El Retrato de Mademoiselle E. F.: a propósito del ballet ‘La Source’ (tal es el título, ambiguo de por sí, con el que la tela fue presentada en el Salon de 1868) es el único cuadro que conocemos en el que el paisaje y el escenario se hallan superpuestos hasta fundirse sin resto. ¿No había sido éste el sueño, durante largo tiempo, de un Occidente suspendido por la oposición entre Naturaleza y Artificio, en el continuo intento de superarla? Degas ha ido más allá de ese paso. Como un paso de danza, que se manifiesta en una visión absorta, silenciosa, fugaz, porque nunca más se repetirá, ni en Degas ni en ningún otro. Mademoiselle Eugénie Fiocre, étoile de la Opéra, admirada por todo el París del Segundo Imperio, es aquí una princesa georgiana, que se nos aparece como eje de una escena vagamente orientalista. Melancólica, meditabunda, tiene una mirada fija y perdida frente a lo que es quizá un lago. Está rodeada por dos muchachas y por un caballo sin ensillar que abreva, o al menos acerca el hocico al agua. Pero ¿es de verdad agua? ¿O es una superficie reflectante extendida sobre un escenario? De hecho, casi la mitad del cuadro está ocupada por el reflejo de las figuras en ese agua. Es incluso demasiado firme, como si fuera un espejo. ¿No es, quizá, un espejo? Sin embargo, es difícil imaginar un caballo que, con perfecta tranquilidad, abrevara en un espejo. Detrás del caballo, las rocas y el terreno son perfectamente naturales, indistinguibles de ciertos estudios de rocas trazados por Degas durante un viaje. ¿Cómo imaginarlas de papel piedra? Pero hay un detalle que no es lógico. Junto al agua, una de las muchachas que acompañan a la princesa está sentada sobre una tela blanca; una tela que se extiende, en parte, encima de la superficie líquida. Si fuera agua de verdad debería hundirse. Sin embargo, la muchacha se apoya sobre algo resistente: ¿un espejo? Igualmente ambigua es la posición de la otra muchacha, que toca lo que debería ser una guzla (y parece más bien un laúd) mirando hacia las rocas. Pero su vestido amarillo ocre, que la cubre hasta los pies, termina también en el agua, y tampoco esta vez se sumerge. Por otra parte hay algo que nos confunde más aún: la princesa Nouredda (Mademoiselle Fiocre) tiene los pies en el agua. Pero parecen sumergidos de verdad porque en el agua se forma una leve ondulación, el atisbo de un círculo, como si apenas hubiera sido movida.

Después la mirada se eleva y se ve que la princesa pensativa se sostiene la cabeza con una mano. Bajo el codo, tres gruesos cojines superpuestos sobre un poyo. Cojines que parecen sacados de un interior genéricamente oriental para ser transferidos a esa escena de naturaleza intacta. Si se vuelve a bajar la mirada al suelo, junto al agua se reconocen algunas piedras, irregularmente dispuestas. Después vemos, sin embargo, una hilera que parece compuesta de piedras más pequeñas y dispuestas con perfecta regularidad. ¿Cómo es posible? De hecho, no son piedras. Es el borde de una alfombra. Así, de una roca verdadera se pasa a una alfombra cuyo borde limita con un lago que presumiblemente es un espejo. Es un vértigo del que no se sale, y que tiene algo de burlesco. En efecto, si no conociéramos el título del cuadro y el ballet de Delibes, no nos detendríamos tanto en estos detalles, acaso ni los notaríamos siquiera y tomaríamos todo como una genérica escena exótica, cuyas circunstancias ignoramos.

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Pero si conocemos el título, las preguntas proliferan. ¿Qué es lo que tenemos delante? ¿Es un momento de marasmo en el ballet (que comprendía en efecto una aparición de la princesa apoyada en un poyo)? ¿O son las tres bailarinas del mismo espectáculo, pero tomadas durante una pausa? ¿Y el caballo? ¿También él está en pausa y bebe tranquilamente en un espejo? ¿O nos encontramos en un remoto paisaje caucásico, en el tiempo suspendido de las leyendas, y una princesa –como en una existencia anterior- ha asumido los rasgos de Mademoiselle Fiocre? ¿Toda la escena pertenece entonces al género de la pintura histórica? ¿Aunque se trate de una historia inmóvil e indeterminada? No habría solución, porque los dos modos –incorruptibles- de leer lo que sucede en el cuadro son igualmente convincentes.

[…]

La fusión de naturaleza y escenario se cumple de la manera más provocativa y solapada en el Retrato de Mademoiselle E. F.

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 Texto extraído de La Folie Baudelaire, de Roberto Calasso (Trad. Edgardo Dobry, Barcelona: Anagrama, 2011; pp. 226-229)


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