Para Lady C. Por hoy

La primera vez que cocinas un plato es una experiencia única —bueno, en realidad no muy diferente a otras primeras veces— que puede seguir, por ejemplo, este proceso:

1. La angustia de decidirte a hacerlo, fase que te puede llevar días y hasta semanas, con pensamientos como “me gustaría probar…”, “un día tengo que hacer…”, “a ver si me atrevo a…”, etc. Y constantemente te escaqueas porque te autoconvences con dolor de que ningún momento es adecuado para intentarlo, a pesar de que todos los días comas y cenes (a veces incluso recenes). Pero en cierto momento llega la ocasión –ahí viene y no te escapas- y sabes que no hay marcha atrás: ha llegado el día D. Te sientes fuerte.
2. El día D, y cuando digo día, me refiero a 24 horas, que es lo que va a durar la siguiente fase de la experiencia. ¿Por qué? Admitámoslo: la inseguridad te obliga a estar con el modus operandi en la cabeza desde que te despiertas hasta que te lo comes, lo que te lleva a un estado de ansiedad morbosa mediante el cual solo deseas ir completando las distintas fases de este subproceso:

a) Comprar los ingredientes: haces la lista de la compra con la eterna sensación de que te falta algo, sensación que te acompaña incluso cuando estás comprando. En ocasiones hasta te quedas mirando perdido mientras el que te atiende te pregunta: “¿qué más le pongo?” Y entonces dejas de atormentarte y piensas que si se te olvida algo ya lo suplirás con otro ingrediente, prescindirás de él o, in extremis, asumirás la clavada del chino.
b) El momento de empezar: sacas los ingredientes y los utensilios que, a priori, crees que vas a necesitar (luego siempre hay sorpresas de última hora), empezando por los cuchillos: en mi familia somos de cuchillo grande, pero irremediablemente hay que combinarlo con la puntilla para manejarse mejor. Coges la receta, la lees, la lees, la lees… y a la tercera o la cuarta te sientes preparado.
c) Comienza el baile: cortar, lavar, limpiar, separar en platos aun sabiendo que odiarás lavarlos después. Llegan las especias: sal, pimienta, curry, orégano, tomillo, clavo… lo que le toque a tu plato, el sabor que tú controles, la mezcla que más te apetezca. Total, nadie sigue las instrucciones al pie de la letra. Acabas de perder el miedo; entra a funcionar la medida más vieja: el ojímetro. De ahí a la plancha, a la olla, a la sartén, al horno en distintas combinaciones temporales que en algún momento se vuelven simultaneas, para mayor emoción: estás en el clímax de la preparación.
d) Clímax: este es el momento más intenso de todo el proceso, sin duda. En este punto confluyen lo que se hierve, fríe u hornea, lo que se escurre, se lava, se añade, se remueve y todas las acciones que a uno se le puedan ocurrir entre las cuales puede estar perfectamente tropezarse, cortarse o encender el fuego que no es… No importa. Del atolladero siempre se sale.
e) El reposo: ya está, ya está. Todo bajo control. Ahora solo tienes que mirar y vigilar que se cumplan los tiempos establecidos. Puedes descansar y beberte media botella de vino, si quieres, pero eso sí, sin moverte ni un segundo de su lado, porque ten claro que como parpadees dos veces o te escapes de los fogones, el plato te lo tendrá en cuenta y se quemará, pasará, recocerá, querrá salir de las ollas… Tiene muchos métodos para machacarte tu trabajo. El plato sabe cómo estropearte el día, pero si lo cuidas como merece, al final te respetará y crecerá hasta el final del proceso, ya lejos de los fuegos.
f) Al plato: emplatar, un verbo muy feo y que no viene ni en la RAE, es lo que toca ahora. En él reside la gran paradoja de esta fase final porque contiene en sí mismo la carga estética de todo lo que acabas de cocinar. Si emplatas y presentas con elegancia lo que sea, el que se lo coma va a disfrutar solo con que se lo pongas delante. Secreto: no hay nada que no puedan arreglar los cortapastas.

3. El ataque, la recompensa. Ya puedes quitarte el delantal, el gorro, los guantes o, simplemente, coger tu plato y atacarlo. Se acabaron los nervios, el miedo, la inseguridad y todas las sensaciones por las que has pasado en fases anteriores; por fin ha llegado la felicidad. Y no solo la que te produce comerte lo que acabas de cocinar con tanto esfuerzo (recuerda: hablamos de un proceso de días) sino la que deja ver cómo los demás disfrutan con tu trabajo.

Esto ocurre también cuando escribes, pintas, tocas, actúas… Es una de las ventajas del arte y una de las ventajas de ser artista. Valóralo y valórate; quizá así se pueda empezar a proyectar el mundo desde otros ángulos ahora imposibles.

LittleSister

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