En su Introducción a la filosofía de la praxis (también en El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce), Antonio Gramsci realiza en cierto momento una reflexión sobre qué es el hombre. Para ello, entre otras cosas, recuerda la conocida máxima de Feuerbach “el hombre es lo que come”, y a partir de ella formula una explicación en que relaciona consecuentemente alimentación, naturaleza y sociedad como elementos clave de la esencia humana. Así, la historia (y los hábitos) culinaria podrá servir para estudiar y analizar los diferentes tipos de sociedades, cómo funcionan en sus relaciones internas, además de para investigar sobre la esencia del ser humano, que no puede desligarse de su vida en sociedad.

“Tomada en sí misma, la afirmación de Feuerbarch ‘El hombre es lo que come’ puede ser interpretada diversamente. Una interpretación tosca y estúpida es que el hombre es lo que materialmente come, es decir, que los alimentos tienen una inmediata influencia determinante sobre el modo de pensar. Recuérdese la afirmación de Amadeo de que si se supiese lo que un hombre ha comido antes de un discurso, por ejemplo, se podría interpretar mejor este discurso. […] Si esta afirmación fuese cierta, la historia tendría su matriz determinante en la cocina y las revoluciones coincidirían con los cambios radicales en la alimentación de las masas. Lo históricamente verdadero es, precisamente, lo contrario: las revoluciones y el complejo desarrollo histórico han modificado la alimentación y creado los ‘gustos’ sucesivos en la elección de los alimentos. No es la siembra regular del trigo lo que ha hecho cesar el nomadismo, sino, al contrario, las condiciones que se oponían al nomadismo han conducido a las siembras regulares, etc.

Por otro lado, es cierto que el ‘hombre es lo que come’ en cuanto la alimentación es una de las expresiones de las relaciones sociales en su conjunto, y toda reagrupación social tiene una alimentación básica; pero al mismo tiempo puede decirse que ‘el hombre es su vestimenta’, ‘el hombre es su vivienda’, ‘el hombre es su particular modo de reproducirse, es decir, su familia’; dado que la alimentación, la vestimenta, la casa, la reproducción, son elementos de la vida social en los cuales, del modo más evidente y amplio (es decir, con una dimensión de masas) se manifiesta el complejo de las relaciones sociales.

[…]

La filosofía no puede ser reducida a una ‘antropología’ naturalista, puesto que la unidad del género humano no está dada por la naturaleza ‘biológica’ del hombre; las diferencias importantes del hombre no son las biológicas (razas, conformación del cráneo, color de la piel, etc., y a ello se reduce, en resumidas cuentas, la afirmación: ‘el hombre es lo que come’ -come grano en Europa, arroz en Asia, etc.-, que se reducirá luego a esta otra afirmación: ‘el hombre es el país que habita’, puesto que gran parte de los alimentos están ligados a la tierra habitada); ni tampoco la ‘unidad biológica’ ha contado gran cosa en la historia (el hombre es el animal que se ha comido a sí mismo cuando se hallaba más próximo al ‘estado natural’, es decir, cuando no podía multiplicar ‘artificialmente’ la producción de bienes naturales).”

Antonio Gramsci, Introducción a la filosofía de la praxis, Barcelona: Ed. Península, 1970

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