Yo soy el otro: quiero decir, alguien que no soy yo mismo. ¿Que esto es un galimatías? Me explicaré. Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a como quisiera ser, y por fuera, en mi vida de relación, en mis manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí mismo.

Soy un hombre enamorado del vivir, y que ordinariamente está triste. Suenan campanas en mi interior llamando a la práctica de todos los cultos, y me muestro generalmente  escéptico. Con frecuencia mis oraciones íntimas, que ledamente yo a mí mismo me susurro, rematan en blasfemias que, al salir de mi boca, revientan con estruendo.

Yo soy el otro.

En grave perplejidad me pondría quien me preguntara por la prosapia de mis ideas. Yo las cojo a brazadas, como las flores un alquimista de perfumes, por todos los jardines de la ideología, y poco me importa el veneno de sus jugos, si huelen bien y con el esplendor de sus tonos me sirven para alegrar la vida. Las ideas-rosas, las ideas-tulipanes, las ideas-magnolias las uso para decorar mis faustos interiores, pero no por eso reniego de cardos y ortigas, que me sirven por contraste para amar con mayores arrebatos las florescencias bellas de la vida.

Quiero al pueblo y odio a la democracia. ¿Habrá también galimatías en esto? Está visto que a cada instante he de volver sobre mis palabras para hializar su alcance. Pero yo he querido decir que no concibo en política sistema de gobierno tan absurdo como aquel que reposa sobre la mayoría, hecha bloque, de las ignorancias.

En los días de sol leo a Hobbes y Schopenhauer, para no abrazar a toda la gente con quien me topo por las calles. Como un elemento químico circula entonces el amor por la sangre de mis venas. Y nada parece más fácil a mi mentalidad en esos días, que abarcar entre mis brazos a la humanidad entera. Nacido en un país de brumas, en Inglaterra, yo sería malo quizás.

He nacido en Sevilla, va ya para cuarenta años, y me he criado en Málaga. Mis primeros tiempos de vida madrileña fueron estupendos de vulgaridad —¿por qué no he de decirlo?— y de grandeza. Un día de invierno en que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda, concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme. Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas. Véome vestido con un ropón negro de orfandad cuando recuerdo aquel periodo; pero yo llevaba por dentro mis galas. Eso me basta para mitigar el horror de algunas rememoraciones…

En poco más de dos años publiqué, atropelladamente, seis libros, de entre los que recuerdo, sin mortales remordimientos, Crimen legal, Noche, Declaración de un vencido y La mujer de todo el mundo. Luego mi vida transcurrió fuera de España —en París generalmente—, y a esa porción de tiempo corresponden los bellos días en que vivir me fue dulce. Poseo un soneto inédito de Verlaine, y creo con Cándido que todas las utopías generosas de hoy, podrán ser las verdades incontrovertibles de mañana.

Pero basta.

Yo soy el otro.

Alejandro Sawa, Alma española, 3 de enero de 1904

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