Todo lo que en materia de baños de natación hay en Madrid –lo tengo bien averiguado— son dos piscinas. Una de primera clase y otra de segunda. En aquella se paga 1,20 pesetas por cada baño; en esta, 70 céntimos. Pertenecen las dos a un establecimiento curiosamente motejado “El Niágara”. A la postre, el título resulta comprensible: por estos trigos, cualquier chorro, por más menguado que sea, sabe a catarata. A estos baños concurren los extranjeros residentes en Madrid y quizás, doy de barato, hasta algún madrileño.

Una tarde se encontraron en La Puerta del Sol Blanco-Fombona y Villaespesa.

—¡Hola! don Paco…

—¡Hola! don Rufino…

Se abrazaron. No se veían desde mucho tiempo atrás. Cambiaron recuerdos y se dijeron mutuos elogios.

—¿A dónde va usted? —dijo el poeta andaluz.

—Voy a “El Niágara” —respondió el poeta suramericano—. ¿Por qué no viene? Charlaremos…

—Bueno, vamos.

Y fueron. Ya en “El Niágara”, Fombona se desvistió, se puso un calzoncito –única prenda que allí se da— de dos cuartas, a modo de taparrabo, y se metió en el pozo. ¿Qué parecería el gran escritor, nadando en las aguas del Manzanares, con su carota ancha y al aire sus espaldas cuadradas y temibles?

De repente, Villaespesa silbó a Fombona, que le había olvidado, por darse chapuzones y volantines. Fue Fombona hasta el borde y Villaespesa le dijo:

—Oiga usted: ¿a que me baño?

—Claro, hombre; báñese.

Y Villaespesa solicitó un calzoncito, se desnudó, se engalanó con él y luego, poco a poco, fue metiéndose en la piscina, grada a grada y cuidando de agarrarse a las barras de fierro.

—Oiga, Rufino, no se salga. ¡Qué caray! Tengo miedo de ahogarme. Mire que es la primera vez que me baño. ¡Qué caray! ¡Hay que ser audaces!

Su compañero sí que casi se ahoga, al oír tamaña confesión. ¡Primera vez que el hombre se bañaba!

Vestidos, Villaespesa, acaso en pago de haberle sacado de tan grande curiosidad, invitó a almorzar a Fombona, y en el camino le iba diciendo, mientras movía los hombros y se rascaba el cuerpo, a través del traje:

—¡Caramba! Siento una cosa extraña, como que me faltase algo…

En su casa, lleno de orgullo, como quien vuelve de la guerra, Villaespesa contó la nueva a su familia. Y aquello fue la de Dios es Cristo.

—Pero, amigo Fombona, no ha debido usted consentir que se bañara Paco… ¡Mire que él no está preparado para esas cosas! ¡Nadie sabe lo que hora le irá a pasar! ¡Pero a quién se le ocurre! ¡Ay, Paco! ¿No te enfermarás?

El otro, es decir, el pecador: Blanco-Fombona, para no reventar, tuvo que largar la carcajada…

***

 

De España no existe (1921), por Alberto Hidalgo. Madrid-Frankfurt: Iberoamericana Vervuert, 2007 [ed. Carlos García].

 

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