Para un observador aficionado y desconocedor de los mecanismos de las artes plásticas  (como es mi caso), el punto de unión más cercano a lo sublime se encuentra en la escultura. Quizá por el tamaño, la forma o simplemente el parecido con las proporciones humanas, la masa moldeada transmite en sí misma, a la vez y sin pedírselo el momento de la experiencia que se ha querido reflejar, la historia que esconde, además de las horas de trabajo del artista. De todo esto uno ni se entera, claro, lo piensa después.

Entre los escultores más famosos Bernini y Rodin ocupan los primeros puestos, pero hablar de lo que ocurre cuando alguien se pone delante del Rapto de Perséfone o de Apolo y Dafne no es nada sorprendente incluso si solo se ha visto en foto. En realidad, tampoco si se escribe sobre El Pensador, más aún después de pararse a analizar todo lo que ha supuesto en la Historia universal. Por tanto, cuando alguien pasea por la Galería Borghese o por el Museo Rodin, espera de manera obligatoria que estas tres obras le remuevan por dentro en cuanto se las encuentre de frente.

Sin embargo, quizá no se lo exija a conjuntos escultóricos no menos famosos pero sí menos instalados en el imaginario del aficionado, como Les bourgeois de Calais (Los burgueses de Calais, 1885-1895). Inspirado en uno de los relatos del cronista medieval Jean Froissart (1337-1405), este grupo de seis figuras muestra seis expresiones diferentes del momento exacto en que la estratégica ciudad de Calais se rinde ante el devastador sitio de Inglaterra a mediados del siglo XIV. Estos hombres fueron la moneda de cambio para que toda una ciudad consumida por las hambrunas provocadas por el cerco pudiera salvarse. El trato consistía en entregar a seis hombres en camisón y una soga en el cuello que llevaran la llave de la ciudad, como símbolo de rendición. Eustache de Saint-Pierre, Jacques y Pierre de Wissant, Jean de Vienne, Andrieu d’Andres y Jean d’Aire, de los hombres más ricos de la ciudad, fueron los voluntarios que aceptaron ser sacrificados. Ante la tragedia de saber que caminan hacia la muerte, cada uno responde de un modo: angustioso, firme, incrédulo, atormentado, inconsciente y resignado. Rodin refleja en sus caras, en sus cuerpos, en sus movimientos congelados, seis sentimientos humanos posibles a la hora de afrontar una situación crítica y límite como la elegida. La fuerza que transmiten de cada una de las esculturas, cuyos bocetos pueden observarse a unos metros de distancia, consiguen que el observador se sienta atrapado por los seis estados de manera individual y a la vez por todos en su conjunto. Puede uno pasarse cinco minutos, tres horas o quince días delante de ellas, que en cada momento en que quite y ponga la vista sobre ellos será recorrido por el dolor que contagian.

Imágenes: Lady C
Texto: Lía R.

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