Leer Bajo el volcán es pérdida. Es lectura atroz, desasida, lenta. Uno podría pensar que se trata de una novela sobre la embriaguez, sin más. Pero yo, lectora descreída, creí intuir algo más. Quizá es nada más que la intuición lo que Lowry quiso o pudo hacer; añadamos que escribir una intuición no es tarea fácil.

La intuición del absurdo o la intuición del fracaso. Ahí tenemos al cónsul, Geoffry Firmin, protagonista de la narración, constantemente ebrio, tratando de arreglar una vida que no tiene arreglo –el lector lo sabe desde el comienzo.

Pero cuesta entrar en la novela, y cuesta mantenerse en ella. Transcurre en menos de 24 largas horas y, sin embargo, es difícil seguir leyendo, porque la pérdida es constante. El lector no entiende, no tiene dónde agarrarse, el referente común de la ficción se escapa. Son pocos los datos de la historia, aunque están magistralmente repartidos: Yvonne abandonó hace un año a su marido, el cónsul. Hugh, su hermano, va y viene, viaja y revolotea alrededor de esta pareja y su amor imposible. Hay un cuarto personaje, Laurelle, conflicto o detonante; él abre la narración. Es su recuerdo el que nos lleva a un día, hace un año, cuando Yvonne volvió junto al cónsul, después de otro año de abandono.

Pronto sabremos que la historia no importa. Es la narración ebria lo que te atrapa, lector. Es la manera en que se mezcla el monólogo interior, la percepción extraña de los sucesos y la ajenidad del mundo; es todo eso lo que te desconcierta. Por eso sigues leyendo, te embriagas con el cónsul, sientes su pérdida; te pierdes tú mismo.

Sin embargo, esto no debería entenderse nada más que como una magistral narración de la embriaguez etílica. Ahí es donde localizo la intuición inexpresable. Mi lectura fue un entender el valor, sin posibilidad de transmitirlo. Creo que ahí se sitúa el logro de Malcolm Lowry. Y su inmenso sufrimiento. De él queda nada más que el dato morboso de su alcoholismo, la posible visión autobiográfica de la novela.

Para mí es un libro escrito en una década muy concreta; es un libro temporal y ello podría otorgarle en ciertos momentos un valor limitado. Pero esa intuición de la que hablo, ese esfuerzo intraducible, indica que esta narración, como toda buena literatura, se resiste tenazmente a la teoría. Y eso es algo ante lo que hay que quitarse el sombrero.

JULIETA ESTÉVEZ

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