Tenía un puesto de porcelanas, muebles, cacharros y ropas en la Ribera de Curtidores.
Aquel puesto era de su padre, pero cuando murió, al casarse su madre con el carpintero Atanasio, se quedó ella al frente de sus cachivaches mientras su madre cuidaba el nuevo hogar.
Su belleza había crecido como abonada por todo aquel conjunto de cosas, aduanas en el hondón de la Ribera.
Había en su gesto de hembra siempre en pie, un aire desafiador y despavorido, algo que sobrepujaba la timidez de los usuales rostros de mujer.
Sus ojos eran color nicotina, como si contuviesen la nicotina de todos los abuelos, pero nicotina venenosa y ácida convertida en pasional mirada de mujer.
Su blancura especial era lo que le había conseguido el sobrenombre de La Nardo, con que la llamaban sus convecinas postergando su nombre de Aurelia, un poco antipático y como indebido para su belleza blanca, morena y verdadera.

[…]

El hombre cree seducir a la mujer, pero ella se reserva, se retrepa en sí misma, espera sus revanchas y sus pasiones, junto al que actuó de despertador.
La Nardo era mucho más mujer de lo que Samuel había creído y le anonadaba con el aspecto de su mujeronío, con la manera que tenía de desalojar la vida con el movimiento de sus caderas, creando un oleaje a su alrededor que hacía vacilar a los que pasaban por su lado.
Llenaba de tentaciones las espesas afueras, densas de polvo blanco y de luz de sol, con solo el contagio de su calidad de hembra.

[…]

Ya la conocían en todo Madrid como cortesana disimulada que paseaba por las calles del día una luna de la noche.
No se sabía por qué la creían una antigua florista y hasta había quienes juraban haberla visto en una esquina vendiendo flores.
Parecía ir por caminos de otro mundo que le habían señalado las gentes serias, y las mujeres la miraban a los zapatos con desdén y como para hacerla caer con la zancadilla de sus miradas.
En el día claro de Madrid, la nocturna infiel parecía búho cazado en redes claras, pero ella andaba sin saber que iba por otra vereda que las demás, porque si era imposible aplastar su belleza, había habido cuchillos de rencor que habían recortado su perfil de la vida burguesa y lo habían desplazado hacia un terreno vago, hacia algo así como hacia esa Perspectiva Osandoski y Kosireski que se ve citada mucho en las novelas rusas.
No veía ya ella lo que se había separado del mundo con sus trapisondas y pasaba cariacontecida y seria, como si no hubiese un espejo de sus infidelidades en su rostro, un luciente espejo con marco negro. Tropezaba con las lunas de los escaparates, se quedaba sola en medio de las aceras, era la belleza madrileña en lucha y contraste con la luz cruda de Madrid.
Nada más desgraciado que una belleza como la de Aurelia en medio de las aristas de la mojigatería que se repliega sin tomar parte en el brindis de placer que hay en la luz y el cielo madrileño.
Era la heroína solitaria de una vida social que comete el crimen de retraerse, pero todos, por el contrario, le achacaban el crimen a  ella. ¡A ella, que era de las pocas que facilitaban el vivir!
Luchaba contra todo el Madrid hundido y timorato, pero era más reina de Madrid que las otras mujeres. En un París, todas las mujeres representan un poco la galantería de París, su fondo de amor. En Madrid, solo estas bellezas solitarias y dinásticas de cada cinco años, que transitan por las calles como arrojadas del Paraíso.
Solo se ve que son el alma de Madrid, al verlas una tarde entre las mujeres con velos o sombreritos negros que van como bajo soportales de sombra.
Las únicas que van bajo la luz y la interpretan son Lola la ramilletera, La Nardo la hija del Rastro, o Carmen la sevillana de Madrid.

 ***

 Extractos de la novela La Nardo, de Ramón Gómez de la Serna, publicada en Madrid, 1930.

Anuncios