5.

Érase una vez un poeta tan enamorado del espacio de su habitación que se pasaba el día entero sentado en su sillón y empollaba las paredes que tenía ante sus ojos. Retiró los cuadros de aquellas paredes para que ningún objeto lo distrajese o lo indujese a contemplar algo que no fuera una pequeña pared, manchada y poco amable. No puede decirse que estudiara adrede aquel espacio, sino que -preciso es confesarlo- yacía, con la mente en blanco, en los lazos de un insondable ensueño, en el que su estado de ánimo no era alegre ni triste, ni jovial ni melancólico, sino tan frío e indiferente como el de un loco. Pasó en aquel estado tres meses, y el día en que empezaba el cuarto, ya no pudo levantarse de su asiento. Estaba pegado a él. Esto es algo extraño y hay cierta inverosimilitud en la promesa del narrador, quien asegura que a continuación vendrá algo todavía más extraño. Pues resulta que, en aquellos días, un amigo de nuestro poeta fue a buscarlo a su habitación y, al entrar en ella, cayó en la misma ensoñación ridícula o melancólica de la que el otro era presa. Tiempo después le ocurrió la misma desventura a un tercer poeta o novelista que llegó a interesarse por su amigo, y así fueron cayendo uno tras otro seis poetas que vinieron a preguntar por su amigo. Y ahora están los siete en ese pequeño espacio oscuro, lóbrego, frío, poco amable y vacío, y fuera está nevando. Están pegados a sus asientos y nunca más harán, sin duda, un estudio de la naturaleza. Sentados, miran fijamente ante ellos, y la amable carcajada que premia esta historia no consigue liberarlos de su triste encantamiento. ¡Buenas noches!

 

6. EL LUGAR BONITO

Aunque dude de su verosimilitud, la historia me divirtió muchísimo cuando me la contaron y aquí la ofrezco ahora como mejor puedo, con la única condición, eso sí, de que no me interrumpan hasta el final con ningún bostezo. Había una vez dos poetas, uno de los cuales se llamaba Emanuel y era un joven muy nervioso y sensible. El otro, de naturaleza más cerril, llamábase Hans. Emanuel había descubierto, en el bosque, un rincón a salvo de todo el mundo en el que solía hacer poesías muy a gusto. Con este fin escribía versitos juiciosos y sin importancia en una libreta que heredara de su abuelo, y parecía muy contento con esta ocupación. Y, en verdad, ¿por qué no habría de estarlo? El lugar en el bosque era tan silencioso y agradable, el cielo encima de él tan azul y sereno, las nubes tan amenas, los árboles de la orilla opuesta tan variados y de tan exquisito colorido, el prado tan suave y el arroyo que regaba aquel prado solitario tan refrescante que el señor Emanuel hubiera tenido que estar loco para sentir algo que no fuera dicha. Viéndolo poetizar candorosamente desde lo alto, el cielo sonreía sobre él tan azul y bello como lo hacía sobre los árboles del bosque; y la paz de aquel idilio parecía tan indestructible que la perturbación que se producirá de aquí a un instante, como rayo caído del cielo sereno, habrá de parecer bastante increíble. Pero el asunto es el siguiente: ya os he nombrado a Hans. Impelido por el azar, este segundo poeta deambulaba una vez por el bosque, cerca de aquel lugar solitario, cuando descubrió el rincón y a su ocupante, el hermano Emanuel. Al instante, y aunque jamás se hubieran visto antes, reconoció Hans al poeta en Emanuel, tal como un pájaro reconoce a otro enseguida. Se le acercó deslizándose por detrás y, para abreviar, diré que le asestó un golpe tan fuerte en la mejilla que el otro lanzó un grito y, sin volverse a ver quién lo había tratado así, puso pies en polvorosa tan rápido que se perdió de vista en un instante. ¡Hans había triunfado! Podía esperar haber ahuyentado para siempre a su rival de aquel bello y productivo lugar, y al punto se puso a meditar sobre la forma más eficaz de recrear la amenidad de ese solitario paraje del bosque. También él llevaba una libreta repleta de versos, malos y buenos, que esperaba publicar poco después. Sacó, pues, la libreta y se puso a garrapatear en ella mil y una tonterías, como suelen hacer los poetas para colocarse en el estado anímico adecuado. Pero parecía tener grandes dificultades para comprimir en tiernas sílabas la suave y plácida belleza del paisaje recién conquistado, y hacerlo de modo que aún pudiera asomar en ellas un atisbo de vida. Y mientras estaba en esas, torturándose de aquella forma, una nueva aflicción le surgió por delante o por detrás, y era tal que también le echó a perder el paraíso que, como un perro gruñón, él le había arrebatado al otro. Entró entonces en escena una tercera persona en al figura de una poetisa. Hans, que alzó la vista asustado por el ruido, la reconoció enseguida como tal y no perdió un solo minuto en galanterías, sino que desapareció al instante como su predecesor. Aquí se interrumpe el hermoso relato, y yo comprendo y apruebo perfectamente su impotencia, pues, al igual que él, sería incapaz de proseguir ahora que cualquier prosecución conduciría necesariamente al abismo de la infructuosidad. Pues, ¿no sería infructuoso seguir canturreando el comportamiento de la poetisa tras haber celebrado ya a dos poetas? Me conformo con informar que la primera no encontró nada bello en la belleza del paraje del bosque y nada singular en su singularidad, y desapareció tan silenciosamente como había aparecido. ¡Que el diablo se haga poeta!

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Con estas dos historias breves terminamos el ciclo de Walser. Pueden leer aquí la primera parte, y aquí la segunda parte.

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