El siguiente fragmento está extraído de El vano ayer, del joven escritor sevillano Isaac Rosa (Seix Barral, 2005, pp. 149-154). Esta novela, muy recomendable, explora nuevos modos de escribir sobre la dictadura franquista en España. Frente a otro tipo de novelas que exaltan la epopeya de la Guerra Civil como un mito comparable a la guerra de Troya, Isaac Rosa sitúa el drama español en un pasado muy cercano, al tiempo que problematiza la visión mítica y nostálgica de ese pasado reprobable (pero asumido como natural) a la que nos tienen acostumbrados algunas novelas y series de televisión. ¿Hace falta mencionar ejemplos?

El argumento de la novela se centra en un profesor universitario cualquiera que salió del país durante la dictadura bajo circunstancias sospechosas, y en un grupo de alumnos relacionados con él. El fragmento elegido propone una lectura “humorística” de la preparación de una huelga por parte de los alumnos subversivos, y de todas sus consecuencias.

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Marta ya no pudo dejar de reír, desde ese momento su mandíbula no tuvo un segundo de descanso, su alegría tras el incidente con Denis contagió a sus compañeros, que tuvieron que suspender la reunión de la cafetería ante el cachondeo generalizado, y por la tarde, mientras se dirigían a la quinta abandonada en el coche de uno de ellos, gritaban por las ventanillas y hacían música con la bocina para regocijo de los vehículos que circulaban en sentido contrario, la pareja de guardias civiles que les hizo trompetilla con la lengua al verlos, André los esperaba en la casa y se sorprendió por la bulla pero pronto se unió con carcajadas hermanadas, se abrazaron como bufones haciendo las bromas esperadas, uno tomaba la pierna del otro, aquél se subía a la grupa del más cercano, éste se colocaba a cuatro patas tras el burlado para que otro lo empujase y cayese con pataleo, y así la prevista reunión, en la que debían ultimar los preparativos de la cercana huelga e intercambiar informaciones sobre lo sucedido en la universidad, se convirtió en una tarde de chistes y rimas groseras, uno imitaba a un tartamudo, otro contaba la chirigota del gitano y el mariquita que vienen del Rocío, así podría haber llegado la noche a aquel caserón sin electricidad, con la guasa se les pasaría la noche y el día entero y los días siguientes y todo sucedería sin ellos, la huelga fracasaría mientras ellos continuaban representando su jarana, así habría sido de no ser por la aparición de los coches policiales que con sus motores interrumpieron el relato de una nueva ocurrencia que incluía acentos andaluces y la intervención de un gangoso, la llegada de la policía ya fue el desternille total, Marta miró por la ventana y dijo, aunque apenas se le entendía entre la risa, viene un coche, y luego puntualizó, no es un coche, son dos, tres, cuatro, los fueron contando a coro como los tirones de oreja de un cumpleaños, varios de los reunidos salieron a correr por la puerta trasera por la sola diversión de jugar con los policías al escondite en la noche inminente de los campos, mientras los demás quedaron en la casa, comiéndose entre risotadas las octavillas y las agendas, hasta que los agentes de paisano irrumpieron por la puerta con espectacularidad de payasos, empuñando pistolas de agua y guiñando los ojos a los muchachos, a los que simulaban empujar para que se tumbasen boca abajo y con las manos en la espalda, Marta se retorcía cuando la levantaron a pulso entre dos bromistas y la introdujeron en un vehículo, durante el viaje proponía canciones de excursión escolar a los policías, qué es aquello que reluce en lo alto de un astillo, una vieja y un viejo van p’Albacete, las muchachas de mi pueblo ya no van a la piscina, así llegaron a la Dirección General de Seguridad, el viejo edificio de Sol que era la auténtica casa de la risa, la algazara de los detenidos salía de los sótanos y se contagiaba a las calles, los tranquilos ciudadanos evitaban la acera del caserón porque temían escuchar un carcajeo que ya nunca se olvida, los efectos de las cosquillas aplicadas sobre los interrogados, que se partían de risa, se descoyuntaban de la risa, reventaban de la risa, se morían de la risa incluso, y poco después de llegar Marta tenía ya los ojos hinchados de apretarlos en risotada, los labios ensangrentados de mordérselos para contener el estallido festivo, pasó varias horas en un despacho con varios policías que le