RABIA

Horta, Barcelona, octubre de 2001

La primera vez te sorprendes de oírtelo decir. El microbús adaptado de Ravigo se para justo ante la puerta de casa. Lluís y yo lo esperamos en mi despacho, vigilando por la ventana. Cuando llega salimos dando tumbos por la entrada de casa, que aún no está adaptada, y luego ya solo nos queda hallar un espacio lo suficientemente ancho entre coches aparcados para poder acceder a la calzada, poner la silla ro­dante en la rampa del microbús y adiós muy buenas. Es un  proceso rápido que, cuando llega el invierno, me hace pensar en el lujo de vivir en una casa a solo tres peldaños de la calle. Pero no todos los conductores opinan lo mismo sobre la ra­pidez del proceso. Las ocho y media de la mañana es una hora crítica, sobre todo para los padres de la escuela próxima del Safa, que cruzan Barcelona para depositar a sus cachorros el colegio que los padres de la Sagrada Familia se llevaron décadas atrás hasta Horta cuando compraron la casa que ha­bía sido propiedad de la familia de Carmen Kurtz. Uno de ellos, y no de los más ansiosos, toca el claxon mientras estamos en pleno proceso ascendente de la rampa. Cuando la dulce Mar ya tiene la silla de Lluís entre las ma­nos me encaro con el vehículo del conductor impaciente y le suelto dos gritos contundentes para informarle, de la ma­nera más crispada posible, de que los usuarios de ese micro­bús que tanto le molesta son paralíticos, y concretamente paralíticos cerebrales, que es un término más desagradable que el oficial de discapacitados. El hombre, de aspecto bon­dadoso, pelo blanco y gafas de concha, reacciona con una mueca exculpatoria, sin saber qué responder. Tras escupír­selo, doy media vuelta y me meto en casa, sin siquiera salu­dar a Mar, como suelo. Mi grito insensato me resuena en la cabeza. Es la rabia que reboso. Rabia en estado puro que hace más de un año que se acumula y ahora sale en una si­tuación cotidiana dirigida a un pobre hombre preocupado porque le parece que llegará tarde al trabajo.

Las reflexiones son inherentes a la escritura, pero la vida está hecha de flexiones que te llevan a lugares inespera­dos. Durante el primer curso que Lluís va a Nexe el micro­bús de Ravigo pasa por delante de casa, pero en el siguiente el ayuntamiento mejora su flota de buses azules adaptados y cambia el lugar de recogida. De delante mismo de casa pasamos a la esquina de las calles Canonge Almera con Pe­ris Mencheta, diez metros más abajo. Solo son diez metros, sí, pero no son lisos. A la hora de la recogida, cada mañana el camino hasta el cruce está plagado de obstáculos. Princi­palmente porque los padres más considerados de la escuela cristiana del Safa no pueden tolerar que sus tiernas criaturas recorran en solitario los siete metros de peligrosa acera hor­tense que los separa de la puerta de la escuela. De modo que deciden aparcar el coche en la acera del amplio chaflán por donde circulamos el Llullu, yo y la silla de ruedas.

Como consecuencia de esta simpática circunstancia, cada mañana nos vemos imposibilitados de avanzar por la acera y normalmente esto implica retroceder unos cuantos metros hasta un vado cercano, bajar después por el centro de la calzada de la calle como quien desciende en kayak por el río Noguera Pallaresa, esquivando a nuevos especímenes de padres piloto que ya han escupido a sus hijos en la calle de Peris Mencheta o acaban de desaparcar de encima de la acera. Un destacamento de la guardia urbana observa cada mañana nuestras maniobras desde la magnanimidad que otorga el caos total. La única vez que intervienen es para re­ñir a Mar, que me acaba de recoger al Llullu veinte metros al sur del punto habitual porque uno de los muchos coches que aparcan con las cuatro ruedas sobre la acera de Peris Mencheta ha tenido la brillante idea de montar solo dos e impide el paso del autobús adaptado azul.

Como los veo encallados, les acerco al niño para ir ga­nando tiempo, pero justo cuando bajan la rampa y mon­tamos la silla el conductor del BMW que jugaba a tener dos ruedas más altas que las otras, sale del. Safa, arranca y sale como un cohete. El urbano llega justo en ese momen­to, en vespa, y culpa al autobús azul de la retención.

Cada mañana mi rabia aumenta. Hay días en que ray­aría los coches aparcados en la acera sin contemplaciones. Otros días les rompería el retrovisor, les pincharía las rue­das o las dos cosas a la vez. Un día, harto de una furgoneta enorme que durante tres mañanas seguidas no solo obsta­culiza el paso a una silla de ruedas sino que no deja pasar ni a los peatones bípedos, decido escribir un folio de queja para dejárselo en el parabrisas, fijado por un limpia. Le es­cribo cosas terribles sobre la accesibilidad de las sillas de ruedas, pero cuando llego al cruce la furgo ya se ha ido y es mi autobús azul el que espera, con la subsiguiente cola de ruidosos adictos a la bocina.

