A finales del siglo XIX y principios del XX confluyen en España una serie de ideologías como soluciones a la crítica situación en que se encontraba el país. Estas ideologías enseguida se convierten en el centro de acogida de las reflexiones de los intelectuales. Miguel de Unamuno, que por aquellos años publicaba en diferentes periódicos socialistas, cuenta con un buen número de artículos críticos sobre dicha crisis fruto de tantos problemas que el país nunca supo resolver (y aún sigue sin saber). De estos artículos, les dejamos algunos fragmentos.

¡Maldito lo que se gana con un progreso que nos obliga a emborracharnos con el negocio, el trabajo, la ciencia, para no oír la voz de la sabiduría eterna, que repite el vanitas vanitatum! Este pueblo, robusto y sanamente misoneísta, sabe que no hay cosa nueva bajo el sol.
[…]
Solo se comprende el progreso en cuanto libertando de su riqueza al rico, al pobre de su pobreza y de la animalidad a todos, nos permite levantar la frente al cielo, y aliviándonos de las necesidades temporales, nos descubre las eternas. [….] ¡Progresar por progresar, llegar a la ciencia del bien y del mal para hacernos dioses! Todo esto no es más que avaricia, forma concreta de toda idolatría, hacer de los medios fines.

La vida es sueño. Reflexiones sobre la regeneración de España, 1898

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El libre cambio es, si bien se mira, un precepto de moral, una derivación rigurosa del “ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Libertad, libertad ante todo, verdadera libertad. Que cada cual se desarrolle como él es y todos nos entenderemos. La unión fecunda es la unión espontánea, la del libre agrupamiento de los pueblos.
[…]
Cuanto más se diferencien los pueblos, más se irán asemejando, aunque esto parezca forzada paradoja, porque más se irán descubriendo la humanidad en sí mismos. El pueblo es en todas partes lo más análogo. Tratan de separarlo para vencerlo mejor, los que en todas partes lo explotan.

La crisis del patriotismo

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Se habla a las veces del ingenio de nuestros humoristas de cartel o tanda. ¿Humoristas? Lo primero que se necesita para jugar con las ideas es poseerlas con libertad y ni las poseen ni son libres esos graciosos chicos y grandes. Son esclavos y no de ideas, sino de frases, de fórmulas, de rutinarios dogmas, de los que están poseídos en vez de poseerlos. No posesores de ideas, sino poseídos de palabras, de meras palabras; no duelos de fe, sino esclavos de dogma. Porque el ser duelo de fórmulas, de dogmas, de rutinas, el poseerlas hace fuerte y permite, llegado el caso, desprenderse de ellas, pero el ser de ellas poseído es estar poseído del modo más terrible y refractario a exorcismos.

La juventud ‘intelectual’ española, 1896

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