Esta jirafa, de tamaño natural, es una simple tabla de madera recortada en forma de jirafa, que ofrece una particularidad que la diferencia del resto de animales del mismo género realizados en madera. Cada mancha de su piel, que a tres o cuatro metros de distancia no ofrece nada anormal, está en realidad bien constituida, bien por una tapa que cada espectador puede fácilmente abrir haciéndola girar sobre un pequeño gozne invisible disimulado en uno de sus lados, bien por un objeto, bien por un agujero a través del que se ve la luz del día –la jirafa no tiene más que algunos centímetros de espesor–, bien por una concavidad que contiene los diversos objetos que se detallan en la lista que aparece a continuación.

Hay que destacar que esta jirafa no cobra verdadero sentido hasta que está enteramente realizada, es decir, cuando cada una de estas manchas cumple la función para la que ha sido destinada. Si esta realización es muy dispendiosa, no deja por ello de ser menos posible.

TODO ES ABSOLUTAMENTE REALIZABLE

Para esconder los objetos que deben encontrarse tras el animal, habrá que colocarlo delante de un muro negro de diez metros de alto por cuarenta de largo. La superficie del muro debe estar intacta. Delante de este muro será necesario cuidar un jardín de asfódelos, cuyas dimensiones serán las mismas que las del muro.

QUÉ DEBE ENCONTRARSE EN CADA MANCHA DE LA JIRAFA

En la primera:

El interior de la mancha está constituido por un pequeño mecanismo bastante complicado que recuerda mucho al de un reloj. En el centro del movimiento de las ruedas dentadas da vueltas vertiginosamente una pequeña hélice. Un ligero olor a cadáver emana del conjunto. Tras abandonar la mancha, tomar un álbum que deberá encontrarse en el suelo a los pies de la jirafa. Sentarse en un rincón del jardín y hojear este álbum que presenta decenas de fotografías de muy miserables y pequeñas plazas desiertas. Son las de las viejas ciudades castellanas: Alba de Tormes, Soria, Madrigal de las Altas Torres, Orgaz, Burgo de Osma, Tordesillas, Simancas, Sigüenza, Cadalso de los Vidrios y sobre todo Toledo.

[…]

En la quinta:

Dos bolas de billar caen con gran estrépito al abrir la mancha. En su interior sólo queda, en pie, un pergamino enrollado, atado con liza; debe desenrollarse para poder leer este poema:

A Ricardo Corazón de León

Del coro al caño, del caño a la colina, de la colina al infierno, al sabbat de las agonías del invierno.
Del coro al sexo de la loba que huía a los bosques intemporales de la Edad Media.
Verba vedata sunt fodido en culo et puto gafo era el tabú de la primera cabaña levantada en el bosque infinito, era el tabú de la cagarruta de la cebra de la que salieron las multitudes que elevaron las catedrales.
Las blasfemias flotaban en los pantanos, las turbas temblaban bajo el látigo de los obispos de mármol mutilados, se empleaban sexos femeninos para moldear sapos.
Con el tiempo reverdecían las religiosas, de sus costados secos crecían ramas verdes, los íncubos les guiñaban el ojo mientras los soldados meaban en los muros del convento y los siglos hormigueaban en las llagas de los leprosos.
De las ventanas pendían racimos de novicias secas que producían, con la ayuda del cálido viento primaveral, un suave rumor de oración.
Tendré que pagar mi cuota, Ricardo Corazón de León, fodido en culo et puto gafo.

[…]

En la octava:

Esta mancha es ligeramente cóncava y se halla cubierta de pelos muy finos, rizados, rubios, tomados del pubis de una joven adolescente danesa de ojos azules muy claros, rolliza, con la piel quemada por el sol, toda inocencia y candor. El espectador deberá soplar suavemente sobre los pelos.

[…]

En la décima:

En el interior de la mancha una apreciable cantidad de masa de pan. Se siente la tentación de amasarla con los dedos. Cuchillas de afeitar muy bien disimuladas harán sangrar las manos del espectador.

En la undécima:

Una vejiga de cuervo reemplaza la mancha. Nada más. Tomar la jirafa y transportarla a España para colocarla en un lugar llamado Masada del Vicario, a siete kilómetros de Calanda, al sur de Aragón, con la cabeza orientada hacia el norte. Reventar de un puñetazo la vejiga y mirar por el agujero. Se verá una casita muy pobre, blanqueada con cal, en medio de un paisaje desértico. Delante, a pocos metros de la puerta, crece una higuera. Al fondo, montes pelados y olivares. Un viejo labrador saldrá tal vez, en ese instante, de la casa descalzo.

En la duodécima:

Una hermosísima foto de la cabeza de Cristo coronado de espinas pero riéndose a carcajadas.

[…]

En la decimoséptima:

Un potentísimo chorro de vapor surgirá de la mancha en el momento de su apertura y cegará horriblemente al espectador.

[…]

En la decimonovena:

Una maqueta de menos de un metro cuadrado detrás de la mancha representa el desierto del Sahara bajo una luz aplastante. Cubriendo la arena, cien mil pequeños maristas de cera, con el alzacuello blanco destacando sobre la sotana. Con el calor, los maristas se derriten poco a poco. (Será necesario tener varios millones de maristas de reserva.)

En la vigésima:

Se abre esta mancha. Alineados sobre cuatro tablas se ven doce pequeños bustos de terracota que representan a la Sra…, maravillosamente bien hechos y de gran fidelidad, a pesar de sus dimensiones de unos dos centímetros. Con una lupa se constatará que los dientes están hechos de marfil. El último pequeño busto tiene todos los dientes arrancados.

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Une girafe fue escrito en 1933 con motivo de una fiesta que iba a celebrarse en casa de Charles y Marie-Laure Noailles –auténticos mecenas de las actividades surrealistas–. Breton había pedido a Buñuel que preparase algo para la revista que editaba el grupo, Le Surréalisme au Service de la Révolution, y éste preparó en menos de una hora Une girafe. Después, fue a casa de Giacometti y le pidió que dibujara y recortara una jirafa de tamaño natural. Las manchas de la jirafa estaban montadas con bisagras y podían levantarse para leer los escritos que se ocultaban bajo cada una de ellas.

El texto estaba plagado de imágenes de la iconografía buñueliana: el ojo de la segunda mancha en el que se refleja el espectador recuerda al ojo cortado de Un perro andaluz; la figura de la mariposa de la muerte que aparece en la mancha novena, también recuerdo de Un perro andaluz; las gallinas picoteando o Cristo riéndose a carcajadas son imágenes a las que el realizador recurriría en más de una ocasión a lo largo de su filmografía; la escena de la orquesta con cien músicos de la cuarta mancha debería haber aparecido casi veinte años más tarde en Los olvidados pero, finalmente, la propuesta de Buñuel fue descartada por el productor.

La jirafa fue instalada en el jardín de los Noailles y los invitados a la fiesta iban leyendo, con la ayuda de un taburete, lo que había debajo de las manchas. Tras la cena, había desaparecido del jardín y no volvió a saberse de ella. Hoy de aquella jirafa sólo queda el texto, publicado en Le Surréalisme au Service de la Révolution (n. 6, 15 mayo de 1933) y esta fotografía, en la que aparece el «animal» junto a sus creadores Buñuel y Giacometti.

Texto extraído de la edición Escritos de Luis Buñuel (Páginas de Espuma, 2000).


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