¿Convivencia o guetos? Esta y otras preguntas se plantean en Diversidad, un documental de Beatriz Carretero, rodado íntegramente en la ciudad de Nueva York y que presta oídos a su población inmigrante. Uno de sus grandes atractivos frente a otras cintas radica en su propósito de dejar hablar. Habitantes de Nueva York que toman la palabra y definen su identidad. Un abanico de voces que no necesariamente empastan ni mucho menos entonan al unísono un elogio de la gran ciudad. Declaraciones directas, espontáneas, sin presión, sin manipulación; personas de diferentes orígenes y estratos que dejan patente, cada cual desde su pequeño reducto en la vorágine, lo dulce y lo ácido de la gran manzana mordida, los pequeños gusanos que a veces la horadan.
Se cumple con el objetivo, la diversidad de personas y de opiniones consigue acompañarnos a lo largo de todo el metraje. Pero es cierto que la excepción finalmente surge, las diferentes experiencias se compactan y se funden sin preaviso en una sola palabra: soledad.

 

Es Héctor Francisco Castillo, dominicano, taxista, sabio cotidiano como todo gran sabio, quien nos da la clave:

“Sí te digo algo, y te lo digo de corazón, aquí lo que mata a la persona es la soledad, la depresión (…) Aquí mucha gente vive sin amor, vive con depresión. Tú ves que muchos mueren de… o sea, mueren solos.”

La soledad, elegida o no, es síntoma indiscutible de las grandes ciudades. En una sociedad en la que priman el trabajo y el ansia de superación, el desapego y la indiferencia son aún más acusados. Madrid ya hace tiempo que padece este individualismo. Más pequeños y más mediterráneos, tal vez el efecto se palie un poco en nuestro caso. Cabe entonces plantearnos, ¿debe servirnos Nueva York como ejemplo en cuanto a inmigración? Bien se sabe que las comparaciones son odiosas; Nueva York es para muchos una suerte de sueño americano “a la europea”, una versión menos salvaje, más receptiva, del imperio. Una urbe donde se hablan más de 170 lenguas, donde más del 36% de su población actual ha nacido en el extranjero. Preguntémonos si estos datos son realmente un indicativo de convivencia o si, por el contrario, estamos hablando de un montón de personas que comparten espacio, pero que son ajenas sin remedio unas a otras. Nueva York tal vez represente un modelo único de multiculturalidad; también puede que, como hito del capitalismo, allí todo el que consume sea aceptado y bienvenido, más allá de su religión o de su origen étnico. Mención aparte merecería entonces el que no consume —porque no posee. Al final, tal vez diría Héctor Francisco, pobres o ricos, todos morimos solos.

Esther Giménez

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