Nuestro peso es lo que nos da forma, lo que nos encarna en el espacio, lo que nos sujeta a la tierra. Pero nuestro peso, muchas veces –muchas más de cuanto nos gustaría, mucho más de cuanto queremos confesarnos— también es lo que nos impide remontar el vuelo, lo que nos ata a la tierra, al espacio, a nuestra forma. Nuestro peso también es nuestra pesantez: lo que pesa mal en nuestro peso. Lo que pesa en nosotros con dolor. Lo que nos pesa de más en lo que somos y hacemos. Nuestro pesar: lo que nos vuelve pesarosos. Mal que nos pese.

A menudo, tan nuestro como lo más nuestro, tan nuestro como nuestro peso íntimo, se muestra nuestra íntima aspiración de ingravidez, de ligereza. Queremos carecer de gravedad. Queremos carecer de cualquier lastre. Queremos carecer. Porque ya estamos hartos de abundar. Ya estamos exhaustos de colmar. Ya estamos aburridos de exceder y excedernos. Nos necesitamos brisa. Nos precisamos soplo. Nos exigimos bruma, llovizna, vaho. Si por nosotros fuera, en ocasiones, seríamos lo que apenas fuese. Lo casi imperceptible. Lo que para apreciarlo necesita de su cristal de aumento: el cristal de la conciencia más aguda, de la mirada más alerta. Lo que necesita, para existir, de la más misericordiosa atención humana. Si nos dejasen, nos dejaríamos ir, nos abandonaríamos de nosotros mismos, con el aire, lejos de aquí, lejos de cuanto fuimos, somos y seremos: nos marcharíamos, por el simple gusto de levitar.

Ya han florecido los almendros. Con su flor blanca casi rosa. Con su flor rosa casi carne. Con sus pétalos al borde de la nieve. Con sus sépalos de lleno ya en la sangre. Virando hacia el morado, con el viento que en ellos se acaricia, vueltos velamen breve. Casi nada de nada: casi todo. Repletos en su poquedad. Lo que casi no existe, pero que así se basta y que nos basta.

Ya han florecido los almendros. Los ha puesto ahí, al borde del camino, una mano compasiva, una mano mágica. Los ha florecido una voluntad poderosa: la poderosa belleza sin porqué. Los ha depositado enfrente de nosotros la casualidad, para que exultemos, para que nos volvamos a extasiar, para que demos gracia por tanta sencillez tan impecable. Son un talco sedoso y momentáneo. Una chichilla que se ha parado a reposar, que se ha posado en una rama, para descansar de su largo viaje, desde la nada a la nada.

Después se irán de nuevo. Después migrarán a su país remoto, ese reino de levedad que no parece de este mundo. Sí, después cobrarán cuerpo, empezarán a pesar hacia la tierra, comenzarán a ser hacia su fruto, rumbo hacia su almendra. Pero ahora están aquí, por arte de encantamiento. Por amor al arte de estar aquí, entre nosotros, como si tal cosa. Están para dar testimonio de que el hechizo de la realidad se renueva y eterniza en la propia fugacidad.

La flor de los almendros es un cáliz, el más liviano de todos. Los almendros en flor son un advenimiento. Representan la anunciación de que todo es sagrado. Es preciso comulgar de algo tan leve.

Imagen: Ramas de almendro en flor, 1890, Vincent Van Gogh.
Texto: Carlos Marzal. Publicado en la revista Descubrir el Arte, n. 135, mayo 2010.

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