Es extraño visitar un museo exclusivo de retratos. Uno no se fija tanto en el artista como en el retratado. Por eso la sensación es parecida a la de ir a un museo de ciencia; se miran los personajes como quien mira una especie prehistórica, extinguida, o nunca vista.

Pero también se pueden encontrar sorpresas; por ejemplo las pinturas del grupo de Bloomsbury, que se retrataban continuamente entre ellos. Duncan Grant, Roger Fry y Vanessa Bell (los tres fueron amantes en algún momento) tienen varias pinturas de los integrantes, e incluso en un cuadro de Vanessa Bell (hermana de Virginia Woolf y casada con Clive Bell) encontramos al grupo entero: Vanessa aparece de espaldas, Virginia aparece en un cuadro colgado en la pared, y así se va jugando con los planos, las presencias y la representación de esa época de auge intelectual.

La National Portrait Gallery de Londres guarda muchas joyas, y no solo las que nos acercan a las figuras de la monarquía inglesa (es famoso el gran retrato de la reina Elizabeth I, por Marcus Gheeraerts el Joven, en el que aparece de pie sobre el mapa de Inglaterra). A través de sus salas vamos conociendo la historia del Reino Unido, sus imperios, sus decadencias; episodios reales, episodios simbólicos. La reina Victoria dándole una biblia a un “personaje exótico”, por ejemplo. También conocemos a personajes fantásticos, como la joven aviadora estadounidense Amelia Earhart, la primera mujer en cruzar sola el Atlántico; o el único retrato de Jane Austen que se le hizo en vida, pintado por su hermana Cassandra: una miniatura que capta su extraña mirada.

Las pinturas dedicadas a los artistas fueron mis preferidas: retratos de los románticos, Wordsworth, Keats, Mary Shelley; de los pre-rafaelistas, Millais, Rossetti. El escalofriante retrato de Francis Bacon, también William Blake, Charles Dickens, James Joyce; y los excelentes cuadros de Maggi Hambling y Lucien Freud. Además están los bustos, ese género escultórico un poco anacrónico; pero es emocionante ver las cabezas, casi reales, de Joseph Conrad o de Stevenson.

Si tuviese que elegir uno entre todos, me quedaría con el maravilloso retrato de Henry James, pintado por Sargent; el fondo oscuro, la mirada clara, inteligente, un poco burlona; el gesto de la mano, que se sujeta de un bolsillo del chaleco, con aplomo. El pincel de Sargent transmite con increíble acierto el respeto que infunde James como escritor, como personaje.

Si pasan por Londres, no olviden visitar esta galería, al costado de la National Gallery e injustamente opacada por ella.

Ángel Close

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