Hacer del acto de escribir un trabajo colectivo parece sobre todo hoy en día una tarea imposible, empezando porque de todo el proceso que requiere la escritura el más individual sin duda es la escritura misma. Sin embargo, existen maneras de romper esa intimidad para recuperar el sentido de experiencia grupal, aunque llevarlas a cabo implica disposición para trabajar con disciplinas y soportes complementarios.

Una acción que demuestra la posibilidad real de dicha ruptura es el  “Experimento de fatiga textual” que Raquel Albarrán llevó a cabo en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico a finales de 2010. En respuesta a la censura de algunas obras literarias por parte del Departamento de Educación en septiembre del año anterior, Raquel Albarrán decidió copiar a mano uno de esos libros, El entierro de Cortijo, de Edgardo Rodríguez Juliá. La obra, cuya elección no pudo de ninguna manera ser casual, relata los pormenores del entierro de Rafael Cortijo, percusionista y compositor, referente indispensable de la música negra en Puerto Rico, en 1982. El texto de Rodríguez Juliá muestra una reflexión y un análisis de todos los elementos sociales que rodearon al entierro de esta figura popular, que consiguió sacar de la marginalidad el patrimonio musical tradicional de la isla y reivindicar una cultura autóctona ajena a las imposiciones dominantes. Su prohibición, por tanto, frenaba todo tipo de difusión de la obra y con ella la posibilidad de pensar una identidad propia.

La “fatiga” de copiar todo el texto a mano, lenta e irónica manera de subvertir el ámbito de la escritura por el que se establece la legitimidad de la cultura en las sociedades contemporáneas, se convirtió finalmente en una acción directa de unión popular cuando a la experiencia performativa se le fueron sumando las manos de las personas que por el museo paseaban, hasta entre todos completar la copia manuscrita de la obra.

De este modo y mediante un acto que cuestionaba todas las relaciones sociales establecidas (y asumidas) entre los agentes participantes en el proceso de escritura, Raquel Albarrán desarrollaba la tremenda paradoja  de devolver al pueblo y difundir una obra prohibida por el sistema desde un espacio institucional, símbolo cultural por antonomasia del mismo.

Lía Rebolo

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