blanca-varela-caratulaMurió Blanca Varela. Ese fue el mensaje que recibí esta mañana. Es una frase simple, sin ornamentos, que le hubiera gustado. Ella a la que le gustaba tanto eliminar lo superfluo. Dentro de un castellano demasiado pomposo, el de los que quieren bien decir y olvidan lo que dicen.

Blanca nació en Lima en 1927, de un padre periodista, de una madre célebre por sus letras de canciones populares. Muy populares. Blanca nació en medio de las letras, en una casa poblada por mujeres y murmullos, e historias, y me imagino mucho mucho chisme. Blanca fue criada sin los ambages que rodean la educación femenina, su padre la trató de igual a igual, su madre, le mostró lo que ella, después, se negaría a escribir. Valses u otras falsas confesiones. Ser mujer, cosa frágil, arte del esconderse para escribir, y nombrar, arte de escuchar y aprender de los demás, como quien no quiere la cosa. Amistades increíbles la guiaron desde el principio : Salazar Bondy, César Moro, José María Arguedas, el mismo Szyszlo… hasta Octavio Paz. Encuentro decisivo en París, en medio de la fiebre existencialista.

Blanca buscaba la manera de decirse, sin traicionarse y el salir del Perú, el alejarse, extrañarse la hizo volverse sobre sí y escribir. Pero sin esa nostalgia inútil que se mece de ilusiones, sino de manera franca, directa y rebelde. Sus versos, los de “Ese puerto existe”, contienen más de lo que se expone, lagrimeos y sentimentalismo. El cuerpo y su ley, dura ley, la de la finitud, era ya su tema.

Qué quiere Blanca? A quién quiere Blanca? Dónde escribe Blanca? Busca un editor? No publiques demasiado pronto, espera, es difícil esperar, pero espera. Ella lo dijo y tenia razón. Contener esas ganas locas de decir como buscando una caricia o una mirada de piedad malquerida, contenerse, ponerse en el lenguaje como en el signo menos, al nudo ése que acogota pero que, al borde de la aniquilación, se libera y nos da la verdad.

Qué es la verdad? La mentira buena, bien hecha? O lo que es insoportable, lo que debemos ver una vez al año, para no quedar ciegos y vencidos. Los libros de Blanca no se siguen de manera regular y a pesar de su cada vez mayor “fama” no se hacen mas frecuentes. Blanca escribe a su ritmo y el mundo gira alrededor de su ritmo que es también el ritmo de su cuerpo. Ella dice. Hay todas esas cosas que no se cuentan, la vida, los hijos, ese enorme continente inapto a la literatura y que por ello pertenece a la mujer. Los años son devorados por esas vidas, por ese paseo en el jardín al sol, con insectos que zumban y perecen, es el jardín secreto, vital pero amenazado por la muerte como cualquier otro jardín. Luz de día. Libro perfecto. Matriz de la obra por venir. Blanca ha regresado a Lima donde residirá hasta ayer, mirando de frente esa sociedad que conoce bien, imperfecta hasta el delirio, verá a sus hijos crecer, a sus nietas nacer, y escribirá una obra inmensa pero breve, consultándose, tomándose la temperatura, mirándose en el espejo. Constantemente. Salvajemente.

Porque la poesía es el cuerpo, y el cuerpo envejece. Sin embargo el lenguaje no muere. Como hacer entrar ese tiempo humano en el lenguaje. Conteniendo el aire, como quien entra en un corsé, o de manera imperdonable, viajando en el cuerpo de un animal abatido e inocente, como esa vaca infestada de moscas, o esa araña que avanza haciendo una tela en el aire donde matar y morir. Blanca se siente tan cerca de las criaturas sin lenguaje, de esas figuras de Santa abandonadas en una sala de museo, intactas y exhaustas de su propia virginidad. Nadie las adora ni las puede amar.

Cómo amar a Blanca o cómo no amarla. Es lo mismo, creo. Su belleza, su coquetería, su gusto por saberlo todo sin salir de su casa, porque el mundo gira a su alrededor y la fruta existe porque le planta los dientes. Ella sabe todo, de todos. Todos vienen a ella y se solazan en su tela, hermoso encaje negro sobre piel blanca. Ella es risa, es imaginación, es veneno. Injusta y vindicativa, es la diosa eterna de Lima. Ciudad dicharachera, en la que los que tienen el poder se callan y esperan a que las mascaras caigan.

