Aprovechamos que el gran poeta chileno Nicanor Parra (1914) acaba de ganar el premio Cervantes para dejarles aquí un par de poemas y una breve reflexión del crítico uruguayo Eduardo Milán. También, les recomendamos que lean la entrevista de Leila Guerriero que publicó El País a propósito del premio.


Las tablas

Soñé que me encontraba en un desierto y que hastiado de mí mismo
comenzaba a golpear a una mujer.
Hacía un frío de los demonios; era necesario hacer algo,
hacer fuego, hacer un poco de ejercicio;
pero a mí me dolía la cabeza, me sentía fatigado,
sólo quería dormir, quería morir.
Mi traje estaba empapado de sangre
y entre mis dedos se veían algunos cabellos
-los cabellos de mi pobre madre-.
“Por qué maltratas a tu madre” me preguntaba entonces una piedra
una piedra cubierta de polvo, “por qué la maltratas”.
Yo no sabía de dónde venían esas voces que me hacían temblar;
me miraba las uñas y me las mordía,
trataba de pensar infructuosamente en algo
pero sólo veía en torno a mí un desierto
y veía la imagen de ese ídolo,
mi dios que me miraba hacer estas cosas.
Aparecieron entonces unos pájaros
y al mismo tiempo en la oscuridad descubrí unas rocas.
En un supremo esfuerzo logré distinguir las tablas de la ley:
“Nosotras somos las tablas de la ley”, decían ellas
“Por qué maltratas a tu madre”
“Ves esos pájaros que se han venido a posar sobre nosotras”
“Ahí están ellos para registrar tus crímenes”
Pero yo bostezaba, me aburría de estas admoniciones
“Espanten esos pájaros”, dije en voz alta
“No”, respondió una piedra,
“ellos representan tus diferentes pecados.”
“Ellos están ahí para mirarte.”
Entonces yo me volví de nuevo a mi dama
y le empecé a dar más firme que antes.
Para mantenerse despierto había que hacer algo,
estaba en la obligación de actuar
so pena de caer dormido entre aquellas rocas,
aquellos pájaros.
Saqué entonces una caja de fósforos de uno de mis bolsillos
y decidí quemar el busto del dios;
tenía un frío espantoso, necesitaba calentarme,
pero este fuego sólo duró algunos segundos.
Desesperado busqué de nuevo las tablas
pero ellas habían desaparecido:
las rocas tampoco estaban allí.
Mi madre me había abandonado.
Me toqué la frente; pero no:
ya no podía más.

Cambios de nombre

A los amantes de las bellas letras
hago llegar mis mejores deseos
voy a cambiar de nombre a algunas cosas.

Mi posición es ésta:
el poeta no cumple su palabra
si no cambia los nombres de las cosas.

¿Con qué razón el sol
ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se llame Micifuz
el de las botas de cuarenta leguas!

¿Mis zapatos parecen ataúdes?
Sepan que desde hoy en adelante
los zapatos se llaman ataúdes.
Comuníquese, anótese y publíquese
que los zapatos han cambiado de nombre:
desde ahora se llaman ataúdes.

Bueno, la noche es larga
todo poeta que se estime a sí mismo
debe tener su propio diccionario
y antes que se me olvide
al propio dios hay que cambiarle nombre
que cada cual lo llame como quiera:
ese es un problema personal.

***

La poesía de Nicanor Parra representa el buceo en los límites de las posibilidades del lenguaje poético. La puesta en duda de esas posibilidades no es una negación de la poesía ni de la tradición poética heredada: es una puesta al día, justamente, de las posibilidades reales del decir poético. Si lo que llega al poeta es una tradición gastada que se acepta como canónica pero ya no resiste al uso (no una tradición inservible o mal planteada –erróneamente- sino gastada, que no opera más en términos estético-comunicativos), cabe al poeta, como exponente privilegiado de la conciencia del lenguaje –y aquí sí se otorga un privilegio Parra- depurar o desbrozar el territorio de ese lenguaje (…). Nicanor Parra trabajará planteando situaciones límite del lenguaje. Para que este ejercicio no resulte un circunloquio o el monólogo de un autista el poeta necesariamente debe entablar algún contacto con el lector (…). El oyente poético participa activamente en los poemas de Parra porque debe, en la medida de su aceptación del juego y de sus posibilidades de captación, darse cuenta de las “investigaciones lingüísticas” de Parra. Este lector activo tiene que asumir una actitud distante ante el lenguaje que él mismo habla y al cual, en general, considera “natural”. Debe extrañarse ante su mismo lenguaje.

 ***

Texto extraído de Eduardo Milán, Crítica de un extranjero en defensa de un sueño (Madrid: Huerga y Fierro, 2006), p. 105-106. Poemas de Nicanor Parra según la edición de Julio Ortega en Poemas para combatir la calvicie (México D.F.: FCE, 1995).

Anuncios