En 1559 Pedro de Ursúa fue nombrado jefe de la expedición que se dirigiría hacia los reinos míticos de Omagua y el Dorado. Por esos años, sin embargo, el impulso conquistador, la esperanza de encontrar tierras e imperios ricos como el azteca o el inca iba disminuyendo. El agotamiento de estos objetivos, la acumulación de injusticias por parte de las elites gobernantes y las consecuencias económicas del fracaso de algunas expediciones fueron algunas de las causas que desembocarían en la rebelión que afectó a Ursúa.

El vasco Lope de Aguirre viajó con esa expedición comandada por Pedro de Ursúa. Su descenso por el río Marañón, afluente del Amazonas, comenzó en septiembre de 1560. Bastó un año para que se formara el mito, pues ya en octubre de 1561 Lope de Aguirre fue apresado, ejecutado y descuartizado por las tropas reales. ¿Sus delitos? Varios.

Asesinó al jefe de la expedición, nombrando príncipe del Perú a Hernando de Guzmán, mera marioneta a quien asesinaría poco después. Lope de Aguirre se nombró a sí mismo caudillo de los Marañones y jefe de la expedición, y ordenó la muerte de más de un centenar de compañeros de viaje. Lope de Aguirre, el Loco. El Peregrino, como se llamaba a sí mismo. El Tirano. Proclamó la independencia del reino del Perú respecto de la corona española.

Esta expedición no fue la única que no logró sus objetivos, ni la única en que los participantes se rebelaron contra los capitanes. Sin embargo, ningún otro viaje despertó el interés de la población colonial como aquel. Porque en esta expedición fracasada y en las acciones de Lope de Aguirre se expresaban, inquietantes e intensificadas hasta el absurdo, las contradicciones internas de la realidad colonial y sus conflictos más profundos.

En todos los testimonios que existen sobre esta expedición, Lope de Aguirre aparece siempre como el loco, el transgresor, siempre ajeno a las conexiones que sin duda hubo entre su figura y el contexto histórico-social en el que se formó. Los testimonios de la época necesitan vaciar de contenido esa rebelión, despojar de sentido la propia identidad de su protagonista. Un hidalgo, un soldado, buscador de quimeras, conquistador: se trata de una figura plenamente anclada a los albores del Barroco. El discurso de Lope de Aguirre se forma como un acto de auto-afirmación frente al poder, como un sentimiento de angustia permanente, arraigado en la percepción atormentada de su propia marginalidad.

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Recomendamos la lectura del artículo de Beatriz Pastor “Lope de Aguirre el loco: la voz de la soledad”, en la Revista de crítica literaria latinoamericana, año 14, núm. 28 (1988), 159-173.
Y por supuesto la película de W. Herzog, Aguirre, la cólera de Dios (1973).

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