en una sensación internacional.

El álbum La llorona cosechó rápidamente importantes premios, como el Quebec Félix Award “Artiste québécois – Musique du Monde” (1997) y el Juno Award “Best Global Artist” (1998), también canadiense. La influencia mexicana, evidente en el título, se deja sentir a lo largo de todo el álbum, tanto en las versiones de canciones tradicionales como en las propias, que son la mayoría. Pero el sello característico de su peculiar sonido proviene de la extraordinaria mezcla de elementos diversos (como los aires gitanos y de oriente medio, entre otros) sabiamente armonizados en los arreglos de Yves Desrosiers.

Lhasa estuvo de gira hasta el año 1999, en que decidió viajar a Francia para reunirse con sus hermanas en la compañía de circo Pocheros. Establecida por un tiempo en Marsella, comenzó de nuevo a escribir canciones. Ese material dio forma a The Living Road, un álbum de canciones en español, inglés y francés, que apareció en Montreal en el año 2003. A la variedad de lenguas, se suma la de melodías, con una Lhasa igualmente contundente en una ranchera así como en una canción de cabaret francés. Siguieron más giras y un importante premio, el BBC World Music Award “Best Artist from the Americas” (2005).

Su tercer y último álbum, Lhasa, apareció en abril de 2009. Este es un disco de madurez, en el que Lhasa lleva las riendas de todos los aspectos del proceso, puesto que escribe, compone y dirige. Además, la valiente opción de grabar los temas en vivo le da a su música un matiz especial, esa sensación difícil de describir pero fácilmente reconocible de estar frente a música hecha por músicos y no por ingenieros de sonido y productores.

Lhasa nos dejó el día 1 de enero del 2010. Sirva este texto como homenaje.

José Luis Gastañaga

13
Ene
10

chupÓn

por M.I. Cortés




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