El paso siguiente es de manual, pero tardo semanas en darme cuenta. Para paliar la flagrante injusticia que sufro cada mañana decido institucionalizar mi reacción. Nunca he sido partidario de la lucha armada, de modo que opto por la subversión no violenta. Se me ocurre que, en vez de redactar inútiles alegatos informativos destinados a los pa­rabrisas, imprimiré unas cintas adhesivas que cubran toda la anchura que ocupa el asiento del conductor. Escribiré “dejen pasar a las sillas de ruedas” o algún eslogan similar y las pegaré sistemáticamente a la altura de los ojos de los conductores de todos los vehículos que entorpezcan mi marcha, aparcados sobre la acera.

La idea es que el adhesivo sea tan potente que cueste despegarlo, y que la anchura y el grueso de mi aviso impo­sibiliten o dificulten mucho la visión para una conducción cómoda.

Mientras lo diseño y pido presupuesto a una imprenta pienso que soy un as del sabotaje. Cuento los días que fal­tan para que todos esos cabrones reciban lo que se merecen. Disfruto pensando en la imagen del primero al que se le ocurrirá ir a comprar un cúter en la papelería de Peris Mencheta (que no abre hasta casi las diez) para poder conducir hasta el trabajo sin pillar tortícolis. Una mañana en que es­pero al autobús tranquilamente en la esquina llega un Renault Laguna azul y el pájaro tiene el morro de pedirme que me aparte del trozo de acera que ocupamos para que él pue­da aparcar. Le digo que no con el brazo y no lo entiende.

Baja el cristal de la ventanilla y verbaliza su gesto.

-¿Te puedes apartar, por favor?
-No.

Le digo que eso es una acera y que no es lugar para su coche. Me replica que qué quiero que haga, que dónde quiero que lo deje. Le replico que su hijito tiene dos pier­nas y que puede caminar tranquilamente los siete metros que le separan de la puerta del Safa. Luego le digo que si tanto desea acompañarlo, siempre puede viajar en trans­porte público. Eso ya es demasiado para sus estándares. Los de atrás empiezan a impacientarse. Se oyen los prime­ros bocinazos. El Llullu y yo permanecemos firmes, en nuestra estratégica zona de acera, con la posición ganada a pulso. No cantamos el no nos moverán porque no me la sé, pero por nada del mundo moveríamos ni un músculo. El padre desconcertado finalmente renuncia a su invasión habitual de acera, baja del coche, hace bajar a su retoño, le calza la mochila, lo protege hasta la parte de la acera que ya toca al muro de la escuela, le da un beso y lo empuja hacia la puerta de la escuela como si estuviese enviándolo a la guerra. Después aguanta, tan impertérrito como yo, el concierto de bocinas, y hasta que su niño atraviesa el um­bral de la puerta no decide desbloquear la calle. Antes de subirse al Laguna me clava una mirada asesina. De puro odio.

En esa mirada criminal me reconozco. En esos mo­mentos no solo le hubiera pegado uno de mis adhesivos antivisión en el parabrisas, también le hubiese golpeado con un bate de béisbol, derribándolo con un par de porra­zos, le hubiera destripado, descuartizado, desmenuzado, envuelto en papel de film transparente y congelado en tacos irregulares para hacer caldo en invierno o para zam­pármelo de aperitivo con aceite, sal y vinagre.

Todo esto que verbalizo con el máximo número de talles y mucho más aún es lo que habría verbalizado para asegurarme de no hacerlo, del mismo modo que tampoco fui nunca a recoger el encargo de los adhesivos antivisión ni acabé transformando en una causa mi lucha obsesiva contra los coches aparcados en la acera. Toda la rabia que me provocaban se multiplicaba de una manera malsana por mi dolor, por la rabia inconmensurable que me provocaba, y que me provoca, que el Llullu nunca pueda sentir el placer de odiar rotundamente a alguien porque te impide el paso, porque es un imbécil o un ca­brón o las dos cosas a la vez. Y esta rabia, que es mía y será siempre mía, me puede transformar en guerrillero de mi causa, capaz de cometer las mismas arbitrariedades que denuncio, o aún peores.

La sabiduría es flexibilidad, no militancia. Al día si­guiente de la bronca tremenda con el hombre del Laguna descubro que solo tengo que cruzar la calle para hallar una zona mejor donde esperar el bus, entre un árbol y una fa­rola separados por una distancia inferior a la longitud de cualquier vehículo de cuatro ruedas que no sea un Smart.

En esos tres metros lineales debo de haber pasado mu­chas horas de espera en los últimos años. He leído libros enteros ahí, algunos tan poco ligeros como El rojo y el negro de Stendhal, cada mañana unas pocas páginas. Hemos aguantado la lluvia y el sol, el frío y el calor. El mundo sigue estando lleno de cabrones, pero yo no pienso montar ninguna puta organización para combatirlos.

Màrius Serra, Quieto (Barcelona: Anagrama, 2008). Si están desubicados, visiten su web; él mismo les explicará.

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