Dos puntos, dos estilos y dos Marx que ilustran los lugares por los que pasó en su trayectoria filosófica. De natura et historia. No se queden sin leerlo, y mucho menos sin pensarlo.

Ahora bien, es realmente fácil decirle al individuo ais­lado lo que ya Aristóteles dice: has sido engendrado por tu padre y tu madre, es decir, ha sido el coito de dos seres humanos, un acto genérico de los hombres, lo que en ti ha producido al hombre. Ves, pues, que incluso físicamente el hombre debe al hombre su existencia. Por esto no debes fi­jarte tan solo en un aspecto, el progreso infinito; y preguntar sucesivamente: ¿Quién engendró a mi padre? ¿Quién en­gendró a su abuelo?, etc. Debes fijarte también en el movi­miento circular, sensiblemente visible en aquel progreso, en el cual el hombre se repite a sí mismo en la procreación, es decir, el hombre se mantiene siempre como sujeto. Tú con­testarás, sin embargo: le concedo este movimiento circular, concédeme tú el progreso que me empuja cada vez más le­jos, hasta que pregunto, ¿quién ha engendrado el primer hombre y la naturaleza en general? Solo puedo responder: tu pregunta misma es un producto de la abstracción. Pre­gúntate cómo has llegado a esa pregunta: pregúntate si tu pregunta no proviene de un punto de vista al que no puedo responder porque es absurdo. Pregúntate si ese progreso existe como tal para un pensamiento racional. Cuando pre­guntas por la creación del hombre y de la naturaleza haces abstracción del hombre y de la naturaleza. Los supones como no existentes y quieres que te los pruebe como exis­tentes. Ahora te digo, prescinde de tu abstracción y así pres­cindirás de tu pregunta, o si quieres aferrarte a tu abstrac­ción, sé consecuente, y si aunque pensando al hombre y a la naturaleza como no existente [XI] piensas, piénsate a ti mis­mo como no existente, pues tú también eres naturaleza y hombre. No pienses, no me preguntes, pues en cuanto pien­sas ypreguntas pierde todo sentido tu abstracción del ser de la naturaleza y el hombre. ¿O eres tan egoísta que supones todo como nada y quieres ser sólo tú?

Karl Marx, Manuscritos de economía y filosofía, 1844

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 La burguesía, con su explotación del mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo.  Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común.  Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas.  Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.

Karl Marx, Manifiesto comunista, 1848

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