La Antología o Libro de Quequén fue encontrado cerca del puerto argentino de ese nombre al sur del océano Atlántico. El volumen reúne una serie de relatos de ficción escritos en la segunda década del siglo XXI donde se narran hechos que imaginariamente habrían sucedido en los primeros años del siglo XXII. Los historiadores sostienen sin embargo que el libro fue redactado en el siglo XXII fingiendo haber sido compuesto cien años antes. El lenguaje obedece alas reglas del español hablado en el período de la gramática unificada, anterior a las grandes transformaciones lexicales y sintácticas de la alta era web. La crítica filológica lo considera un testimonio del momento en el que las escrituras literarias comenzaban a ser asediadas por los signos de admiración del blog, las biografías eufóricas del Facebook y los impulsivos mensajes del Twitter. Esas lejanas tecnologías —que aspiraban a la información, a la intimidad automática y al tedio— pusieron  en cuestión la noción de autoría y de calma. Los textos del volumen, más que relatos utópicos o apocalípticos, son ficciones defensivas, definidas por la soledad y la fuga; buscan producir un sujeto fuera de control, que aspira a la invisibilidad. El Libro de Quequén es un objeto rectangular, manuable, de peso liviano, con hojas numeradas que se abren y se cierran como las alas de una mariposa, especialmente hecho para darle al lector sentado junto a su lámpara la impresión de un dispositivo íntimo y personal. Las páginas delimitan claramente el comienzo y el final del volumen; sus caracteres son estables, es decir, no pueden ser modificados o intervenidos aunque permiten subrayados, tachaduras y notas al margen; no tienen fotos ni imágenes en movimiento, no tienen música, no tienen voces ni risas mecánicas, ni engarces Xul ni conectores Quain. El libro es un objeto único, liviano y silencioso. El prólogo fue el texto más afectado por la permanencia de la Antología en las aguas del mar. Solo ha sobrevivido una frase (Esta sociedad no hubiese inventado la literatura si no la hubiera encontrado ya hecha) y el nombre de su autor (del que no existen datos biográficos en los archivos). Según algunos eruditos, el desconocido podría ser el joven de largo piloto blanco que aparece en una foto —junto a los legendarios Dippi DiPaola, Enrique Vila-Matas y Juan Villoro— visitando, en una remota tarde lluviosa, la tumba de Rosa Chacel en Valladolid.

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Texto aparecido en el ABC Cultural, el sábado 4 de junio de 2011.

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