La última película de Woody Allen que he visto es de 2009 y se llama Whatever works; en mi opinión, una de sus obras maestras. En ella, el camino del protagonista, Boris Yellnikoff (Larry David), un profesor universitario retirado, se cruza por azar con el de Melodie (Evan Rachel Wood), una adolescente que huye de su Mississippi natal para buscarse la vida en Manhattan. Entramos así en el dinámico, divertido e irónico proceso por el cual Boris tratará de moldear a esta nueva Lolita a su imagen y semejanza, inculcándole sus ideas sobre la religión, las relaciones y la arbitrariedad de la existencia.

La ironía de Allen va afinándose con los años, y en este film volvemos a su querida New York para reírnos de las grandes falacias de la vida. Un ejemplo: la madre de Melodie aparece en la gran ciudad como la típica provinciana estadounidense para acabar convirtiéndose en una prestigiada fotógrafa que comparte su vida con otros dos hombres; un menage à trois tan extraño como cínico y divertido; también el padre de la protagonista aparecerá en la ciudad solo para asumir su definitiva homosexualidad.

En esta visión del Manhattan moderno, donde todo puede suceder, Allen nos presenta una vuelta de tuerca más sobre los clichés de nuestro discurso cotidiano, mientras Boris, narrador impecable, incluso increpa directamente al público desde la pantalla, por estar sentados ahí, viendo la película, alimentando las arcas de Hollywood y contribuyendo a la continuación de esa sociedad cínica y confundida.

Pero la conclusión, que da título al film, será clara: ante las falacias de la vida deberemos asumir que cualquier cosa es buena si nos deja estar tranquilos, o ser felices en cierta medida: whatever works.

Texto: Ángel Close

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