O de cómo una vez más la realidad supera a la ficción

Una tarde de primavera alguien paseaba por el campamento de sol, el que desde el 15 de mayo se fue construyendo mesa a mesa, lona a lona, hasta convertirse en una auténtica ciudadela en el centro de Madrid. Esa persona paseaba como cada día con su cámara colgada a la espalda. A las 8 pm había asamblea así que se sentó a grabar las intervenciones de la gente.

Se fijó en una señora mayor, de unos setenta años, sentada en una silla, quedaba muy cerca de la persona que se sentó a grabar. Le atrajo y la grabó de costado, ese era el plano que su posición permitía; quedó bien. Siguió grabando personas, caras, gestos, detalles. En la asamblea se hablaba de esto y de aquello, porque desde el principio este modo de comunicarnos se fue constituyendo como un ensayo de nuevos modos de relacionarnos, convirtiéndose en un espacio que piensa diferentes formas de gestionar lo que tenemos y lo que somos, y de organizar la experiencia para cambiarla entre todos.

En un determinado momento, la mujer de la que hablo tomó la palabra y contó su historia.

La historia de esta mujer fascinó a la persona que grababa, le pareció tristísima y la colocó frente a cuestiones muy complejas que le obligaban a revisar sus principios, sus convicciones y su manera de mirar. Por un lado se plantea la cuestión de la veracidad de sus palabras, si es cierto que esta mujer alberga un chip en la cabeza, ¿por qué no acude a un médico a que se ocupe de su caso? Por otro lado, como documentalista, quien grababa no tenía duda de que se encontraba ante una buena narradora que supo apoderarse de la atención de los participantes en la asamblea, convirtiéndolos en repentinos espectadores. Quizá esta mujer necesita atención y se inventa este relato para que las personas que asistían a la asamblea popular le presten ojos y orejas sin preguntarse si su historia es real o ficticia.

Cuando terminó la asamblea, cada uno se fue por su lado, y la persona que grababa se encontró con dos amigos, entraron en un bar y allí les contó lo que acababa de presenciar. Uno le dijo que no hay tal cosa como la realidad, que todo depende de los ojos del que mira, de las orejas del que escucha, que todo está en el receptor. Al hilo de la conversación, el otro amigo recordó la famosa expresión de Coleridge, esa que habla de que lo importante en un relato no es si puede ser cierto o no, si ha ocurrido o no, pues la clave reside en ser capaces de activar la clavija de la “suspension of disbelief” (suspensión de la incredulidad). Basta con que el relato tenga aspecto de verdad para que lo sea.

A la persona que grababa dejó de importarle si la mujer mentía o si estaba loca. Decidió imaginar un relato en el que un macropoder desconocido por nosotros le instaló un día un chip en la cabeza para controlarla, para controlarnos. Y entonces empezó una nueva historia.

Olvido Rellanos

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