El 13 de agosto de 1903, Vicente Blasco Ibáñez publicaba en su periódico El Pueblo un artículo sobre las consecuencias del recién asentado capitalismo. Aquí les dejamos unos fragmentos:

[…] Aterra pensar cómo vivimos: rodeados de peli­gros, amenazados a todas horas por la Muerte, que ronda en torno nuestro, y nos acompaña al teatro que puede incendiarse, monta tras de noso­tros en el tren destinado al descarrilamiento, des­ciende al túnel y sigue nuestros pasos en la calle, esperando traidoramente el momento propicio para darnos el abrazo que aniquila.

La Muerte, señora del mundo, que hace de la vida humana una casualidad, un privilegio cuya duración debemos agradecer cada veinticuatro horas, tiene un poderoso auxiliar que colabora con ella: el egoísmo y la rapacidad de esas grandes compañías industriales que constituyen el moder­no feudalismo.

En otros siglos, el monje y el señor cubierto de hierro, lo eran todo; para ellos no existía más ley ni derecho que su voluntad y su bienestar. Hoy, después de un siglo de revoluciones en nombre de la igualdad democrática, el abad y el barón omnipotente resucitan en el financiero que ex­plota ferrocarriles que nunca han visto, y se em­bolsa el producto de negocios que tal vez se de­sarrollan en las antípodas. Los dueños de nuestras vidas son los directores de las grandes empresas, sin las cuales no podemos vivir, y que no satisfe­chas con nuestro dinero, nos exigen a veces la vida.

Hoy no sufrimos la explotación del antiguo ti­rano que al fin era un opresor “visible”, un dés­pota de carne y hueso, al que se podía conocer y por lo tanto aniquilar; el mundo gime bajo la opresión de “la compañía por acciones de la sociedad anónima”, monstruo de mil cabezas con el que es imposible combatir y que se oculta y desvanece cuando alguien intenta exigirle responsabilidades.

Toda la industria grande y los medios de co­municación del mundo están en manos de ese poder anónimo de las grandes compañías, cuya personalidad es casi para él divina, pues permane­ce oculta y en el misterio haciendo, sin embargo, sentir sus efectos.

Para ellas lo único importante es el negocio. Los ferrocarriles deslizan su material defectuoso por vías que se construyeron hace cincuenta años, y apenas si se repararon después; en las minas no hay otro deseo que adelantar mucho a lo largo de los filones, sin asegurar las galerías, aunque que­den enterrados en ellas los obreros; los cables eléctricos se tienden en las calles populosas, por­que esto es más barato que enterrarlos, y la muer­te fulminante y carbonizados circula junto a los balcones y sobre las cabezas de los transeúntes. Por donde sólo pueden tramitar dos trenes sin pe­ligro, se hacen correr diez o doce si hay público para ello: lo importante es que suban las acciones y aumenten los dividendos, pues el santo dinero, señor del mundo, y los sagrados pedazos de papel que representan valores, tienen más importancia que la existencia humana. El dinero cuesta de conquistar, mientras que la vida, siempre fecunda, crea gratuitamente nuevos seres que ocupen el hueco de las víctimas, y el tiempo se encarga de enjugar las lágrimas de los que sobreviven.

Este desprecio al semejante es el que hace prescindir de toda medida de precaución. Si una empresa que necesita mil empleados puede salir del paso con doscientos, limita su servicio a estos, sin miedo a la catástrofe. Importa mucho hacer economías para que aumente el interés de las ac­ciones en unos cuantos céntimos. Y si sobreviene la desgracia, se echa la culpa a la fatalidad, al em­pleado que no come ni duerme para ganar dos pesetas; a cualquiera, menos a la empresa que ex­plota el negocio, a los grandes capitalistas que sa­can el producto de ferrocarriles. y minas sin haber­los visto nunca de cerca, y solo por medio de los ingenieros se comunican con la materia explotada, desoyendo los consejos de prudencia y previsión, si es que han de ocasionar el más pequeño de­sembolso.

Ese feudalismo moderno —nacida a la sombra del Progreso, como crecen los hongos en el tronco del árbol benéfico, o como nació el Papado dominador de la pura savia del cristianismo— no teme responsabilidades, pues conoce su omnipo­tencia. Es el dueño del mundo, y lo mismo domina monarquías que Repúblicas. ¿Qué gobierno no se inclina ante los reyes del dinero, que son los que pueden sacarle de apuros en momentos difíciles?

[…]

La risa despreciativa del antiguo barón, seguro de su poder entre altas murallas, es la misma risa de los grandes capitalistas modernos que desde París o Londres dirigen los negocios continentales, teniendo en cada nación unos cuantos represen­tantes asalariados, que a temporadas se sientan en el banco de los ministros.

-¿De qué se queja la gente menuda? —pre­guntan asombrados.

-¿No les proporcionamos con nuestro dinero los adelantos del siglo? Estas catástrofes son ine­vitables consecuencias del Progreso; hay que su­frir las desventajas de la civilización a cambio de sus grandes beneficios.

¡Mentira! Estas catástrofes son la obra del ca­pitalismo egoísta. No hay que hacer responsable de ella al Progreso, sino a la rapacidad de los hombres. Cuando el Progreso no esté monopoli­zado por una agrupación de hombres que consti­tuyen la omnipotente masonería del dinero, cuando realice sus obras para bien de la humanidad y no por la ganancia, serán posibles las catástrofes que dependen únicamente de las fuerzas ciegas de la naturaleza, pero se evitarán para siempre esas otras que son obra exclusiva de la avaricia capitalista, del negocio duro y sin entrañas.

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