Siempre me han intrigado los calendarios. De pequeña no podía entender por qué unos meses tenían treinta días y otros treinta y uno. Y qué decir de esos febreros anémicos que engordaban misteriosamente cada cuatro años. El viejo truco de los nudillos para calcular cuántos días tiene el mes solo vino a ser un parche que moderó durante algún tiempo mi curiosidad. Pero un día caí, como Obélix en la marmita, en la entrada ‘calendario’ de la Enciclopedia Larousse que adornaba los anaqueles del despacho de mis padres. Y aquello fue mi perdición.

Descubrí que agosto honraba a Augustus, y julio al que llegó, vio y venció. Descubrí que los años bisiestos se llamaban bisiestos porque en la antigua Roma se repetía el sexto día antes de las calendas de marzo (el primer día del mes): bis sexto calendas martias. Descubrí que nuestro calendario se lo debíamos al papa Gregorio XIII, quien al más puro estilo inquisitorial quemó de golpe diez días del calendario, allá en el siglo XVI. Descubrí por qué la gente tenía dudas respecto a si el año 2000 sería bisiesto o no. Descubrí que Rusia no adoptó el calendario gregoriano hasta un año después de la Revolución, y me entró entonces la duda de si fue el 29 de enero ruso o gregoriano el día de 1860 en que nació en Taganrog (actual Ucrania) Antón Pavlovich Chéjov. Descubrí, en definitiva, que el díscolo año solar nos había hecho una jugarreta y que la Tierra tardaba en cortejar al Sol 365 días, 5 horas, 48 minutos, y 45,5 segundos, y que esas cinco horas y pico de retraso son las que han hecho ir de culo a los astrónomos desde los tiempos de Sosígenes, por lo menos. Y también descubrí que, tras la toma de la Bastilla, los osados jacobinos instauraron un calendario revolucionario que dividía el año en doce meses de treinta días cada uno, fragmentados a su vez en tres semanas (o décadas) de diez días, y proclamaron fiesta nacional los cinco días sueltos que de este modo quedaban a final de año.

Tal vez inflamada de aquel espíritu jacobino, desde entonces vengo tramando mi revolución secreta. Y es que toda revolución que se precie debe empezar atacando la fortaleza más inexpugnable de la condición humana: el Tiempo. Al principio me bastaron las eutrapelias patafísicas: festejaba el año nuevo el día del nacimiento de Alfred Jarry, celebraba cada cuatro años el Hunyadi de Carnaval en el mes de los Jetas (para poder cuadrar los años bisiestos) y hacía mi fiesta de cumpleaños el día de la Natividad del fauno San Estéfano (el día 24 del mes del Pedal). Pero desde que entré a formar parte del mundo laboral, estas bromas inocentes ya no me sirven de mucho. Porque en Francia habrán instaurado las treinta y cinco horas semanales, pero la auténtica revolución aún está por llegar: la semana de seis días.

Siempre me ha parecido injusto descansar solo dos días por semana y trabajar cinco (por mucho que algo hayamos ganado respecto a la proporción divina). Por eso propongo, desde esta palestra, hacer una pequeña modificación. Porque a ver, hagamos un cálculo pedestre (que al fin y al cabo también se equivocó Cayo Julio, y tampoco fue tan grave la cosa): mutatis mutandis un mes tiene cuatro semanas, lo cual quiere decir que descansamos aproximadamente ocho días (cuatro fines de semana) y trabajamos veinte. Pues bien, si reducimos la semana a seis días (de los cuales seguiremos descansando dos, pero trabajando solo cuatro), tendremos un mes de cinco semanas, durante el cual descansaremos diez días (cinco fines de semana) y seguiremos trabajando veinte (cuatro días a la semana durante cinco semanas). Resultado: trabajaremos los mismos días (veinte), pero descansaremos dos más (diez en lugar de ocho). Además, al final del año nos sobrarán todavía (como a los jacobinos) cinco días, que podremos dedicar a quitarnos la pelusa del ombligo, asombrarnos de las ventajas del nuevo calendario o poner al día algún improbable trabajo atrasado.

Así que, por favor, sindicatos y patronal: dejaos de hostias e incluid en la reforma laboral la semana de seis días. Que ya estamos hartos de que nos hagáis perder el tiempo.

Marta Polbín

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