El foro, el mercado, la plaza… lugares todos públicos donde se ha desarrollado el curso de la vida en las ciudades. Elemento cultural por excelencia, los mercados son un importante reflejo de la sociedad en que se insertan. Pasearse por cualquier parte del mundo y descubrir un mercados es entrar en el lugar más íntimo de una cultura y una de las maneras más auténticas de iniciarse en su cocina. Cada tipo de mercado esconde una historia propia en la que se detectan los cambios de fisonomía, de funciones, de estatus social,  de modo que se convierten en importantes elementos de estudio antropológico. Cada costumbre, cada sistema económico, cada rutina social queda bien reflejado de manera diminuta en estos puntos de encuentro multitudinarios. Analizar y compartirlos es lo que nos proponemos mediante las descripciones de diferentes mercados de distintas partes del mundo. Vamos allá.

Oporto. Mercado do Bolhao

De frutas, verduras, bacalaos y flores sobre todo va este característico mercado portugués que lleva funcionando desde 1839 (1914 en el edificio actual). Ristras de ajos, pimientos y calabazas secas, cuelgan de la estructura de hierro sobre la que se sostienen unos sencillos puestos consistentes en poco más que las cajas de las frutas. Entrar en el Mercado do Bolhao es seguir con el viaje en el tiempo en el que uno se embarca cuando aterriza en la decadente Oporto y pasearse por sus pasillos un encuentro con la verdadera raíz de la ciudad.

México DF. Mercado de Medellín

En la Roma Sur, en la zona de Cuauhtemoc, se encuentra el Mercado de Medellín. Sus pasillos son tan diminutos, que puedes coger a la vez una piña en una mano y una guayaba en la otra, cada una de un puesto diferente (incluso si eres de brazos cortos). La acumulación de frutas, verduras, carnes… agobian en un principio a cualquiera que no esté acostumbrado a tanta cantidad. Sin embargo, a pesar del desorden al que parece que acabas de ser arrastrado, existe un orden estricto y un gran espíritu fraternal basado en el compartir frente al competir que impacta a cualquier viajero de occidente. El buen ejemplo se encuentra en los espacios para comer. Cualquiera llega, se sienta en las mesas comunes y el de aquel puesto le ofrece sus platillos, el del otro su bebida y el del otro su postre. Ninguno entra en competencia con ninguno y todos comparten clientes. La economía del mercado se establece, entonces, mediante un orden absolutamente inesperado en una ciudad en el que impera la vorágine estructural.

Imágenes: L.R. y Omar Omar

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