Hanna Arendt, seguro que otros muchos también, entiende por sentido común algo así como la combinación del espíritu humano con una ración de sabiduría que heredamos y que todos compartimos como seres civilizados que somos. Partiríamos de la presuposición de un mundo común donde cada cual encuentra su sitio. Logramos vivir (más o menos) juntos porque hacemos un reajuste entre los datos que captamos y los que captan los demás.

Se trata de un pacto que a veces es muy difícil de mantener, sobre todo cuando hay gente que se lo salta por todo lo alto, con confeti y champán a discreción. Y si bien no es el único criterio para valorar los actos humanos, me viene a la cabeza como único rasero de este pequeño (pero carísimo) accidente que voy a contar.

Un amigo y yo decidimos ser muy muy malos e infringir la ley. Qué provocación antisistema bebernos unas cervezas sentados en un banco casi camuflados por entero entre los arbustos. Todo iba bien, mi amigo como gringo consciente de los peligros pero temerario al fin por exponerse a ellos, miraba de vez en cuando a su alrededor y se ocupaba de acumular los vidrios vacíos junto a sus pies, para no llamar la atención, supongo. Cuando casi habíamos terminado la última, no quedaba más que un trago de hecho, aparece un policía en bicicleta. ¡Oh cielos, no, en bicicleta no, por favor, preferiría incluso los azares de una mujer uniformada! El agente del orden nos enchufa su linternita en los ojos y después alumbra el culo de cerveza. “You’re not supposed to drink in the street. Give me your ID”. El agente del orden tiene ganas de molestar pero no tantas como para preocuparse de averiguar (pensar is a short but big word) qué se supone que debe hacer con una extranjera que no es ilegal, así que se concentra en mi amigo. El agente valeroso considera que necesita ayuda ante tamaño desacato, y en menos de un minuto aparecen cuatro policías más, sí, cuatro, cinco con el conductor del furgón en el que trasladarán a mi amigo hasta la comisaría más cercana después, por supuesto, de haberlo esposado. En medio, yo intenté entender, les hacía preguntas, opinaba sobre su proceder, ilusa yo pero también confiada de mi repentina fuerza ante la vagancia de los policías para tramitarme una multa a mí también. Intenté explicarles que no era necesario que lo esposaran, que no era necesario este despliegue, que probablemente era demasiado dinero tirado al retrete montar todo este show, que no estaban usando el sentido común.

Mi amigo estuvo media hora en la comisaría y cuando salió sólo dijo que las esposas eran cómodas porque estaban acolchadas, que se había reído viendo Frankenstein en la tele con los policías y que la multa ascendía a 200 dólares. Al final todo el circo tenía mucho más sentido común que yo.

 

OLVIDO RELLANOS

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