Klimt no se propuso representar la ciencia médica como la concebían los médicos. El crítico de Medizinische Wochenschrift podía quejarse, con justicia, de que el pintor no había tenido en cuenta ninguna de las dos funciones proncipales del médico: la prevención y la cura. En su postura hierática, la Higia de Klimt solo muestra la ambigüedad de nuestra vida biológica a través de los símbolos de la tradición griega. Según la leyenda, Higia es la ambigüedad por excelencia y por ello se la asocia con la serpiente, la más enigmática de todas las criaturas. Junto con su hermano Esculapio, Higia nació con forma de culebra en el pantano telúrico, la tierra de la muerte. La serpiente, un animal de características anfibias, un símbolo fálico con rasgos bisexuales, es la gran demoledora de fronteras: las que separan la tierra y el mar, el hombre y la mujer, la vida y la muerte. El personaje es afín a la androginia y al nuevo despertar homosexual de fin de siglo: expresiones de la liberación erótica por un lado y el miedo masculino a la impotencia, por el otro. Dondequiera que estuviese la disolución del yo -en la unión sexual o en la culpa y la muerte-, la serpiente levantaba la cabeza. Klimt ya había utilizado ese simbolismo con actitud defensiva en Palas Atenea, agresiva en Nuda veritas y seductora en las serpientes acuáticas. En Medicina, con Higia, diosa polivalente, la actitud es filosófica. Higia, una transformación antropomórfica de la serpiente, le ofrece a esta la copa de Lete con su fluido primordial. Así proclama Klimt la unidad de la vida y la muerte, la interpretación de la vitalidad de las pulsiones y la disolución personal.

Texto extraído del libro de Carl E. Schorske, La Viena de fin de siglo. Política y cultura (Buenos Aires: Siglo XXI, 2011); Medicina, de Klimt, se encuentra en el techo de la Universidad de Viena

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