Resulta que la palabra mercado, del latín mercatus, está relacionada también con Mercurio, ya que este término, además de nombrar el planeta más cercano al sol y a un metal que habita en los termómetros, apela en la mitología griega al dios del comercio, actividad milenaria, transoceánica y global, sin la cual el ser humano sería tal vez algo bien distinto.

Resulta que la palabra mercado es hoy por hoy usada con una nueva acepción; mejor dicho, sigue apelando a intercambios comerciales basados fundamentalmente en la ley de la oferta y la demanda, pero cada vez son más intangibles, más abstractos, más incomprensibles.

Resulta que mientras los mercados financieros crecen y crecen, los mercados de víveres cada vez son menos, al menos aquí en Madrid, donde el asfalto corrido y los asientos de hormigón siguen sustituyendo sin piedad a las plazas arboladas y los bancos de madera que solían servirnos de reposo y lugar de encuentro. Me pierdo, vuelvo a los mercados, solo a uno, el de la Cebada, próxima estación de la especulación y el deterioro de lo público en nuestra urbe.

El mercado de la Cebada, sito en el céntrico barrio de la latina, lleva en pie desde el siglo XIX. El edificio original, de planta modernista y transparente, fue derribado por las tretas de Franco (que no por sus manos) allá por los años 50. En su lugar apareció el actual edificio que aunque no tan bello como el primero, mantenía su función y propiedades alimenticias. ¿Qué está pasando ahora? Lo mismo que ocurrió recientemente con los mercados de San Miguel y San Antón: se aprueban planes de remodelación y/o derribo en pos de estructuras “polivalentes”, integradoras, modernizantes que en realidad no son otra cosa que el fenómeno de nuestro tiempo. Privatización.

Sobre la historia de este mercado y sobre el plan del ayuntamiento se puede leer más, por ejemplo, en el Panfleto de los Austrias.

Cuando frecuEncia uRbe inició esta serie sobre mercados pensé en escribir sobre la Cebada porque es donde hago la compra y porque es el único reducto de estas características que nos queda en el distrito centro (exceptuando el mercado de Antón Martín); pensé en hablar del buen ambiente que entre más de la mitad de puestos cerrados todavía se respira, sobre todo los sábados. Donde además de los vecinos, casi todos de edad avanzada, que hacen las compras de la semana, se reúnen algunas personas en los barecitos que todavía resisten, donde la luz entra a fogonazos por los grandes y roídos ventanales superiores, donde un puesto de exquisitos productos ibéricos convive con un destartalado tinglado de fajas, batas y peinetas antiguas, donde a pesar de los pesares, los puesteros que quedan siguen bromeando cuando se juntan en el bar de la planta baja a tomar el segundo café. Pero me sale una melancolía rabiosa que no consigo evitar. Por librar de ella a cualquiera que esto lea, dejo un video reciente que combina testimonios de vendedores del mercado con la iniciativa barrial que pretende parar la especulación que todos conocemos.

 

Olvido Rellanos

Anuncios