Puntos. Homenajes sobre homenajes. Perspectivas a dos bandas, a dos tiempos, el del que lo escribió y el del que lo lee. Realidades de acá y de allá, de allí y de aquí. Para algunos será volver, para otros descubrir y crear un prejuicio (o no), una realidad que sueña con verse completada con otra nueva realidad compuesta por la propia y esta primera… Hoy les dejamos una primera serie de puntos (Montevideo, Venecia, Madrid) para que viajen desde sus recuerdos o desde sus ideas preconcebidas. Opinen sobre ellos, sobre los espacios, los tiempos, los que lo escribieron… También se admiten sugerencias. Que nadie se quede con las ganas.

MONTEVIDEO

 Ni París, ni Madrid, ni Roma, ni Nueva York, ni Buenos Aires… Montevideo es solo mi Montevideo, el de toda mi vida, salvo los primeros diecisiete años anónimos y sosos. Después, él lo ha tenido todo: mis alegrías y mis lágrimas, mis versos y mis noches en claro, las granadas mazorcas de la juventud, y ahora, estas “rosas de la tarde, las huérfanas del sol”.

Cientos de kilómetros en primorosa puntilla de bolillos ha sido mi ir y venir por sus calles y dentro de las casas en que he vivido. Toda mi vida, Monte­video, es como un encaje pacientemente tejido a tu abrigo. No importa el color del hilo ―¡oh, cuántos matices!― ni la ciudad ―¡ah, de cuántos precios!―. Lo valedero es la verdad de tu pertenencia e infinitud. Porque me tienes para la eternidad, en una adopción que yo amo como una hija legítima y con una libre servidumbre apasionada, pues no puedo irme de ti sin volver la cara quinientas veces y regresar luego más ligera que si tuviese zapatos de viento. Bien que lo saben todos y hasta muchos se sonríen despectivos. ¡Qué me importa! Conozco la dicha de ser propiedad de una ciudad y de sentirla mi piel, mi sueño chiquito, mi insomnio gigante, mi esperanza de polvo, mi montaña de acontecimientos.

Ahí está, Montevideo: no tienes más que un cerro, y yo, la advenediza que se ha apegado a ti sin que tú la hubieses llamado, te da en cambio una monta­ña: toda su vida humana, para darte después toda su vida sobrehumana. Porque si Dios, después, tiene la paciente bondad de preguntarme:

-¿Adónde quieres volver cernido puñado de la tierra?

Con la voz que tenga, he de contestarle sin va­cilar:

-A Montevideo, Señor. ¡Y gracias!

 Juana de Ibarbourou, “Mi ciudad” en Juan Soldado (Losada: Buenos Aires, 1971)

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 VENECIA

 29 de septiembre, día de San Miguel, al anochecer

 Ya se ha dicho y escrito tanto acerca de Venecia que no me exten­deré en descripciones, sólo quiero hablar de cómo se aparece ante mis ojos. Lo que sobre todo me llama la atención es de nuevo el pue­blo, una gran masa, una existencia determinada por la necesidad e instintiva.

Este pueblo no se refugió en estas islas por placer; tampoco fue fruto de la arbitrariedad que otras gentes, más tarde, se instalasen asimismo aquí. La necesidad les había enseñado a buscar su seguridad en el menos propicio de los emplazamientos, el cual, no obstante, acaba­ría reportándoles grandes ventajas en el futuro, amén de hacerles sagaces cuando el mundo septentrional aún se debatía entre tinieblas. El crecimiento y la riqueza fueron las consecuencias naturales de todo ello. Las casas se apretaban cada vez más unas contra otras, arenas y marismas fueron sustituidas por rocas, los edificios buscaban el cielo, como aquellos árboles comprimidos en un espacio reducido que tratan de ganar en altura lo que se les ha robado en amplitud. Tacaños con cada palmo de terreno, y amontonados desde el principio en espacios reducidos, los venecianos dispusieron que sus calles tuvieran la anchura estrictamente necesaria para separar cada una de sus hileras de casas y permitir el paso de peatones. Digamos que el agua lo era to­do para ellos: calle, plaza y paseo.

El veneciano estaba destinado a ser una criatura nueva, del mismo modo que Venecia solo es comparable a sí misma. El Gran Canal, si­nuoso como una serpiente, no envidia a ninguna calle del mundo, y el espacio que se extiende ante la plaza de San Marcos no tiene paran­gón. Me refiero a la gran porción de agua, en forma de media luna, que rodea a la ciudad propiamente dicha por este lado. A la izquierda se encuentra la isla de San Giorgio Maggiore; algo más lejos, a la dere­cha, la Giudecca y su canal, y aún más lejos, también a la derecha, la aduana, y la entrada del Gran Canal, donde enseguida se nos muestran dos grandiosos y brillantes templos de mármol. Tales son, en po­cas palabras, los objetos principales que se ofrecen a nuestra mirada desde las dos columnas de la plaza de San Marcos. Todas estas vistas han sido reproducidas tan frecuentemente en grabados que mis amigos podrán formarse una idea de ellas con suma facilidad.

Después de la comida, me apresuré a adquirir una visión de conjunto del lugar en el que me hallaba, así que me precipité, sin acompañante y con la sola guía de los puntos cardinales, en el laberinto de la ciudad, la cual, pese a estar atravesada en todas direcciones por canales grandes y pequeños, es transitable gracias a los puentes y pasarelas que le dan cohe­sión. No es posible imaginarse la estrechez y densidad del conjunto sin haberlo visto previamente. Por lo general, la anchura de las calles se pue­de medir o casi con los brazos extendidos; en las más estrechas, solo con poner las manos en la cintura se tocan las paredes con los codos. Cierto que hay algunas vías más anchas y de vez en cuando se ve una plazuela, pero en general podemos decir que casi todo es angosto.

 Johann W. Goethe, Viaje a Italia (Barcelona: Ediciones B, 2001)

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MADRID

 ¡Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid; ver el que entra, el que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de este, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir al simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculte entre el gentío; ver el carruaje del ministro pedestal ambulante de dos escarapelas rojas; dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio; mirar hacia la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paseo, como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y la otra hacia el poniente, permitiéndome, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahúr que se encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más céntricas las estucadas ninfas de la calle de Gitanos; oír la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que, tiritando y soñoliento, entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; ver los mercados abriendo al público sus pestíferos armarios; ver al sacristán moviendo el pesado cerrojo de la puerta santa y contar las primeras mojigatas que suben las sucias escaleras del templo; ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada […]

 Benito Pérez Galdós, “Desde la veleta”, La Nación, 29 de octubre de 1865

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