Didi-Huberman es uno de los intelectuales franceses más interesantes de nuestro tiempo. No solo destaca por su tarea como crítico de arte y literatura, sino también como comisario de exposiciones. La última: en el Reina Sofía de Madrid. Se trata de una muestra que recorre todo el siglo XX y parte del XXI e intenta conformar un atlas de imágenes que exponen los vínculos secretos entre diversas artes y en diferentes tradiciones. Con sus palabras:

“La exposición Atlas no ha sido concebida para reunir maravillosas pinturas, sino para ayudar a comprender cómo trabajan algunos artistas –en relación con eventuales obras maestras— y cómo este trabajo puede considerarse desde el punto de vista de un método auténtico e, incluso, desde un conocimiento transversal, no estandarizado, de nuestro mundo. Aquí no verán las bellas acuarelas de Paul Klee, sino su modesto herbario y las ideas gráficas o teóricas que brotaron de él; no verán los modernos ‘cuadrados’ de Josef Albers, sino su álbum de fotografías realizado alrededor de la arquitectura precolombina…”

La muestra parte del famoso Atlas Mnemosyne, compuesto por Aby Warburg entre 1924 y 1929, que transformó el modo de comprender las imágenes. En su Atlas, Warburg quería reunir todos los objetos de su investigación en unos paneles móviles que montaba y desmontaba constantemente. Construyó una historia del arte a través de pequeñas reproducciones de las obras canónicas y de las que estaban fuera del canon.

Este es el punto de partida. Pero en relación a Warburg, aunque está presente en toda la exposición, solo veremos una fotografía enorme de sus paneles: su Atlas, en la entrada, nos da la bienvenida a este mundo de infinitos atlas posibles. Y de pronto nos encontramos frente al atlas personal de Didi-Huberman: hecho de pequeños trozos desechables. De todo aquello que no vemos porque ya estamos demasiado acostumbrados a verlo. Y me viene a la cabeza Benjamin (también presente en la exposición), su obsesión por la basura, los objetos inservibles, y de cómo esos objetos hablan de nuestra sociedad mejor que cualquier otra cosa. Lo que desechamos es lo que nos muestra cómo somos. En esa misma línea también la parte desconocida de autores canónicos nos muestra lo que en realidad ellos eran, todo lo que rodeaba su taller de creación; lo que llamamos “obras menores”. Por ejemplo el atlas de Rimbaud, del que cortaba pedazos con tijeras; o la mínima y exquisita selección de grabados de Goya; el libro enyesado de Marcel Broodthaers; un grabado cualquiera de Durero; las obsesivas postales de On Kawara… Al fin y al cabo, no hay nada más aleatorio que la disposición de los atlas.

“Hacer un atlas es reconfigurar el espacio, redistribuirlo, desorientarlo en suma: dislocarlo allí donde pensábamos que era continuo, reunirlo allí donde suponíamos que había fronteras.” Diferentes formas de representar el espacio, de ver y recorrer el mundo según puntos de vista heterogéneos.

Se lo ruego: no se pierdan esta exposición, hasta el 28 de marzo en el museo Reina Sofía de Madrid. Y si tienen tiempo, no dejen de revisar el catálogo: con reproducciones de la exposición, con un maravilloso texto de Didi-H. y con paneles plegables de su auténtico y personal atlas. Si tienen dinero, claro, cómprenlo.

imagen: uno de los paneles de Atlas, Aby Warburg
texto: v.e., reformulando a Didi-Huberman

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