CIELO ABAJO

El mar se ha abierto. Cortando las calles céntricas
de una ciudad que solo un extravío demasiado
enloquecedor permite aún llamar Santiago, los
buses incendiados arden entre los manifestantes y
las manchas de humo negro que la llovizna va
tragando. A las protestas de los estudiantes por el
alza de las micros le ha seguido el paro de los
empleados públicos lo que desencadena la huelga
general. Es abril de 1957. Con mi hermana
miramos por la ventana y nuestras manos se
aprietan tomándose. Afuera los gritos contra otro
nombre que también solo la demencia puede
pronunciar: Carlos Ibáñez, presidente de Chile,
chocan contra el muro de los soldados y los
grupos que se alejan tras las humaredas hasta ser
apenas unos puntos. Hasta ser los minúsculos
granos de un desierto que igual se aleja mientras
avanzamos por el paso que dejó el mar al abrirse.
Con mi hermana vamos cogidos de la mano y
nuestros uniformes de colegio se recortan como
dos pequeñísimos pañuelos verdes contra las
paredes de agua que nos flanquean espumeando.
Papá nos dice que no miremos para atrás, que si
miramos atrás veremos para siempre la misma
inconcebible ciudad donde él está muerto, la
misma locura donde dos niños miran aguardando.

***

AUSCHWITZ

Era una linda mañana de sol en Auschwitz y tú
me dijiste “no puedo creer que esté acá con el
chico de mis sueños, peñízcame para saber que
es verdad, sí hazlo, amor”.
Se veía el crematorio con su enorme chimenea y
te respondí “son nuestros últimos minutos” y tú
dijiste “es tan bello morir con quien se ama, oh
sí que lo es, amor”.
Más acá la estación tenía un aire funerario y en
informaciones me dijeron que podíamos pagar
la entrada con tarjeta de crédito.
Maldita economía –le dije a mi chica— estoy en
blanco.
El viento comenzó a encarnizarse con nuestras
cenizas y flotamos sobre una casa de ladrillos
rojos. Nacimos en América.

Cordilleras invisibles cubrían ahora el definitivo
amanecer.

***

CIUDADES EN FUGA

Él sabe que de amor no se muere. En el curso de
su vida él tuvo una espléndida ocasión de morir
de amor. Desde entonces, y hasta ese día, 17 de
junio del 2002, en que se citó por primera vez con
PW, arrastró dentro de él, con él, el vacío de un
hombre que vive en prórroga con una ocasión
única de decidir su destino. No es el hecho de
haber sufrido lo que marcó su vida, sino ese
fracaso: no murió de amor, no refrendó su amor
con la muerte, en esa casa de Ñuñoa, en ese país
con toque de queda.
Esto no se contradice con su actitud de ahora. Al
contrario, lo que él le cuenta a esa mujer es esa
ocasión en que, al mismo tiempo que la perdía, la
definió: no murió de amor, está allí. El relato que
le hace de esa ocasión perdida lo transporta
literalmente fuera de sí y lo lleva hacia esa mujer
nueva. Entregarse en cuerpo y alma, es eso. Él le
entrega entonces a PW, en este momento, ahora,
lo que de más caro tiene en el mundo, su propia
expresión actual, su supervivencia a la muerte de
su amor…
Desde hace un rato nevaba y la tapa del libro se
había blanqueado. Debajo aún podía leerse un
apellido, el nombre de unas flores: “Marguerite”,
el demencial nombre de una ciudad vuelta cenizas.

***

Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950) es un poeta chileno ya consagrado. Lleva más de 30 años publicando libros de poemas y participando en performances poéticas en lugares como Nueva York o el desierto de Atacama. Esta selección de textos está tomada del poemario Cuadernos de guerra, publicada por Amargord (Madrid) en 2009.

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