Recientemente y, por fin, leí Gog, que llevaba tiempo pendiente en mi lista mental (mucho más reducida que la escrita) de libros por leer. La persona que me lo regaló me lo entregó diciendo que Gog es un clásico, uno de esos que hay que leer sí o sí, uno de los más de lo más. Ahora lo entiendo. Gog es un tipo que la tiene clara, y al mismo tiempo es un ser despreciable en sus afirmaciones, en sus juicios, y en sus actos. Para el que no tenga el gusto de conocerlo, Gog es un misántropo con mucho dinero, que se dedica a recorrer el mundo saciando una serie de antojos excéntricos a base de chequera. Este deseo de conocimiento le lleva frente a personajes como Freud, Gandhi o Henry Ford.

Copio aquí el primer capítulo, “Las obras maestras de la literatura” porque me parece excepcional, y porque propone una serie de adivinanzas en cadena y necesito ayuda para resolver las que no cazo. Por ejemplo, ¿alguien me dice quien es el“diablo cojo que levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus vergüenzas”?, o quién es el narrador de“las aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los pigmeos y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo”?

Necesito ayuda para seguir escribiendo mi lista de obras pendientes imprescindibles.

LAS OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA

Cuba, 7 de noviembre

Necesitaba, para ciertos propósitos míos, conocer lo que los profesores de los colléges llaman las “obras maestras de la literatura”. Le encargué a un bibliotecario licenciado, que me aseguraron era un perfecto conocedor de las mismas, que me preparara una lista de obras, lo más restringida posible, y que me las procurase en las mejores ediciones. Apenas me hallé en posesión de estos tesoros no permití a nadie la entrada y no me volví a levantar de la cama.

En un primer momento se me antojaron malas y me pareció increíble que tales humbugs fuesen verdaderamente los productos de primera calidad del espíritu humano. Aquello que no comprendía me parecía inútil; lo que comprendía no me gustaba o me ofendía. Género absurdo, aburrido: tal vez insignificante o nauseabundo. Relatos que si eran verdaderos me parecían inverosímiles, y si inventados, insulsos. Escribí a un profesor célebre de la universidad de W. para preguntarle si aquella lista estaba bien hecha. Me contestó que sí y me dio algunas indicaciones. Tuve valor para leer aquellos libros, todos, menos tres o cuatro que no pude soportar desde las primeras páginas.

Huestes de hombres, llamados héroes, que se despanzurraban durante diez años seguidos bajo las murallas de una pequeña ciudad por culpa de una vieja seducida; el viaje de un vivo en el embudo de los muertos como pretexto para hablar mal de los muertos y de los vivos; un loco ético y un loco gordo que van por el mundo en busca de palizas; un guerrero que pierde la razón por una mujer y se divierte en desbarbar las encinas de las selvas; un villano cuyo padre ha sido asesinado y que, para vengarle, hace morir a una muchacha que lo ama y a otros variados personajes; un diablo cojo que levanta los tejados de todas las casas para exhibir sus vergüenzas; las aventuras de un hombre de mediana estatura que hace el gigante entre los pigmeos y el enano entre los gigantes, siempre de un modo inoportuno y ridículo; la odisea de un idiota que a través de una serie de bufas desventurosas sostiene que este mundo es el mejor de los mundos posibles; las periferias de un profesor demoniaco servido por un demonio profesional; la aburrida historia de una adúltera provinciana que se fastidia y, al fin, se envenena; las salidas locuaces e incomprensibles de un profeta acompañado de un águila y de una serpiente; un joven pobre y febril que asesina a una vieja y luego, imbécil, no sabe ni siquiera disfrutar el botín y acaba cayendo en manos de la policía.

Me pareció comprender, con mi cabeza virgen, que esa literatura tan alabada se halla apenas en la edad de piedra, lo que me dejó desesperadamente desilusionado. Escribí a un especialista en poesía, el cual intentó confundirme diciéndome que aquellas obras valían por el estilo, la forma, el lenguaje, las imágenes y los pensamientos, y que un espíritu educado podía experimentar con ellas grandísimas satisfacciones. Le contesté que, por mi parte, obligado a leer casi todos aquellos libros en traducciones, la forma importaba poco y que el contenido me parecía, y en efecto lo es, anticuado, insensato, estúpido y extravagante. Gasté cien dólares en esta consulta, sin ningún fruto.

Por fortuna conocí más tarde a algunos escritores jóvenes que confirmaron mi juicio sobre aquellas viejas obras y me hicieron leer sus libros, donde encontré, entre muchas cosas turbias, un alimento más adecuado a mis gustos. Me ha quedado sin embargo la duda de que la literatura es tal vez incapaz de perfeccionamientos decisivos. Es muy probable que nadie, dentro de un siglo, se dedique a una industria tan atrasada y poco rentable.

Gog (1931) de Giovanni Papini. Edición de Rey Lear. Traducción de Paloma Alonso Alberti

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