La mayoría de las personas que están relacionadas con la música (no digo con el mundillo musical) dicen que uno de los países más importantes en cuanto a aportaciones a nivel mundial es Cuba. Y es que, como me dijeron una vez, Cuba es “la madre del cordero”. Sin haber profundizado demasiado, cualquiera que se arrime a la música cubana se dará cuenta de la influencia tan descarada que ha ejercido sobre otras mucho más conocidas.

A Cuba le ocurre en cierto modo como a Brasil, que han sido receptores de una potentísima tradición africana que, a través de la religión, se ha ido acoplando y modelando a la cultura autóctona. Esto les ha dado a los dos países una riqueza rítmica y expresiva que supera con creces a las de otros lugares.

Estilos, géneros y subgéneros propios que se han desarrollado allí hay muchos, cada vez más y diferentes, pero quizá el más conocido y el que ha dado paso a muchas de las bifurcaciones es el son cubano.  Sobre ello hay abundante bibliografía, accesible y muy completa; meterse ahí es volverse loco; por eso no me atrevo. Sin embargo, un álbum y también película que recogen la esencia de la música cubana es Buena Vista Social Club (Ry Cooder, 1996 y 1998). Allí se cuenta la trayectoria de un grupo de renombrados músicos, olvidados en aquel momento, ya viejitos pero llenos de vida. En el documental se pueden ver las manos, voces, dedos… de músicos de la talla de Compay Segundo,  Ibrahim Ferrer o Elíades Ochoa. De este último es la guitarra solista de “El cuarto de Tula”, una de las canciones más representativas tanto del disco como de la película. Con ella quedan:

Carmela del Gato Magín

Anuncios