A usted se lo cuenta un amigo: le dice que en los años setenta unos cuantos artistas formaron un equipo de baloncesto, y que durante todo un año ese equipo participó en una liga pero sin competir, inventándose jugadas raras, imaginativas, desesperando a los árbitros y desconcertando a los rivales, y que se llamaban Pasión, o algo así, y que nunca ganaron un partido.

Luego, ya en casa, usted enciende el ordenador y teclea las palabras mágicas. Descubre que Passión D.I. nació para la gloria en la temporada 1977/1978, en la tercera división regional de la Federación Castellana de Baloncesto; que su intención primera, tal y como quedó escrito en los estatutos del club, era «impulsar el deporte de ideas, proponiendo el desarrollo de la imaginación dentro de las normas de un deporte» y dejando en segundo plano «el hecho competitivo», pero respetando siempre «el reglamento, los estamentos federativos, el otro equipo, los árbitros y el público». Usted averigua que, a pesar de ello, el Passión fue multado por conducta antideportiva; y que en la temporada siguiente decidieron pasarse al waterpolo y ahí nació Aquassión, del que ya quedan más datos: por ejemplo, las fichas de los jugadores, entre los cuales había un artificiero, un callista a domicilio, un artista conceptual, un mosquetero y hasta un traidor.

Unos treinta años después de todo aquello, surge la segunda generación: un equipo llamado Nu Passión y formado por «artistas, comisarios y gente de la cultura catalana» que ha retomado el proyecto, la documentación y el impulso de los setenta. Y que ahí anda, organizando torneos y pidiendo apoyo, hasta ahora sin demasiada suerte. Usted se la desea de todo corazón.

Usted se la desea de todo corazón, pero no puede evitar sentir una curiosidad mucho más llena de cariño por el Passión original, barbudo y mal vestido, que por el Nu Passión de ahora. De modo que repasa de nuevo las fichas de los catorce jugadores del Aquassión y los mira a la cara, uno por uno, respetuosamente: qué habrá sido de ellos, piensa, y los imagina suicidas o proscritos.

Sin saber muy bien lo que hace, busca en internet los nombres de todos, uno por uno, muy despacio. Le decepciona que sea tan fácil conseguir información acerca de la mayoría: que no se hayan escondido, que después de haber hecho lo que hicieron sigan viviendo igual que antes y lo sepa Google. El cineasta es profesor de cine; el pintor, profesor de dibujo; el traidor —y usted ahora lo entiende todo—, traductor; los médicos siguen siendo médicos; el cuentista publicó un libro. En fin: parece que todos continúan con sus vidas anónimas de entonces, cuando cambiaron el rumbo del deporte en España sin que se enterase nadie.

Todos menos uno.

Carlos Matta

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