3. PIANO

No sé cómo se llama el muchacho que tiene la suerte de tomar clases de piano con una maestra tan bella y majestuosa. En este momento está estudiando ejercicios de velocidad en las teclas, guiado por las manos más bellas del mundo. Las manos de la dama se deslizan sobre el teclado como cisnes blancos por el agua oscura. Expresan ya con suma gracia algo que los labios dirán luego. El muchacho está envuelto en una distraída vagarosidad que la maestra parece no querer advertir. “Toque esto”; pero él lo toca indescriptiblemente mal. “Vuelva a tocarlo”; pero él lo toca incluso peor que antes. Pues nada, debe volver a tocarlo; pero lo toca mal. “Es usted un perezoso”. Aquél a quien dicen esto, rompe a llorar. Y la que se lo dice, sonríe. Tiene la cabeza apoyada en el piano, el que debe oír estas palabras. Y ella le acaricia los suaves cabellos castaños, la que ha debido decírselas. Y el muchacho, que bajo las caricias despierta de su vergüenza, besa entonces la tierna mano, blanca y muy distinguida. Y la dama le rodea el cuello con sus espléndidos brazos que, suavísimos, son las tenazas adecuadas para un abrazo. Y ella se deja besar y los labios del querido muchacho sucumben a un beso de la amable dama. Y las rodillas del besado no encuentran nada más urgente que hacer que derrumbarse como briznas de hierba rendidas, y los brazos del arrodillado nada más sencillo que abrazar, a su vez, las rodillas de la dama. También éstas tambaleanse y los dos, la bondadosa y bella señora y el jovenzuelo pobre y sencillo, son ahora un solo abrazo, un beso, un derrumbarse, una lágrima… y, lo que es más: una inesperada y terrible sorpresa para alguien que en aquel momento abre la puerta de la habitación, poniendo fin tanto a la dulzura del olvidadizo amor de ambos, como al relato del mismo.

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4.

AHORA RECUERDO que una vez vivía un poeta pobre, muy agobiado por sus estados de ánimo, que, habiendo contemplado a sus anchas la naturaleza libre y divina, tomó la decisión de dejar poetizar solo a su fantasía. Estaba sentado una tarde, un mediodía o una mañana, a las ocho, a las doce o a las dos, en el oscuro espacio de su habitación, y decía a la pared de la misma: “Pared, te tengo en mi cabeza. No te empeñes en engañarme con tu fisonomía extraña y tranquila. A partir de ahora serás prisionera de mi fantasía”. Luego dijo lo mismo a las ventanas y a la lóbrega vista que estas le ofrecían día a día. Tras lo cual, espoleado por su sed de aventuras, emprendió una excursión que lo llevó por campos, bosques, prados, aldeas y ciudades, sobre ríos y lagos, siempre bajo el cielo hermoso. Pero a los campos, prados, caminos, bosques, aldeas, ciudades y ríos no dejaba de decirles: “Muchachos, os tengo firmemente anclados en mi cráneo. No sigáis creyendo que me impresionáis”. Luego volvió a casa y empezó a decir para sí solo, riéndose: “Los tengo a todos en la cabeza, a todos”. Cabe, pues, suponer que aún los tiene allí dentro, de donde (¡cómo me gustaría ayudarlos!) no saldrán nunca más. ¿No es esta una historia rebosante de fantasía?

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