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La sal ha sido y continúa siendo de gran importancia para muchas civilizaciones (también para algunos grupos más pequeños). En Río de Janeiro hasta cambió el nombre de una plaza. La llamada Pedra da Prainha pasó a llamarse Pedra do Sal al convertirse en el lugar donde los estibadores descargaban la sal traída del puerto. La esclavitud había llevado a un grupo de negros procedentes de Bahía a instalarse en la zona. Con ellos venía su cultura, su religión (candomblé) y su música. Ellos hicieron de la Pedra do Sal un lugar sagrado y de resistencia cultural que supo sobrevivir con éxito a las persecuciones. Por esto, hoy la única descarga que queda es la musical (bueno, a veces la de la lluvia también) y a ella se puede sumar cualquiera al que le apetezca formar parte de la roda de samba que todos los lunes y viernes por la noche llena la plaza.

La música entonces subvierte la cultura oficial, recupera el ambiente de aquellos tiempos para poner en primer plano las raíces populares de la identidad brasileña. A la base de surdo, cavaquinho, violão, rebolo, cuica, pandeiros, tambourims… le acompañan las letras de toda la plaza cantando las sambas más conocidas. Así, la música deja de pertenecer a una élite privilegiada y vuelve a sus orígenes, a las calles, a las plazas, se convierte en un punto de unión entre las personas y un medio de comunicación por el que se canalizan toda una cultura bien presente en ese Brasil del que tan poco se habla.

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