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En abril de 2010 se celebraron en la UAM (Madrid) las IX Jornadas sobre la Cultura de la República, en las que se reflexionaba sobre cómo se construiría una hipotética III República. Entre las personas que intervinieron se encontraba el poeta Tomás Segovia. En un día como este, compartimos con ustedes parte de su ponencia.

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[…] Es claro por ejemplo que las democracias que surgieron de la descolonización después de la Segunda Guerra Mundial quedaron fuertemente marcadas por su origen, y tienen todas, la que más y la que menos, un aire de familia que las hace distinguibles a primera vista de las democracias occidentales surgidas en la estela de la Revolución Francesa. También son peculiares las repúblicas latinoamericanas nacidas de una múltiple guerra de independencia, y tener que organizar una transición a la democracia desde un virreinato no parece ser mucho más fácil que desde una dictadura fascista.

Cuando empezaba a rumiar estas ideas me vinieron a la cabeza unos versos del poeta mexicano Gilberto Owen, que yo recordaba así: «Pues no hubo, no hubo / quien cerrara mis ojos a la hora de mi tránsito». Pronto verifiqué que mi memoria es útil pero no exacta; Owen dice en realidad «…a la hora de mi paso». Mi error era relativamente perdonable: «paso» y «tránsito» pueden ser sinónimos en ciertos contextos. Lo que esos versos me sugerían es que a España, en cambio, sobró quien le cerrara los ojos a la hora de su transición. Ya puesto en eso, caí en la tentación del tic más inconfesable de un escritor: mirar en el diccionario. Curiosamente, la muy Real y democrática Academia Española no relaciona «transición» con tránsito, pero sí, justamente, con «paso»: da como primera acepción «Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto», y como segunda «Paso más o menos rápido de una prueba, idea o materia a otra, en discursos o escritos». Sin embargo, entre las acepciones de «tránsito» la docta Academia sí admite «paso»: su tercera acepción es justamente «Paso, sitio por donde se pasa de un lugar a otro», y la sexta «Paso de un estado o empleo a otro», que, como ven, es casi exactamente la primera acepción de «Transición». Sin embargo, solo en el 19º lugar aparece en «Paso» la acepción de «Trance de la muerte», que es como lo entiende Owen. En cuanto a la definición académica de «tránsito», las dos primeras acepciones se refieren por supuesto al tráfico de vehículos, y solo en séptimo lugar aparece una acepción en el sentido de «muerte». Pero no de cualquier muerte, faltaba más: «tránsito», según el diccionario de la Academia, es «Muerte de las personas santas y justas, o que han dejado buena opinión con su virtuosa vida, y muy especialmente se usa hablando de la muerte de la Virgen María». Y en octavo lugar, «tránsito» es «Fiesta que en honor de la Virgen celebra anualmente la Iglesia el día 15 de agosto».

¿No les digo? La santa Academia, con la pura expresividad de su peculiar estilo, ilustraba sugestivamente lo que yo estaba rumiando. Para poder meternos así por las narices a la santa Virgen María, con la fecha de su fiesta encima, en el diccionario oficial de una democracia laica, obvio instrumento, antes que todo, de la educación de las masas, tienen que haberle cerrado bien cerrados los ojos a la santa Academia en su santo tránsito o su profana transición. Pero si la Academia propone que una transición es un paso pero no un tránsito, no creo que sea para evitar que la confundamos con una muerte tan virtuosa como irreversible, sino más probablemente porque piensa que en la idea de transición lo que hay que subrayar es la idea de un cambio, término que utiliza justamente en su tercera acepción, más que la idea de un traslado.

De este paseo por los vericuetos de la lexicografía algo podremos retener para nuestra reflexión, pero por lo pronto es hora de volver a nuestro tema. Lo que yo pienso es que una Tercera República Española implicaría probablemente una transición desde una monarquía. Es natural que nos parezca menos peligrosa, como dije antes, una transición a partir de una monarquía parlamentaria que a partir de una dictadura fascista. Pero más nos valdrá tener cuidado, si llega a darse el caso, porque todo parece indicar que la transición anterior confió demasiado en que el pacto de silencio aceptado entonces no envenenaría incurablemente a la nueva democracia. Ahora vemos con toda claridad que ese pacto nos ha traído a la situación presente, que hace que ante el resto del mundo dé vergüenza ser español. Si una Tercera República pacta con su predecesora monárquica la impunidad e inamovilidad de toda la podredumbre que pueda heredar de ella, volveríamos a vivir lo que estamos viviendo estos días. Durante demasiado tiempo los españoles, incluso los más informados y reflexivos, se jactaron de que su transición había sido modélica, como la llamaban. Ahora vemos que fue vergonzosamente pacata y cobarde. La misma ONU se lo dijo, pero durante largos años nadie en España quiso darse por enterado de que los países civilizados consideraban bárbara la voluntad española de echar un velo sobre los crímenes contra la humanidad. Todavía hoy no vemos que se juzgue a esos jueces bárbaros, que parecen sin embargo ponernos ante este dilema: o están prevaricando, o España no pertenece a la ONU.

Lo que esto significa es que España sigue estando tan aislada del mundo que la rodea como en tiempos de Franco. Si una Tercera República aceptara una transición mal hecha, seguiría estando igualmente aislada del mundo democrático. Seguiría coqueteando tramposamente, como buen paisito pintoresco y turístico, con aquello de Spain is different. Seguiría siendo esa democracia efectivamente diferente y bastante incomprensible donde los corruptos son exonerados y protegidos por unos magistrados sesgadamente irracionales y donde los partidos y grupos fascistas pueden sentar en el banquillo a quien se atreva a asomarse a los crímenes que esconden. ¿Merece eso llamarse transición? Recordemos la definición del diccionario: «Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto». No sé si podemos creer en serio que España ha pasado a un modo de estar distinto, pero desde luego es claro que su modo de ser sigue siendo el mismo. El mismo en acción y efecto, ya lo vemos. Digamos también que eso del «modo de estar» no parece una expresión muy clara, pero forzando un poco las cosas, podemos pensar que estar en democracia es un modo de estar distinto de estar en dictadura. En ese caso no tendremos más remedio que concluir que diferentes modos de estar pueden albergar un mismo modo de ser. Sutilezas de la lengua española, porque también Spanish is Different. Nadie nos negará que en el modo de estar democrático, los jueces bárbaros, los empresarios y políticos corruptos, los partidos y grupos fascistas, bastante más de la mitad de los periódicos y casi otro tanto de las cadenas de televisión y el público seguidor de esos medios de comunicación, además de la mayoría de los taxistas, de las señoras con abrigos de pieles y los señores con abrigos de paño austriacos, entre muchos otros ciudadanos, siguen teniendo el mismo modo de ser que en el modo de estar dictatorial.

Una Tercera República que no barriera de la palestra a esos jueces y a esos partidos fascistas, que no limitara los estropicios de la televisión y la prensa panfletaria y no vigilara la complicidad corrupta de empresarios y políticos, o sea, una República nacida de una transición como la que ya hubo, nacería gravemente baldada. Porque una cosa me parece, a mí por lo menos, perfectamente clara: una democracia no puede ser una transición de una dictadura, y ni siquiera una república de una monarquía. Toda verdadera democracia real e histórica se ha fundado siempre en la ruptura, el repudio y el rechazo de todo régimen autoritario.

NOTA: Pueden descargarse esta y demás conferencias de los años I a X en este enlace y aquí los años I-VI; los VII a X serán publicados próximamente por el Servicio de Publicaciones de la UAM

 

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