Al llegar a la calle de la Goutte-d’Or encontró la casa completamente conmocionada. Las operarias habían salido de la tienda y estaban en el patio, mirando hacia arriba. Preguntó a Clémence.

-El tío Bijard le está zurrando la badana a su mujer —contestó la operaria. Estaba en el portal, borracho como una cuba, esperando a que volviera del lavadero… La hizo subir por la escalera a puñetazo limpio y ahora la está moliendo a palos allá arriba, en su habitación… ¿Oye los gritos?

Gervaise se apresuró a subir. Sentía aprecio por la se­ñora Bijard, su lavandera, una mujer que valía mucho. Esperaba poner fin a aquello. Arriba, en el sexto, la puerta de la habitación se había quedado abierta. Unos inquilinos en el rellano, protestaban, indignados, mientras la señora Boche, delante de la puerta, gritaba:

-¡Quiere acabar de una vez!… ¡Mire que iremos a avisar a los guardias!

Nadie se atrevía a entrar en la habitación, porque co­nocían a Bijard, un bestia cuando estaba borracho. Y eran pocas las veces que estaba sobrio. Los contados días que iba a trabajar, colocaba al lado de su torno de cerrajero una botella de aguardiente, atizándose un trago a cada rato. Era su único sustento; habría prendido fuego como una antorcha si hubieran acercado a su boca una cerilla.

-¡Pero no pueden dejar que la maten! —dijo Gervaise temblorosa.

Y entró. La habitación, abuhardillada, muy limpia, estaba desnuda y fría, vaciada por la embriaguez del marido que se llevaba hasta las sábanas para bebérselas. Con la pelea, la mesa había rodado hasta la ventana y las dos sillas habían caído patas arriba. Sobre las baldosas, en medio de la habi­tación, la señora Bijard, con la falda empapada por el agua del lavadero y pegada a los muslos, con los cabellos arran­cados, sangrando, respiraba fuertemente, lanzando ayes de dolor, cada vez que Bijard le lanzaba un puntapié. Pri­mero, la había abatido a puñetazos; ahora, la pisoteaba.

-¡Perra!… ¡perra!… ¡perra! —gruñía con voz sofocada, acompañando con esta palabra cada golpe, enloqueciendo al repetirla, golpeando más fuerte a medida que se iba ahogando.

Cuando se quedó sin voz, siguió golpeando sorda, loca­mente, erguido dentro de su blusa y de sus pantalones andrajosos; tenía la cara amoratada bajo su sucia barba y la frente lisa cubierta de grandes placas rojas. En el descan­sillo, los vecinos decían que le pegaba porque por la ma­ñana no había querido darle un franco. Se oyó la voz de Boche al fondo de la escalera. Llamaba a la señora Boche, gritándole:

-¡Baja! ¡Déjales que se maten! ¡Así habrá menos chusma!

Mientras tanto, el tío Bru había seguido a Gervaise hasta dentro de la habitación. Entre los dos intentaron sosegar al cerrajero y empujarlo hacia la puerta. Pero este se resistía, mudo, con espumarajos en los labios; y, en sus pálidos ojos, el alcohol encendía una llama asesina. La planchadora quedó con la muñeca magullada; el viejo obre­ro fue a caer sobre la mesa. En el suelo, la señora Bijard respiraba con más fuerza, con la boca muy abierta y los párpados cerrados. Ahora, Bijard no acertaba; volvía, se ensañaba y daba en el aire, encolerizado y cegado, alcan­zándole a él mismo los golpes que lanzaba al vacío. Y durante toda esta carnicería, Gervaise veía en un rincón de la habitación a la pequeña Lalie, una niña de cuatro años que observaba a su padre mientras mataba a palos a su madre. La niña tenía en sus brazos, como para protegerla, a su hermana Henriette, que hacía poco que la habían destetado. Estaba de pie, con la cabeza cubierta con una toca de indiana, muy pálida y seria. Tenía una mirada profun­da y sombría, de una fijeza repleta de pensamientos, sin una lágrima.

Al tropezar Bijard con una silla y caerse al suelo, donde se quedó roncando, el tío Bru ayudó a Gervaise a levantar a la señora Bijard. Ahora prorrumpió en grandes sollozos; y Lalie, que se había acercado, miraba cómo lloraba, acostumbrada y resignada ya a estas cosas. La planchadora, mientras bajaba por la casa a la que había vuelto la calma, seguía viendo delante de ella aquella mirada de la niña de cuatro años, grave y animosa como una mirada de mujer.

-El señor Coupeau está en la acera de enfrente —le gritó Clémence, tan pronto la vio. ¡Parece que viene hecho un cuero!

Coupeau cruzaba la calle en aquel momento. A punto estuvo de romper con el hombro el cristal, al no dar con la puerta: apretaba los dientes y arrugaba la nariz; estaba como una cuba. Y Gervaise se dio cuenta en seguida del aguardiente de L’Assommoir que le envenenaba la sangre y le hacía palidecer la piel. Quiso reír y meterlo en la cama, como solía hacer cuando estaba alegre de vino. Pero él la empujó, sin separar los labios; y, al pasar, llegando por su cuenta a la cama, levantó el puño contra ella. Se parecía al otro, al borracho que roncaba arriba harto de repartir palo. En ese momento se quedó lívida, pensando en los hombres, en su marido, en Goujet y en Lantier, con el corazón encogido, perdiendo la esperanza de llegar alguna vez a ser feliz.

 

Émile Zola, La taberna, Madrid: Cátedra, 2008, pp. 252-253

 

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