Aunque se trate de explicar en qué consiste el proceso económico, mercantil y administrativo que media entre el momento en que la turbina de una central hidroeléctrica, construida con fondos públicos y utilizando un recurso público, el agua por ejemplo, produce un kilovatio y éste, a través de un cable metálico, en su mayor parte también costeado con fondos públicos, llega una empresa o a un hogar y activa una lavadora o un horno, nadie logrará entender por qué en algo menos de un segundo se ha producido “déficit” y han intervenido de tres a cinco intermediarios con ánimo de lucro, a los que naturalmente, hay que retribuir. Voy a tratar de hacerlo con un ejemplo que entenderán.

Pongamos un mercado, una plaza de abastos normal. En ella se vende carne. Hay carne de vacuno, de porcino, de ovino, de cabra, de pollo, y recientemente, carne de avestruz. Esta última es el futuro, pero al parecer, por ahora y durante las próximas dos décadas, está y estará subvencionada. El ama o amo de casa se acerca a la plaza, dispuesto a comprar carne (más que dispuesto, supongamos que pertenece a una especie que soló es carnívora, no puede comer otra cosa). Eso sí, debe saber que lo comprará en un mercado “liberalizado”. Por eso, cada mañana, el precio de la carne de vaca, de cerdo, de cordero, de pollo o de cualquier tipo será el mismo y único para todos los consumidores, da igual qué tipo de filetes y de qué animal pidan en el puesto del carnicero. Debe aclararse que en la plaza sólo hay cinco carnicerías.

Al preguntar al carnicero la razón de por qué vende al mismo precio las alas de pollo que el entrecot, éste le responde al consumidor que hay unas normas en el mercado central que imponen que debe venderse toda la carne al mismo precio, y que el precio igualitario vendrá determinado cada mañana por el más alto de todos los producidos en la subasta que hacen los ganaderos y los carniceros, allí, en el mercado central. Pero que no se preocupe, que eso se hace por su bien, le responde el carnicero. Y que sepa además que los carniceros llevan años y años vendiendo filetes con pérdidas; que los consumidores y el Estado les debemos mucho. Se asombra, creía que su carnicero era rico. Extrañado, pregunta por la subasta, ¿quiénes participan?

El consumidor se confunde un poco, parece que vendedores y compradores sean los mismos en esa subasta que fija los precios de lo que él paga por la carne. No le da mayor importancia. Está ilusionado, pues recientemente se han aprobado normas que le permitirán criar un pollo en su casa, o en el mejor de los casos, una gallina,y hasta podrá vender los huevos que le sobren. Todo un mundo nuevo de posibilidades (normas sobre la “autoproducción” para el “autoconsumo”, donde auto es autonomía).

No se preocupa más por lo de la subasta, ni por el precio igualado al alza. Y ese déficit del que le ha hablado su carnicero se solucionará con los “peajes” que pagan todos al entrar en la zona de las carnicerías en la plaza de abastos (o sea, le cuesta lo mismo la carne que entrar a por ella, para que haya equilibrio, le explican). ¿A que ahora si han entendido de qué trata el asunto? ¿No, verdad? Yo tampoco. Hace años se realizó un impresionante documental de casi dos horas sobre las hazañas criminales de la empresa Enron. Búsquenlo y véanlo.Cuando lo vi hace años me pregunte cómo había podido suceder semejante crimen. Me propuse averiguar si eso podría pasar en nuestro país. Estudié y estudié las normas que regulan el “sector eléctrico”. Descubrí con sorpresa que todas las semanas se publican normas nuevas.Soy jurista, y tras diez años de estudio, sigo sin entender nada. He confirmado con profesores de matemáticas que algunas de las fórmulas publicadas en el BOE para calcular el precio de la electricidad son “imposibles”. No erróneas; imposibles.

Resumiendo: no se puede explicar. Pero sí puedo aclararles algo. Supe aterrado que no sólo era posible que Enron se repitiera en nuestro país, sino que se estaba diseñando todo el sistema para que pudiera suceder. Apostaría seguro dos cosas: a que nadie es capaz de explicar convincentemente cuánto vale un kilovatio y a que ningún catedrático puede explicar de manera coherente nuestro mercado eléctrico. Y ello porque en realidad no es un mercado, sino un temible juego, lleno de trampas y arbitrariedades, inseguridades y vacíos incomprensibles. El problema entonces es sólo uno: ¿Cómo hemos permitido que el elemento primordial de nuestra civilización, la electricidad, sea un mercado, y no un servicio o cuando menos, una simple y sumisa industria?

Juan Ignacio Moreno

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Texto extraído del periódico Diagonal, n. 166 (1 febrero 2012). El original aquí.
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