Blanca es soberana en su oficina, grande luminosa del FCE, calle Berlín en Miraflores. Domina ese cielo de los libros sabios que son los ensayos, los estudios históricos, sociología, literatura etc. Blanca no enseñó en las universidades. Por qué? Quién sabe, pero tocó a muchos de los que nos acercamos a ella, tratando de recoger sus palabras, de guardarlas dentro, para saber qué era la poesía, si existía la buena, la mala. Pasábamos por sus humores como a través de pruebas iniciáticas y nos peleábamos por obtener sus libros, por las fotocopias, por lo que nos podía llegar a las manos. Lo más pequeño era importante, porque venía de ella. Miraflores, Barranco, la costa en que creció, ese desierto claro que bordea el Perú. Paisaje encantado, decantado. Paisaje que ella deconstruyó o construyó en sus poemas. Haciendo también de la historia del Perú esa historia sin falsas verdades, sin monumentos ni himnos, sin nacionalismo pero con un apego feroz al suelo matrio (si se puede decir).

Volver al Perú, paso definitivo. Volver al Perú a vivir. Aceptando, aunque ella dirá que no tiene espíritu crítico sino una autocrítica feroz. Como ella es el mundo, su crítica se extiende a todo, y su crítica es tan feroz como su inmenso amor, destrozado. Como condenado por una fatalidad ciega, presentida, anunciada, tejida en la tela de sus versos. Amor malherido, quebrantado, voluntad titanesca de seguir de pie, impecablemente, maquillada, peinada, vestida, perfumada. Limeña calzada de tacones de piedras preciosas. (Esta última frase no le hubiera gustado nada.) Pero el taconeo de su paso sigue allí, ritmando nuestro corazón enloquecido porque se acerca, porque va a hablar, porque de su boca, oráculo y humor, nos vienen las verdades. Verdades a medias, verdades pero hasta lo que se pueda soportar. Ella nos cuida y aunque sabe, se calla, esperando que el tiempo le dé la razón.

Blanca frente al ventanal de su casa de Barranco, en ese espacio que parece concebido para ella? Los techos inmensos, inalcanzable cielo de cemento. Y el mar. Siempre en su vaivén, apuntando a lo infinito. Entre en el mar y el espejo del baño. La escritura que es siempre una sorpresa, íntima sorpresa. Viene la palabra, se une a otra, luego desaparece, corrige, recorta, poda, lima, hace brillar. Qué viene después? Los libros parten de sus manos hasta muy lejos, allende el mar. Blanca sigue en su casa, cultivando ese aire que parece más limpio que en el resto de la ciudad. No hay ruido. Solo el mar. Los ojos abiertos de los cuchimilcos blancos sobre la mesa. Alguien discretamente pasa, posa los ojos en ella, la cuida, se retira. Le dice Señora Blanca teléfono. Blanca responde o no responde. Su sola presencia allí nos parece un lujo inaudito. Respirar su aire sentencioso, que parece contener a la Lima de los 30′, 40′, 50′, 60′, 70′, 80′, 90′, 2009. Casi todo el siglo. El siglo de oro de la poesía peruana? De repente.

No sé si tendrá hijos. Más hijos. Su poesía no sé si tendrá hijos. Es demasiado viuda negra. Demasiado. Es demasiado singular. La libertad tiene un alto precio. Duelo. Vergüenza. Soledad. Ese cuerpo que se queda callado esperando. Esa poesía que se arranca, como un destello, el trabajo de orfebre, la meticulosidad que llega a ser manía, el dolor de recortarse siempre, como esas uñas que a pesar de nuestros esfuerzos siguen creciendo, mas allá de la muerte. Como esas momias de pelo largo, engañando a la muerte. Pero la muerte es la verdad suprema y aunque se esconda bajo el esplendor del jardín, esta allí. Y Blanca la ve. Porque tiene el poder de verla, el don de ver mas allá. Mas allá de la redonda carne del infante, y de la sonrosada mejilla del amante. Porque el arcángel se escapa, siempre, un día, por la entreabierta ventana… y la casa se quedará vacía. Ella lo sabe y lo supo, y esa casa de cuervos hoy está aún mas vacía, y resuena en ella el aire que ya nada retiene.

Blanca siempre tuvo razón aunque no le gustara detentar ese poder. Nosotros también lo sabíamos. Ella nos dio esa verdad, a cucharitas, como a un bebé, para no ahogarnos, para que el amargo sabor viniera de a pocos y hasta con placer. Porque es un placer, un placer inmenso y sano, ver aunque sea una vez la verdad de frente. Leyendo un poema de Blanca Varela.

Grecia Cáceres
Paris, viernes 13 de marzo del 2009.

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