En el hígado de nuestra decrépita Europa, a medio camino entre la beata Cracovia y la invadida Praga, se halla Wroclaw. No sabría calificar a esta ciudad por su belleza, ni por su autenticidad. Quizá no sea la más bonita, ni su plaza medieval de cuento la menos reconstruida. Pero sí se tiene la sensación de que es una ciudad distinta. Allí, en la Rynek, o plaza del mercado, mientras los nativos se sientan al atardecer en largas mesas a beber cerveza de forma compulsiva, a pocos metros, y desde su propia casa, un artista pendenciero te ofrece clavos, martillo y madera para crucificar a un Cristo de piedra. Do it yourself, dice para que lo entiendan casi todos. Y fíjense que nadie se escandaliza, ni tira huevos contra su fachada… Me da a mí que estos polacos deben de ser católicos de boquilla solamente. Algo más al norte, rompiendo la monotonía rancia de la arquitectura soviética circundante, una gran libélula lo observa todo desde la portada de un edificio modernista. Dos calles a la diestra, el gato Dante regenta una librería. Parece muy leído, pero si le preguntas por algún título, te indica con un gesto que lo busques tú mismo.

Va cayendo el sol y grupos de veinteañeros se dirigen al río. No hace falta cruzarlo, solo meterse en él, o para ser exactos en su laberinto de islas, para descubrir en una de ellas un macrobotellón que de momento parece pulcro y civilizado. Hay infiernillos y viandas típicamente centroeuropeas para acompañar la bebida. El marco es de ensueño; el paseo por las islas, inolvidable.

Antes de volver a tierra continental, las almas pecadoras pueden redimirse visitando la capilla de los sordomudos de la iglesia de Santa María de la Arena. Como su advocación indica, lo que allí tiene montado un anciano sacerdote no es para contarlo, es para verlo. Los adjetivos no le hacen justicia y no hay sustantivo que lo pueda definir. Vayan y compruébenlo. Y no se olviden de llevar un huevo kinder. De regreso al centro, un ejército de enanos en el que no habíamos reparado se hace visible en cada esquina. No cabe la discriminación en sus filas: dormilones, lisiados, enamorados, viajeros… Uno hace guardia, aburrido, en la puerta de entrada a su pequeño inframundo. La duda es si quiere impedir que nosotros entremos o que ellos salgan. Quizá los que algún día salieron para mezclarse con humanos quedaron petrificados por la náusea.

 

Fiz de Cotovelo

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