Rafael Chirbes, consagrado novelista, extraordinario historiador y sobre todo incansable lector, acaba de publicar su último trabajo: Por cuenta propia. Leer y escribir, una recopilación de ensayos literarios escritos entre 2003 y 2009, algunos inéditos, otros ya publicados, en los que se encuentran las claves de su universo narrativo. Todos ellos van y vienen siempre entrelazados en torno a la otra gran disciplina que lo define: la Historia, algo más que un lugar común al que acudir para buscar materia novelable, un elemento fundamental de doble recorrido, de efecto boomerang dice él mismo, puesto que mirar al pasado «nos ayuda a descifrar los materiales con que se está construyendo el presente» (p. 17).

Sobre esta base, el conjunto de la obra reflexiona acerca de tres acciones fundamentales que participan en la composición de la novela: el acto de leer, el acto de escribir y el acto de editar. En cada uno de ellas se descubre a un Chirbes diferente: el lector, más objetivo, distante y disciplinado; el escritor, mucho más sincero, personal y a la vez dubitativo, con mayor número de planteamientos que conclusiones; y el desinteresado y totalmente despreocupado novelista por ser objeto de edición.

Acomodado en cada uno de estos asientos, emprende la ubicación de su propia obra en el panorama literario actual, siempre con la premisa del compromiso del autor y tomando la «novela como un ejercicio de indagación, de búsqueda de uno mismo entre las historias y razones de otros» (p. 27), una idea que esclarece por qué los dos primeros bloques del libro, también los más amplios, están dedicados al análisis de ciertas obras paradigmáticas anteriores y contemporáneas. El ejercicio de novelar, por tanto, consiste en tomar los materiales que otros dejaron en tiempos anteriores y trabajar con ellos: releer, reinventar, rehacer, retorcer y buscar nuevos caminos en los que sentirse identificados.

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La teoría que cimienta el concepto personal de memoria y la función que tiene tanto en un imaginario colectivo puntual como en la Historia, como la legitimidad del que la utiliza se encuentra en el análisis de la memoria como un elemento relacionado con el poder, que se contrapone con la consiguiente reivindicación de la búsqueda e investigación de una memoria alternativa, en la que no solo el foco de poder debe sentirse identificado. Este es el caso de España, donde se ha pasado de la desmemoria a la no ideología y al desinterés general que la deslegitima rebajándola a una simple táctica de marketing cuya clara finalidad reside en la recolección de votos. En estos días se han manipulado tanto los conceptos de memoria, república y guerra civil, que se han convertido en objetos de un discurso tan manido y vacío que ningún tipo de arte contemporáneo tiene un apego palpable no solo a aquella realidad, sino a la que actualmente vivimos, instalándose automáticamente en un mundo totalmente ajeno a nosotros, hasta el punto de que «una rebaba lo cubre todo para todo parezca lo mismo» (p. 267).

Estas reflexiones, que disparan la tensión de quien lo lee, vienen calmadas por el epílogo, dedicado al tercer elemento en la composición de la novela, el representante de la parte material del libro, es decir, al editor. Para una persona como Chirbes, a la que el valor mercantil de la literatura no le interesa, este texto solo puede entenderse como el último homenaje de una serie que empezó con La Celestina y que finaliza con el elemento motor que hace posible que la maquinaria del libro siga funcionando en este mercantilizado siglo XXI.

Sin embargo, el epílogo cierra un ciclo, pero no la obra. Chirbes ha reservado las dos últimas páginas para acabar su recopilación con un pequeño texto donde reside toda la esencia de este libro y, pienso, de su idiosincrasia narrativa: la voz de la palabra «trabajo» que Ville Gillet le pidió que redactara para su Léxique Nomade. En esto se resume la obra de Chirbes y esto es lo que la define, ya que después de leer cada uno de los ensayos que recoge esta recopilación, se llega a la conclusión de que en ellos se esconden horas y horas de lecturas, de humildes reflexiones, de investigación que, al contrario que otros ensayistas rebosantes de notas al pie y jactanciosos baños de erudión, resultan agradables y agradecidos desde el primero al último.

Por CFC, Voz y letra, XXI/1, 2010, pp. 133-135

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