pedían que repitiese los mismos chistes que se contaban entre ellos los estudiantes en las reuniones, la vieja coña de la huelga, y ella se resistió a contar algunas picardías y entonces hicieron el simulacro circense de la bofetada, un policía simulaba que le daba un cachete y ella daba palmas con las manos en la espalda imitando el sonido de la bofetada, ese truco lo aprendió muy bien la mayor parte de los detenidos durante aquellos años, era un número muy efectista, después la llevaron a un calabozo donde triunfaban las bromas más marranas, el suelo pringado de orines y escupitajos, la manta tiesa de secreciones ajenas con la que no podía quitarse el frío, al día siguiente la volvieron a conducir al despacho donde continuaron las bufonadas, le preguntaban acerca de Guillermo Birón, que debía de ser un exitoso clown, y así estuvo varios días sin que su viudo padre supiera nada de su hija, fue memorable la risa sardónica del padre cuando supo de lo sucedido, comentó entre pedorretas que todo era una travesura tardía aplicada contra él en el cuerpo de su hija, porque él ya había conocido el carácter bromista de aquel régimen cuando en el treinta y nueve fue apartado de su puesto de maestro en correspondencia al talante poco divertido que había demostrado en sus años de ejercicio, tres meses después consiguió, previo pago de una sanción cuantiosa, que Marta saliese de aquel centro ferial que era Yeserías, aunque la chiquilla no quería irse, lo había pasado tan bien en aquellas semanas, el padre dijo que ya era demasiado, que aquel país no era serio con tanta algarabía, que llevaban veinticinco años de cachondeo, estaba cansado de escuchar por todas partes el carcajeo del pueblo, en las comisarías, en las prisiones, en las tapias de los cementerios, en Cuelgamuros donde los tísicos se desternillaban de risa picando piedras, en los tribunales que parecían espectáculos de variedades con tanto pitorreo, la risilla baja de los topos escondidos en el doble fondo de los desvanes, así que marcharon a París, ciudad poco amiga de la juerga a diferencia de nuestra relajada tierra, allí sobrevivieron un par de años hasta que finalmente se instalaron en Toulouse, donde el padre abrió un restaurante español, La Vieille Espagne, en el que los compatriotas desterrados se reunían por las noches a reír sus nostalgias, a recordar viejos chistes republicanos entre brindis de celebración, aunque Marta no compartía aquella alegría emigrada porque prefería concentrarse en su propio recuerdo hilarante de André, que había desaparecido como en un número de magia ambulante, ése era otro de los trucos favoritos que se hacían en Sol, entraba un detenido y ya no salía pero tampoco estaba dentro, Marta vivió acompañada de aquella diversión durante casi veinte años, hasta que en el ochenta y tres regresó a España, esperanzada de que la fiesta hubiese remitido y alguien le explicase la verdad de aquel truco, en qué sombrero de copa profundo estaba André […], se dedicó desde el primer día a recuperar a André, a buscarlo, como si todavía pudiera encontrarlo, como si todo hubiera sido una gran macana del estudiante, que siguiera oculto bajo la manta en un calabozo de Sol, o viviendo una vida fingida durante años en una capital de provincias, aunque en el fondo Marta solo buscaba su cuerpo, su cadáver joven, sus huesos calcinados en un claro de bosque, su carne descompuesta en el lecho de un pantano, y buscaba también a los autores de aquella chiquillería, creyó que las cosas habían cambiado en España y que se podía poner fin al recreo y a la farra, así pasó un año entero, visitaba despachos ministeriales de los que era despedida por quienes todavía no se habían quitado la sonrisilla de la boca […], así pasó un año entero, jaleada por un país en el que todavía resonaba el eco divertido de los desaparecidos, intentaba encontrar a André guiándose por esos ecos pero acababa confundida por la felicidad ruidosa de las multitudes enterradas, hasta que se hartó de habitar una ciudad en la que incluso el nombre de las calles era un recuerdo de los grandes humoristas y marchó de vuelta a Toulouse, dijo a sus escasos conocidos que se iba, que estaba cansada, que tenía su vida hecha en Francia, que se sentía extranjera, que su padre necesitaba ayuda en el restaurante, que bastante tenía con regodearse en su memoria como para compartir aquel carnaval que parecía no tener fin.

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