La última noche musical de tres seguidas (aquí la primera y aquí la segunda) se ha convertido en una triada demasiado esparcida en la escritura (so sorry). La pasé en Trocadero, teatro bien lindo que lleva abierto desde 1870. Primero fue la Opera House, después hubo vaudeville (¿vodevil?) y más tarde empezaron a llamarlo The Troc y lo convirtieron en un centro cultural de artes escénicas. Desde los 80, el teatro se usa como sala de conciertos y allí mismo vi un viernes de noviembre a Os Mutantes. Al menos en el plano de las cronologías y las semejanzas es como haber visto a los Beatles. Os Mutantes eran tres brasileños, dos muchachos y Rita Lee, todos rondaban los veinte años cuando empezaron a hacer una música influida por los Beatles pero con mucho de psicodelia tropical. Duraron juntos seis años, en el 72 Rita decidió abandonar y continuar en solitario, y Os Mutantes siguieron su camino. De aquellos primeros años quedan temazos como BabyA minha menina


Ahora están de gira por la costa Este acompañando a Ariel Pink, que por cierto y para evitar confusiones pueden ser tanto estos como estos.

Os Mutantes no tuvieron éxito, digamos masivo, en su momento, pero son sin duda uno de esos grupos de culto que un día alguien te da a conocer y tú le estás agradecido a ese alguien por el gesto. Verlos reunidos para una gira cuando todos pasan de los 60, puede ser maravilloso o tristísimo, y algo hubo de los dos.

De algún modo esos primeros años con Rita Lee alimentarían el resto de sus existencias (dudo que también sus bolsillos), sus hits son de entonces y en eso consistió el concierto, un hit detrás de otro, bien. Lo que no estaba tan bien era la trasunta de Rita 40 años después, una mujer rubia vestida con la chaqueta de un smoking llamado tuxedo, con el acento en una aparente e que es i cuando suena. Su aspecto y sus movimientos me trajeron al escenario a Teresa Rabal, la del circo, sí, y mi relación con el concierto se volvió complicada durante un rato. Teresas aparte, Os Mutantes lo dieron todo y hasta tuvieron que cortarles el sonido para que pararan, qué sutiles los técnicos. Ariel Pink tocó primero, sin ellos tal vez los brasileros no podrían estar de gira por aquí arriba, sobre todo si nos fijamos en la cantidad de público que convocó cada banda.

La triada musical termina con el relato de lo que dictó el rumbo de la noche: la sala Trocadero y sus normas del ridículo, anotaré sólo dos.

PROHIBIDO BEBER ALCOHOL FUERA DE LA ZONA ACORDONADA, enseñas tu DNI o similar a una chica que lo ausculta afanosa y pasas al lateral izquierdo, una zona que semirrodea la pista central y donde hay una barra, de allí no sales con un vaso, y que no se te ocurra apoyarte en la barandilla que separa abstemios y beodos con alcohol en la mano. Supongo que sólo lo hacen porque aman las metáforas, traspasas la línea imaginaria que te separa de los que no toman porque no quieren o porque no tienen la edad para hacerlo ahí adentro, si te apoyas y el vaso pende desde tu mano sobre el otro lado, te estás pasando de listo, no vengas a invadir el campo de los no bebedores con tu cerveza en vaso de plástico.

PROHIBIDO FUMAR, claro, pero también PROHIBIDO ALEJARSE DE LA PUERTA PARA FUMAR, QUEDARSE EN UN ESPACIO VISIBLE A LOS OJOS DE LOS AMABLES SEGURATAS. Ni idea de cuál puede ser la motivación específica de esta norma. El objetivo general de los encargados de la sala en cuestión sería sin duda tocar los cojones y conseguir que un concierto parezca un campamento militar. Aún no encontré una explicación del todo convincente.

¿Hipótesis?

Olvido Rellanos

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