En plena Revolución Francesa, la ilustrada y comprometida Olympe de Gouges escribía, con dedicatoria a la reina María Antonieta, la Declaración de los derechos de la mujer y ciudadanía. Este texto político no solo dejaba ver las brechas de la reciente Declaración de los derechos del hombre, sino que proponía un nuevo contrato social entre ambos sexos como solución a un conflicto que los defensores de la libertad, la igualdad, la fraternidad… “habían pasado por alto”. Su reivindicación dignifica a las mujeres y obliga a que su voz ya no pueda ser expulsada de la Historia. Hoy seguimos contribuyendo a que no deje de ser así.

DECLARACIÓN DE DERECHOS DE LA MUJER Y DE LA CIUDADANÍA

EPÍLOGO

Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El poderoso imperio de la Naturaleza ya no está rodeado de prejuicios, de fanatismo, de superstición y ni de mentiras. La llama de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y de la usurpación. El esclavo ha duplicado sus fuerzas y ha tenido necesidad de recurrir a las tuyas para romper sus cadenas. Una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuando dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más patente, un desdén más marcado. En los siglos corruptos solo habéis reinado sobre las debilidades de los hombres. Vuestro imperio está destruido. ¿Qué os queda? La convicción de la injusticia de los hombres. La reclamación de vuestro patrimonio que se funda en los sabios decretos de la Naturaleza. ¿Qué dudas tenéis ante tan bella empresa? ¿Las buenas palabras del legislador de las bodas de Caná? ¿Teméis que nuestros legisladores frnaceses, correctores de esa moral lago tiempo sistentada de lass ramas de la política que ya no está en vigor os diga: ¿mujeres, qué tenemos en comunún vosotras y nosotros? Todo, tendríais que responder, si ellos se obstinaran, a causa de su debilidad, en ser inconsecuentes y entrar en contradicción con sus principios. Oponed valerosamente la fuerza de la razón a las vanas pretensiones de su superioridad; reuníos bajo el estandarte de la filosofía […]. Cualesquiera que sean las barreras que se os opongan, está en vuestro poder franquearlas, solo tenéis que proponéroslo.

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