Siglo XVI

La libertad que había en España supone el lado positivo de la imagen. El lado negativo era el incuestionable estado de aislamiento de la cultura peninsular. Durante la Edad Moderna, España permaneció al margen de las principales corrientes europeas en filosofía, ciencia y arte de creación. En la gran época del imperio, Felipe II tuvo que confiar en el conocimiento tecnológico de italianos, belgas y alemanes. La producción editorial española fue probablemente la peor de toda Europa occidental. Nunca se consideró apropiado incluir a España en el itinerario del grand tour, el gran viaje por Europa en el que los aristócratas occidentales esperaban pulir su experiencia y educación. La élite castellana, con unas pocas excepciones prominentes, fue criticada en su época por los diplomáticos italianos y alemanes por su falta de sofisticación cultural. Aunque la responsabilidad de la Inquisición en esta situación fue escasa, muchos observadores tuvieron la impresión de que el tribunal encarnaba en cierto sentido los aspectos reaccionarios de la sociedad peninsular. Esta Leyenda Negra contribuyó de manera poderosa a moldear la imagen perdurable del Santo Oficio.

Henry Kamen, La Inquisición española: una revisión histórica, Barcelona: Crítica, 1999

Siglo XX

Las sombrías políticas de antaño se reproducen hoy, claro que sin la perdida magnificencia; pues de Polavieja a Antonio Pérez hay cien atlánticos de distancia y las ducales espuelas de don Fernando Álvarez de Toledo retrocederían sobre sus agudas estrellas ante las botas de don Valeriano Weyler… Pero aun la sombra de Roma cae sobre el palacio de Madrid; los confesores áulicos tienen su papel, las intrigas son las mismas con diferencia de personajes y de alturas mentales. ¡España va a cambiar!, se grita en el instante en que la injusta y fuerte obra del yanqui se consuma. Y lo que cambia es el Ministerio.

La verbosidad nacional se desborda por cien bocas y plumas de regeneradores improvisados. Es un sport nuevo. Y la zambra no se interrumpe. «España —dice un escritor de Francia— ha querido, sin duda, evocar esos grandes Estados del Oriente antiguo que se derrumbaban en la embriaguez pública». No, no ha querido evocar nada. Obra por sí misma: esa alegría es un producto autóctono, entre tanta tragedia; es el clavel: es la flor roja de la España Negra. Así, cuando de nuevo los conservadores han vuelto al Poder, se ha creído en el exterior que la reacción provocaría la revolución. ¡Las inquisitoriales historias de Montjuich están cercanas; los sucesores de la guerra han sido tan rudos en su lección y las agitaciones provinciales del regionalismo se han repetido tanto! Nada. Quietud. Estancamiento. Apenas ruido de regaderas alrededor del tronco fósil del carlismo. Tan sólo, en lo futuro del tiempo, el hervor del fermento social.

 

Rubén Darío, «La España negra», en España contemporánea, 1901

 

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