Construir historias a partir de historias, reinventar leyendes desde otras leyendas, adaptar, refundir, trasladar, renovar, versionar… Todas estas acciones entre otras muchas se suelen aplicar al tratamiento no original dado a los clásicos desde que se convierten en clásicos, a veces en la misma época y a veces en épocas posteriores. Cada receptor asimila y es inevitable que se haga una idea personal de su propia adaptación de la obra. Así, existen dos barreras fuertes que influyen sobre dicha recepción y que se encuentran en la idiosincrasia de cada uno: el tiempo y el espacio, es decir, en el siglo XVIII no se interpreta un clásico como en el XIX, ni en España se lee a Shakespeare como en Inglaterra (y viceversa). Tampoco en Cuba se lee a Lope de la misma manera que en España; las tradiciones y la historia son diferentes. Entonces, ¿qué ocurre si se viste una obra de Lope con los colores de la bandera cubana? A ver. Cambiemos la tradición religiosa: donde decíamos Iglesia Católica digamos Orishas y panteón Yoruba; donde teníamos romances y cantos populares castellanos del XVII, pongamos tambores batá y claves de son; y donde recitábamos los versos de Lope en español de España, pongamos la curva melódica y el ritmo del español de Cuba…

El resultado del experimento lo pueden ver hasta el día 5 en el Teatro Marsillach de Madrid, en la versión cubana de Fuenteovejuna de Lope de Vega, que ha hecho la compañía Mefisto Teatro, dirigida por Liuba Cid. Habrá cosas que les sorprendan.

Anuncios