“Si quieren insultarme o humillarme, pueden hacerlo, pero denme algo, tengo sida”. Es el día 1 de mi viaje a México y apenas monto en el metro del DF oigo esta frase en boca de una chica que no supera los treinta y que mendiga con la mirada perdida de vagón en vagón. En un área metropolitana que suma más de veinte millones de habitantes, (esta si que no duerme, me río yo de Nueva York), la galería del horror es densa y difícil de transitar. Esta ciudad es pólvora, dice una amiga con la que paseo, y entonces yo voy y me acuerdo de aquella película inevitable de Buñuel que todo el mundo ha visto probablemente más de una vez, donde invisibles hombres-barriada de la Ciudad de México se las ven y se las desean para soportar una vida mísera que amanece cada día entre legañas cansadas y hambrientas. El metro se me antojaba como un inframundo fabuloso donde la europeíta acomodada debía ser sometida a la contemplación de todo tipo de manifestaciones y espectáculos de la pobreza. El más doloroso lo protagonizaban unos chavales que colocan una tela en el suelo del vagón, en ella reposan un montón de trozos y trocitos de vidrio de botellas. Uno de ellos llama la atención del público y mientras, otro empieza a pisar descalzo el contenido de la tela manchada de sangre seca y mugre urbanita. A continuación otro se tumba boca arriba encima de los cristales, cubriéndosele la espalda de lunares diminutos; fue entonces cuando esta espectadora tuvo que retirar la vista del evento, excesiva dosis de realidad para tan acomodados ojos. Y es que no sabía yo hasta qué punto el cuerpo, lo único que de hecho nos pertenece, poso de vida embalse de muerte, podía ser reducido a un indicador de nuestra precaria existencia. Hay una chica en el grupo de los adolescentes aplastacristales que lleva una mano envuelta en una venda que deja ver la mismas señales que la tela del suelo. Me mira y me dice ¿todo bien, güerita?, todo bien, le digo, pero eso debe de doler mucho, añado estúpidamente; no, no duele nada, mira… y sonriente e incluso orgullosa me muestra unas heridas ya cicatrizadas en su brazo derecho. No me pidió dinero, como si en ese momento no se tratara de la vana caridad que peligrosamente amasa la relación primermundista con la pobreza, sino de algo parecido a la dignidad, a la suficiencia y a la satisfacción que en ocasiones produce el trabajo bien hecho. De la idealización a la demonización hay sólo un gesto o una palabra que muchas veces ni oímos.

OLVIDO RELLANOS

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