Con la vejiga llena y los puños cerrados, despierta. Quisiera volverse a dormir, evadirse de la pesadilla de pensar y pensar, de la angustia de los recuerdos. Se acurruca, intenta acumular calor, recuperar la inocencia de la posición fetal, que acaso conjugada con su cansancio logre desplazar la urgencia de su vientre, la pulsión por abrir los ojos y enfrentarse a la soledad. Apretar las piernas contra las entrañas solo le agudiza la necesidad de buscar el baño. Sopesa cuánto ha bebido la noche anterior (agua, varias copas de whisky, más agua, más whisky), analiza todo lo que hizo, lo que no hizo, lo que dijo y de qué manera lo dijo: con premeditación, con nostalgia, con sangre fría.

Nada ha cambiado desde que ella murió. Y sin embargo, todo ha cambiado. Con pasos rápidos, ha llegado hasta el baño. Ya está de pie, descalzo frente al retrete, observando su catarata turbia arremolinándose sobre el agua. Su miembro liberado de orines no se alivia: permanece turgente, acaso recordándola. Ella se había descubierto el pecho con una mano y le había extendido la otra, convocándolo a su lado. Torpe, dudando, él se había aproximado y se vio de inmediato estrechado entre sus brazos. Intentó resistirse, limitarse a darle un beso. Su esposa moribunda, ¿de dónde extrajo fuerzas esa noche? Le inquieta preguntarse de dónde. Ella derribó su resistencia; en su agonía, parecía habitada por una pulsión irrefrenable. Él cayó derrumbado sobre su piel; pronto su boca ya estaba succionando sus pezones y sus manos apretando sus nalgas y despojándola de sus bragas; mientras sus piernas abrían con tenacidad las suyas. «No debería, no deberíamos»; llegó a pronunciar sin dejar de hundirse en su cuerpo. «Sí, deberías, sabes bien que me lo debes»; susurró ella, tomando su rostro entre sus manos, sin dejar de empujar sus caderas hacia delante, hacia atrás.

Ya no estaba, y sin embargo estaba: ahí la reclamaba su deseo, denunciando que sus ganas de dormir eran una farsa, que su vejiga llena sólo había sido una coartada. No entiende por qué la echa de menos. Debería haber retirado esas sábanas, esa cama; debería haber transformado esa habitación, esa casa. Se ríe de la estrategia que se planteara hace mucho tiempo, cuando aspiraba a apartarla de su vida a través de un crimen perfecto. Para evitar cualquier sospecha, había considerado que nada debería cambiar tras su deceso, al menos por un año. ¿Quién era él en aquel tiempo? Qué poco se conocía. Y qué poco conocía a la mujer con la que se había casado siete años atrás. Por dinero. Sin ninguna pasión distinta a su ambición. Quisiera olvidarse de quién fue; quisiera dejar de preguntarse quién fue ella. No lo consigue. Vuelve a recordar sus senos, su lengua, sus cabellos negros convulsionándose sobre el bermejo de las sábanas. No debería desearla pero se estira, se acaricia, gime, grita.

A lo largo de seis meses fue acompañando su debilitamiento, acentuándolo también: tres veces al día insertaba la punta de una aguja en los vasos de leche que el médico le prescribió para sobrellevar la gastritis. A más medicamentos que se añadían en sus recetas, más agujas romas enterraba él en un hoyo del jardín. Podría confeccionar para su amante un larguísimo collar con ellas, como ofrenda de amor, como señal de su triunfo. Para evitar toda sospecha, tuvieron que frenar el ritmo de sus encuentros, apaciguar su pasión. Para que el crimen fuera perfecto él se fue quedando cada vez más tiempo en su casa, solícito ante la esposa de ojos grandes que día a día se apagaba en su cama. De tanto quedarse con ella, en ocasiones se había sentido honestamente atento, triste al verla contemplando las cortinas, los jaspes del parquet, o los sauces del jardín a través de la ventana, como si fuera la primera vez que los descubriera. Con cuánta atención acariciaba la textura de las colchas, cómo examinaba las líneas de sus manos, sin preguntar jamás por qué se le arrancaba la vida.

A medida que su postración se intensificaba, crecían las visitas de médicos, familiares y amigos. Le daban ánimos a ella, lo miraban con lástima a él, aunque también le repitieran palabras de esperanza. En algún momento había llegado a creerse la historia de su mala suerte, de su aguerrida lucha contra la enfermedad de su esposa. Nadie sabía. Él sí sabía. Y al final duplicó la cantidad de puntas de aguja en los alimentos que le suministraba. Que su cuerpo entero añoraría sus labios, su cuello, su voz, no lo sabía entonces; que en insomnio sus manos la buscarían entre las sábanas tampoco lo hubiera imaginado, ni en las más extravagantes pesadillas. Su garganta tampoco había sido adivina: bebía intentando olvidarla, a veces en compañía, en más ocasiones solo, pronunciando ante su copa: «Cuánto la extraño, cuánto la necesito, ¡por Dios, cuánto la amo!». «Cómo sufre ese hombre, cuánto la quería»; escuchaba de sus acompañantes en la fábrica, en los bares. Todos, incluida su amante, lo instaban a que hiciera un viaje; no viajaba. Todos le aconsejaban que saliera a correr por las mañanas, a nadar en la piscina, a montar bicicleta; sus piernas no le obedecían. Algunas veces, él mismo se había levantado señalando que ese día iniciaría una nueva vida. Ha transcurrido más de un año, aunque todo ha cambiado, no va a cambiar nada. La casa, la habitación, la cama, las sábanas, todo sigue igual, como a ella le gustaba.

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Cuento inédito que se publicará dentro del libro alma alga (Lima: Borrador Editores, 2010), por Karina Pacheco Medrano. La misma autora, natural del Cusco, ha publicado novelas como No olvides nuestros nombres (Lima: San Marcos, 2009) y colaboró en la antología Matadoras. Nuevas narradoras peruanas (Lima: Estruendomudo, 2008) con su excelente relato “El aliento”.

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